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BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Romano Canavese
Domingo 19 de julio de 2009

 

Queridos hermanos y hermanas:

He venido con gran alegría a vuestra bella ciudad, a vuestra bella iglesia; esta es la ciudad natal de mi primer colaborador, el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, con quien ya había colaborado algunos años en la Congregación para la doctrina de la fe. Como veis, a causa de mi infortunio, estoy un poco limitado en mi agilidad, pero la presencia del corazón es plena, y estoy con vosotros con gran alegría.

En este momento quiero dar las gracias de corazón a todos: han sido muchos los que han mostrado, en esta circunstancia, su cercanía, su simpatía, su afecto hacia mí, y han rezado por mí; así se ha reforzado la red de la oración que nos une en todas las partes del mundo. Ante todo deseo expresar mi agradecimiento a los médicos y al personal sanitario de Aosta que me ha tratado con tanta diligencia, con tanta competencia y amistad, y —como veis— con éxito —esperamos— final. También quiero dar las gracias a las autoridades del Estado, de la Iglesia, y a cuantos me han escrito o me han expresado su afecto y su cercanía.

Además quiero saludar sobre todo a vuestro obispo, así como al obispo emérito de esta diócesis, monseñor Luigi Bettazzi. Saludo al alcalde, que me ha hecho un regalo bellísimo, a las autoridades civiles y militares; saludo al párroco y a los demás sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los responsables de las asociaciones y movimientos eclesiales, y a todos los ciudadanos, con un pensamiento especial hacia los niños, los jóvenes, las familias, los enfermos y los necesitados. A todos y cada uno expreso mi más viva gratitud por la acogida que me habéis reservado en esta breve permanencia entre vosotros.

Esta mañana habéis celebrado la Eucaristía y el cardenal Tarcisio Bertone ciertamente ya os ha explicado la Palabra de Dios, que la liturgia ofrece para nuestra meditación en este XVI domingo del tiempo ordinario. Como el Señor invita a los discípulos a retirarse aparte para escucharlo en la intimidad, también yo deseo detenerme con vosotros, recordando que precisamente la escucha y la acogida del Evangelio dieron vida a vuestra comunidad ciudadana, cuyo nombre remite a los vínculos bimilenarios del Canavés con Roma.

Como ha dicho vuestro obispo, vuestra tierra pronto fue bañada con la sangre de los mártires, entre ellos san Solutor —debo confesar que hasta ahora desconocía su nombre, pero me complace siempre conocer nuevos santos intercesores—, quien, con san Pedro apóstol, es titular de vuestra iglesia. Testigo elocuente de una larga historia de fe es vuestra imponente iglesia parroquial, que domina una extensa parte de la tierra canavesa, cuya gente es bien conocida por su amor y su arraigo al trabajo. Sin embargo actualmente sé que también aquí, en la zona de Ivrea, muchas familias experimentan una situación de dificultades económicas a causa de la falta de ocupaciones laborales. Sobre este problema —como también ha recordado el obispo— he intervenido varias veces y he querido afrontarlo con mayor profundidad en la reciente encíclica Caritas in veritate. Espero que movilice las fuerzas positivas para renovar el mundo.

Queridos amigos, no os desaniméis. La Providencia ayuda siempre a quien obra el bien y se compromete por la justicia; ayuda a cuantos no piensan sólo en sí mismos, sino en quien está peor que ellos. Y vosotros lo sabéis bien, porque vuestros abuelos se vieron obligados a emigrar por falta de trabajo, pero después el desarrollo económico ha traído bienestar y otros han inmigrado aquí, desde Italia y desde el extranjero. Los valores fundamentales de la familia y del respeto a la vida humana, la sensibilidad por la justicia social, la capacidad de afrontar el esfuerzo y el sacrificio, el fuerte vínculo con la fe cristiana a través de la vida parroquial y especialmente la participación en la santa misa han sido a lo largo de los siglos vuestra verdadera fuerza.

Estos mismos valores permitirán a las generaciones de hoy construir con esperanza su futuro, dando vida a una sociedad verdaderamente solidaria y fraterna, donde todos los distintos ámbitos, las instituciones y la economía estén impregnados de espíritu evangélico. De manera especial me dirijo a los jóvenes, en quienes hay que pensar en perspectiva educativa. Aquí, como en todas partes, es necesario preguntarse qué tipo de cultura os llega, qué ejemplos y modelos se os recomiendan, y valorar si son capaces de impulsaros a seguir los caminos del Evangelio y de la libertad auténtica. La juventud está llena de recursos, pero hay que ayudarle a vencer la tentación de sendas fáciles e ilusorias, para hallar el camino de la vida verdadera y plena.

Queridos hermanos y hermanas, en esta tierra vuestra, rica en tradiciones cristianas y en valores humanos, han florecido numerosas vocaciones masculinas y femeninas, en particular para la Familia salesiana; como la del cardenal Bertone, que nació precisamente en esta parroquia vuestra, fue bautizado en esta iglesia y creció en una familia donde asimiló una fe genuina. Vuestra diócesis debe mucho a los hijos y a las hijas de don Bosco, por su presencia difundida y fecunda en toda la zona desde los años en los que todavía vivía el santo fundador. Que esto constituya un ulterior aliento para vuestra comunidad diocesana a comprometerse cada vez más en el campo de la educación y del acompañamiento vocacional.

Invoquemos para ello la protección de María, la Virgen de la Asunción, patrona de la diócesis, Auxilio de los cristianos, Madre amada y venerada de manera especial en los numerosos santuarios a ella dedicados entre los montes del Gran Paraíso y la llanura del Po. Que su presencia materna indique a todos el camino de la esperanza y los conduzca allí, como la estrella que guió a los santos Magos. Que la Virgen de la Estrella vele sobre todos vosotros desde la colina que domina Ivrea, el Monte Estrella dedicado a ella y a los Reyes Magos. Encomendémonos ahora con confianza filial a la Virgen invocándola con la oración del Ángelus.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

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