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BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Castelgandolfo
Domingo 16 de agosto de 2009

 

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer celebramos la gran fiesta de la Asunción de María al cielo, y hoy leemos en el Evangelio estas palabras de Jesús: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo" (Jn 6, 51). No se puede permanecer indiferente ante esta correspondencia que gira alrededor del símbolo del "cielo": María fue "elevada" al lugar del que su Hijo había "bajado". Naturalmente este lenguaje, que es bíblico, expresa en términos figurados algo que jamás se inserta completamente en el mundo de nuestros conceptos y de nuestras imágenes. Pero detengámonos un momento a reflexionar.

Jesús se presenta como el "pan vivo", esto es, el alimento que contiene la vida misma de Dios y es capaz de comunicarla a quien come de él, el verdadero alimento que da la vida, que nutre realmente en profundidad. Jesús dice: "El que coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51). Pues bien, ¿de quién tomó el Hijo de Dios esta "carne" suya, su humanidad concreta y terrena? La tomó de la Virgen María. Dios asumió de ella el cuerpo humano para entrar en nuestra condición mortal. A su vez, al final de la existencia terrena, el cuerpo de la Virgen fue elevado al cielo por parte de Dios e introducido en la condición celestial. Es una especie de intercambio en el que Dios tiene siempre la iniciativa plena, pero, como hemos visto en otras ocasiones, en cierto sentido necesita también de María, del "sí" de la criatura, de su carne, de su existencia concreta, para preparar la materia de su sacrificio: el cuerpo y la sangre que va a ofrecer en la cruz como instrumento de vida eterna y en el sacramento de la Eucaristía como alimento y bebida espirituales.

Queridos hermanos y hermanas, lo que sucedió en María vale, de otras maneras, pero realmente, también para cada hombre y cada mujer, porque a cada uno de nosotros Dios nos pide que lo acojamos, que pongamos a su disposición nuestro corazón y nuestro cuerpo, toda nuestra existencia, nuestra carne —dice la Biblia—, para que él pueda habitar en el mundo. Nos llama a unirnos a él en el sacramento de la Eucaristía, Pan partido para la vida del mundo, para formar juntos la Iglesia, su Cuerpo histórico. Y si nosotros decimos sí, como María, es más, en la medida misma de este "sí" nuestro, sucede también para nosotros y en nosotros este misterioso intercambio: somos asumidos en la divinidad de Aquel que asumió nuestra humanidad.

La Eucaristía es el medio, el instrumento de esta transformación recíproca, que tiene siempre a Dios como fin y como actor principal: él es la Cabeza y nosotros los miembros, él es la Vid y nosotros los sarmientos. Quien come de este Pan y vive en comunión con Jesús dejándose transformar por él y en él, está salvado de la muerte eterna: ciertamente muere como todos, participando también en el misterio de la pasión y de la cruz de Cristo, pero ya no es esclavo de la muerte, y resucitará en el último día para gozar de la fiesta eterna con María y con todos los santos.

Este misterio, esta fiesta de Dios, comienza aquí abajo: es misterio de fe, de esperanza y de amor, que se celebra en la vida y en la liturgia, especialmente eucarística, y se expresa en la comunión fraterna y en el servicio al prójimo. Roguemos a la santísima Virgen que nos ayude a alimentarnos siempre con fe del Pan de vida eterna para experimentar ya en la tierra la gloria del cielo.


Después del Ángelus

(En lengua francesa)
Me alegra saludar a los peregrinos de lengua francesa presentes para la oración del Ángelus, especialmente a los jóvenes llegados de África. Ayer tuvimos la alegría de celebrar la solemnidad de la Asunción de la Virgen María y la liturgia nos exhorta a elevar nuestra mirada al cielo. Os invito hoy a acoger el don que Cristo nos ha hecho de sí mismo en la Eucaristía. Al recibir en la fe este alimento indispensable, el cristiano obtiene la fuerza que le permite entregarse totalmente a sus hermanos. Así pues, os invito a tener siempre abierta de par en par la puerta de vuestro corazón y a ser día tras día testigos de la ternura del Señor ante todas las personas que se encuentren en necesidad material o espiritual. Sed mensajeros infatigables de la buena nueva.

(En lengua inglesa)
Saludo a los peregrinos y visitantes de lengua inglesa presentes en el Ángelus de hoy. Que vuestra estancia aquí, en Castelgandolfo, y en Roma profundice vuestra fe en nuestro Señor, el Pan vivo, que nos brinda el don de la vida eterna. Invoco de Dios omnipotente abundantes bendiciones de alegría y paz sobre vosotros y vuestras familias.

(En lengua alemana)
Saludo de corazón a los peregrinos y visitantes de lengua alemana presentes en Castelgandolfo. El pan y el vino de este mundo pueden proporcionarnos una satisfacción sólo efímera. En cambio, quien recibe en el sacramento del altar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, permanece en Cristo y Cristo permanece en él. La Eucaristía nos da su vida y nos conduce por el camino de la sabiduría y de la dedicación a la gloria eterna. Demos gracias a Dios siempre por todo lo que nos ha donado a través de Cristo. Que el Señor os bendiga a vosotros y a vuestras familias.

(En lengua española)
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana y a quienes se unen a ella a través de la radio y la televisión. Que la contemplación continua del misterio de Cristo acreciente en nosotros el amor a sus preceptos y la esperanza en sus promesas, para que nuestro corazón no se deje vencer por las dificultades cotidianas, sino que esté anclado en la fe en el Hijo de Dios, que tiene "palabras de vida eterna". Muchas gracias y feliz domingo.

(En lengua portuguesa)
Saludo a los jóvenes brasileños de la Comunidad Misionera de Villareggia y a los demás peregrinos de lengua portuguesa que participan en este momento de alabanza y gratitud al Verbo divino, que se hizo hombre en el seno de la Virgen María para quedarse con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Dejad que Cristo tome posesión de vuestra vida, para que seáis cada vez más vida y presencia de Cristo.

(En lengua polaca)
Saludo cordialmente a todos los polacos. En el Evangelio de hoy Cristo dice: "Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56). La Eucaristía es signo de la presencia de Cristo que por amor se dona a nosotros, nos alimenta en nuestra peregrinación hacia el cielo. Os exhorto, de manera especial en estos días de descanso, a adorar a Cristo presente en las iglesias que encontraréis en vuestros itinerarios de vacaciones. De corazón os bendigo a todos.

(En lengua italiana)
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua italiana, en particular a los fieles de la parroquia de San Silvestre en Faenza, y a los jóvenes de Trescore, llegados aquí por la vía Francígena. Os deseo a todos un feliz domingo.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

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