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BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 15 de noviembre de 2009

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos llegado a las últimas dos semanas del año litúrgico. Demos gracias al Señor porque nos ha concedido recorrer , una vez más, este camino de fe —antiguo y siempre nuevo— en la gran familia espiritual de la Iglesia. Es un don inestimable, que nos permite vivir en la historia el misterio de Cristo, acogiendo en los surcos de nuestra existencia personal y comunitaria la semilla de la Palabra de Dios, semilla de eternidad que transforma desde dentro este mundo y lo abre al reino de los cielos. En el itinerario de las lecturas bíblicas dominicales, este año nos ha acompañado el evangelio de san Marcos, que hoy presenta una parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos. En este discurso hay una frase que impresiona por su claridad sintética: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mc 13, 31). Detengámonos un momento a reflexionar sobre esta profecía de Cristo.

La expresión "el cielo y la tierra" aparece con frecuencia en la Biblia para indicar todo el universo, todo el cosmos. Jesús declara que todo esto está destinado a "pasar". No sólo la tierra, sino también el cielo, que aquí se entiende en sentido cósmico, no como sinónimo de Dios. La Sagrada Escritura no conoce ambigüedad: toda la creación está marcada por la finitud, incluidos los elementos divinizados por las antiguas mitologías: en ningún caso se confunde la creación y el Creador, sino que existe una diferencia precisa. Con esta clara distinción, Jesús afirma que sus palabras "no pasarán", es decir, están de la parte de Dios y, por consiguiente, son eternas. Aunque fueron pronunciadas en su existencia terrena concreta, son palabras proféticas por antonomasia, como afirma en otro lugar Jesús dirigiéndose al Padre celestial: "Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado" (Jn 17, 8).

En una célebre parábola, Cristo se compara con el sembrador y explica que la semilla es la Palabra (cf. Mc 4, 14): quienes oyen la Palabra, la acogen y dan fruto (cf. Mc 4, 20), forman parte del reino de Dios, es decir, viven bajo su señorío; están en el mundo, pero ya no son del mundo; llevan dentro una semilla de eternidad, un principio de transformación que se manifiesta ya ahora en una vida buena, animada por la caridad, y al final producirá la resurrección de la carne. Este es el poder de la Palabra de Cristo.

Queridos amigos, la Virgen María es el signo vivo de esta verdad. Su corazón fue "tierra buena" que acogió con plena disponibilidad la Palabra de Dios, de modo que toda su existencia, transformada según la imagen del Hijo, fue introducida en la eternidad, cuerpo y alma, anticipando la vocación eterna de todo ser humano. Ahora, en la oración, hagamos nuestra su respuesta al ángel: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38), para que, siguiendo a Cristo por el camino de la cruz, también nosotros alcancemos la gloria de la resurrección.


Después del Ángelus

(En lengua italiana)

Ante todo dirijo un cordial saludo a los participantes en la asamblea plenaria de la Comisión episcopal europea para los medios de comunicación, cuyos trabajos se han llevado a cabo en estos días en el Vaticano. Queridos hermanos, habéis abordado el tema de la cultura de internet y la comunicación en la Iglesia. Os agradezco vuestra cualificada contribución sobre esta temática de gran actualidad.

También deseo recordar que hoy tiene lugar en Ivrea, en Piamonte, la celebración nacional de la Jornada de acción de gracias. Me complace unirme espiritualmente a quienes están agradecidos al Señor por los frutos de la tierra y del trabajo del hombre, renovando la invitación apremiante a respetar el ambiente natural, un valioso recurso encomendado a nuestra responsabilidad.

(En lengua francesa)

En este final del año litúrgico, que se acerca, se nos invita a recordar que el tiempo pasa, no para lamentarlo sino para apreciar toda su novedad. En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que es inútil preguntarse por el final de los tiempos. Vivamos cada instante de nuestra vida bajo la mirada de Cristo. Al entregarnos su vida, ha dado cumplimiento a todo. Él es nuestra esperanza, pues cada día él introduce nuestra historia en la eternidad. Que Dios os bendiga a vosotros y a todos vuestros seres queridos. ¡Feliz domingo!

(En lengua inglesa)

Extiendo mi más cordial saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes aquí hoy. Durante este mes de noviembre recordamos especialmente las santas almas del Purgatorio. En estos días hemos rezado por aquellos que perdieron su vida en la guerra, y en esta Jornada mundial en recuerdo de las víctimas de los accidentes de tráfico, rezamos por todos los que han muerto o sufrido heridas y lesiones en accidentes de carretera. Al encomendar sus almas a la misericordia de Dios todopoderoso, imploramos el consuelo divino para sus familias y sus seres queridos. Para aquellos que habéis recorrido largas distancias para estar aquí hoy, pido al Señor que os proteja en vuestro viaje de regreso. Que el Señor os bendiga a todos vosotros, así como a vuestras familias y amigos.

(En lengua alemana)

Saludo cordialmente a los hermanos y hermanas de lengua alemana. En Dios los hombres encontramos la verdadera libertad y la alegría constante. Vivir según la voluntad de Dios hace libres y en servirlo con fidelidad consiste el gozo pleno y verdadero (cf. Oración colecta). Esto lo queremos comprender nuevamente con el corazón mirando a Cristo. Él nos enseña y muestra cómo debemos amar al prójimo. Jesucristo es el camino que lleva a una vida plena y feliz.

(En lengua española)

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, en particular a los fieles provenientes de Colombia, y a quienes se unen a ella a través de la radio y la televisión. Que la contemplación del misterio de Cristo y la meditación asidua de la Palabra de Dios acreciente en nosotros el deseo de servirle para que, a ejemplo de la Virgen María, fundemos nuestra vida sobre la roca firme de la fe y aceptemos con prontitud la voluntad amorosa de Dios. ¡Muchas gracias y feliz domingo!

(En lengua húngara)

Saludo con afecto al grupo de fieles de la Parroquia de san László en Budapest. Queridos hermanos, renacidos en el bautismo, vivid la buena nueva del Evangelio en una sociedad secularizada.

(En lengua polaca)

Saludo cordialmente a los fieles polacos. Hoy celebramos la Jornada mundial en recuerdo de las víctimas de los accidentes de carretera. Encomiendo a los difuntos a la misericordia de Dios. Exhorto a todos aquellos que viajan por las carreteras del mundo a ser prudentes, en el espíritu de responsabilidad por el don de la salud y de la propia vida y de la de los demás. Que el Señor proteja a los que viajan y bendiga a todos.

(En italiano)

Hoy, aquí en la plaza, también están presentes el cardenal Adrianus Simonis con algunos prelados, autoridades civiles y fieles de Holanda, que celebran en estos días a su patrón san Willibrordo, recordando su presencia aquí en Roma en la Iglesia nacional de San Miguel y San Magno de los Frisones. Exhorto a todos a ser siempre piedras vivas de la Iglesia de Cristo y a intensificar los vínculos de comunión con la sede del Apóstol san Pedro.

Saludo también con afecto a los peregrinos de lengua italiana, en particular a los fieles procedentes de Trieste, Cingoli y Pizzo Calabro. Querido hermanos, que la visita a la tumba de san Pedro fortalezca en cada uno de vosotros la fe y el testimonio evangélico. Os deseo a todos un feliz domingo.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

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