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SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 6 de enero de 2013

(Vídeo)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Disculpad el retraso. He ordenado a cuatro nuevos obispos en la basílica de San Pedro y el rito ha durado un poco más. Pero celebramos hoy sobre todo la Epifanía del Señor, su manifestación a las gentes, mientras numerosas Iglesias orientales, según el calendario juliano, celebran la Navidad. Esta ligera diferencia que superpone los dos momentos evidencia el hecho de que ese Niño, nacido en la humildad de la gruta de Belén, es la luz del mundo, que orienta el camino de todos los pueblos. Es una aproximación que hace reflexionar también desde el punto de vista de la fe: por un lado, en Navidad, ante Jesús, vemos la fe de María, de José y de los pastores; hoy, en la Epifanía, la fe de los tres Magos, llegados de Oriente para adorar al rey de los judíos.

La Virgen María, junto a su esposo, representa el «tronco» de Israel, el «resto» preanunciado por los profetas, del que debía germinar el Mesías. Los Magos representan, en cambio, a los pueblos, y podemos decir también las civilizaciones, las culturas, las religiones que están, por así expresarlo, en camino hacia Dios, en busca de su reino de paz, de justicia, de verdad y de libertad. Existe primero un núcleo personificado sobre todo por María, la «hija de Sión»: un núcleo de Israel, el pueblo que conoce y tiene fe en el Dios que se ha revelado a los Patriarcas y en el camino de la historia. Esta fe llega a su cumplimiento en María, en la plenitud de los tiempos; en ella, «bienaventurada porque ha creído», el Verbo se ha hecho carne, Dios ha «aparecido» en el mundo. La fe de María se convierte en la primicia y el modelo de la fe de la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza. Pero este pueblo es desde el inicio universal, y esto lo vemos hoy en las figuras de los Magos, que llegan a Belén siguiendo la luz de una estrella y las indicaciones de las Sagradas Escrituras.

San León Magno afirma: «En un tiempo le fue prometida a Abrahán una innumerable descendencia que sería generada no según la carne, sino en la fecundidad de la fe» (Discurso 3 para la Epifanía, 1: PL 54, 240). La fe de María puede situarse junto a la de Abrahán: es el nuevo inicio de la misma promesa, del mismo proyecto inmutable de Dios, que halla ahora su pleno cumplimiento en Jesucristo. Y la luz de Cristo es tan límpida y fuerte que hace inteligible tanto el lenguaje del cosmos como el de las Escrituras, de manera que todos cuantos, como los Magos, estén abiertos a la verdad puedan reconocerla y llegar a contemplar al Salvador del mundo. Dice también san León: «Que entre, que entre así en la familia de los patriarcas la gran masa de las gentes... Que todos los pueblos... adoren al Creador del universo, y que Dios sea conocido no sólo en Judea, sino en toda la tierra» (ib). En esta perspectiva podemos ver también las Ordenaciones episcopales que he tenido la alegría de conferir esta mañana en la basílica de San Pedro: dos de los nuevos obispos permanecerán al servicio de la Santa Sede y los otros dos partirán para ser representantes pontificios en dos naciones. Oremos por cada uno de ellos, por su ministerio y para que la luz de Cristo resplandezca en el mundo entero.

 


Después del Ángelus

Saludo a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana. En esta solemnidad de la Epifanía del Señor, a ejemplo de los Magos de oriente, invito a todos a buscar a Dios con sencillez de espíritu, sin sucumbir ante el desaliento o la crítica. Él se revela a los humildes y a los pobres de espíritu. Él no se cansa de llamar a la puerta de nuestro corazón. Encontrar a Dios es lo mejor que le puede ocurrir a un hombre. Abramos, pues, nuestra vida a la luz de su gracia y descubriremos la fuerza necesaria para edificar una sociedad cada vez más reconciliada y solidaria. Feliz domingo.

 

© Copyright 2013 - Libreria Editrice Vaticana

 

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