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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 6 de julio de 2005
Dios salvador
Queridos hermanos y hermanas:
1. Hoy no hemos escuchado un salmo, sino un himno tomado de la carta a los
Efesios (cf. Ef 1, 3-14), un himno que se repite en la liturgia de
las Vísperas de cada una de las cuatro semanas. Este himno es una oración de
bendición dirigida a Dios Padre. Su desarrollo delinea las diversas etapas del
plan de salvación que se realiza a través de la obra de Cristo.
En el centro de la bendición resuena el vocablo griego mysterion, un
término asociado habitualmente a los verbos de revelación ("revelar", "conocer",
"manifestar"). En efecto, este es el gran proyecto secreto que el Padre había
conservado en sí mismo desde la eternidad (cf. v. 9), y que decidió actuar y
revelar "en la plenitud de los tiempos" (cf. v. 10) en Jesucristo, su Hijo.
En el himno las etapas de ese plan se señalan mediante las acciones salvíficas
de Dios por Cristo en el Espíritu. Ante todo -este es el primer acto-, el Padre
nos elige desde la eternidad para que seamos santos e irreprochables ante él por
el amor (cf. v. 4); después nos predestina a ser sus hijos (cf. vv. 5-6);
además, nos redime y nos perdona los pecados (cf. vv. 7-8); nos revela
plenamente el misterio de la salvación en Cristo (cf. vv. 9-10); y, por último,
nos da la herencia eterna (cf. vv. 11-12), ofreciéndonos ya ahora como prenda el
don del Espíritu Santo con vistas a la resurrección final (cf. vv. 13-14).
2. Así pues, son muchos los acontecimientos salvíficos que se suceden en el
desarrollo del himno. Implican a las tres Personas de la santísima Trinidad: se
parte del Padre, que es el iniciador y el artífice supremo del plan de
salvación; se fija la mirada en el Hijo, que realiza el designio dentro de la
historia; y se llega al Espíritu Santo, que imprime su "sello" a toda la obra de
salvación. Nosotros, ahora, nos detenemos brevemente en las dos primeras etapas,
las de la santidad y la filiación (cf. vv. 4-6).
El primer gesto divino, revelado y actuado en Cristo, es la elección de los
creyentes, fruto de una iniciativa libre y gratuita de Dios. Por tanto, al
principio, "antes de crear el mundo" (v. 4), en la eternidad de Dios, la gracia
divina está dispuesta a entrar en acción. Me conmueve meditar esta verdad:
desde la eternidad estamos ante los ojos de Dios y él decidió salvarnos. El
contenido de esta llamada es nuestra "santidad", una gran palabra. Santidad es
participación en la pureza del Ser divino. Pero sabemos que Dios es caridad. Por
tanto, participar en la pureza divina significa participar en la "caridad" de
Dios, configurarnos con Dios, que es "caridad". "Dios es amor" (1 Jn 4,
8. 16): esta es la consoladora verdad que nos ayuda a comprender que "santidad"
no es una realidad alejada de nuestra vida, sino que, en cuanto que podemos
llegar a ser personas que aman, con Dios entramos en el misterio de la
"santidad". El ágape se transforma así en nuestra realidad diaria. Por
tanto, entramos en la esfera sagrada y vital de Dios mismo.
3. En esta línea, se pasa a la otra etapa, que también se contempla en el plan
divino desde la eternidad: nuestra "predestinación" a hijos de Dios. No sólo
criaturas humanas, sino realmente pertenecientes a Dios como hijos suyos.
San Pablo, en otro lugar (cf. Ga 4, 5; Rm 8, 15. 23), exalta esta
sublime condición de hijos que implica y resulta de la fraternidad con
Cristo, el Hijo por excelencia, "primogénito entre muchos hermanos" (Rm
8, 29), y la intimidad con el Padre celestial, al que ahora podemos invocar
Abbá, al que podemos decir "padre querido" con un sentido de verdadera
familiaridad con Dios, con una relación de espontaneidad y amor. Por
consiguiente, estamos en presencia de un don inmenso, hecho posible por el
"beneplácito de la voluntad" divina y por la "gracia", luminosa expresión del
amor que salva.
4. Ahora, para concluir, citamos al gran obispo de Milán, san Ambrosio, que en
una de sus cartas comenta las palabras del apóstol san Pablo a los Efesios,
reflexionando precisamente sobre el rico contenido de nuestro himno cristológico.
Subraya, ante todo, la gracia sobreabundante con la que Dios nos ha hecho hijos
adoptivos suyos en Cristo Jesús. "Por eso, no se debe dudar de que los miembros
están unidos a su cabeza, sobre todo porque desde el principio hemos sido
predestinados a ser hijos adoptivos de Dios, por Jesucristo" (Lettera XVI ad
Ireneo, 4: SAEMO, XIX, Milán-Roma 1988, p. 161).
El santo obispo de Milán prosigue su reflexión afirmando: "¿Quién es rico, sino
el único Dios, creador de todas las cosas?". Y concluye: "Pero es mucho más
rico en misericordia, puesto que ha redimido a todos y, como autor de la
naturaleza, nos ha transformado a nosotros, que según la naturaleza de la carne
éramos hijos de la ira y sujetos al castigo, para que fuéramos hijos de la paz y
de la caridad" (n. 7: ib., p. 163).
Saludos
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Hermanas de
la Caridad de Nuestra Señora del Buen y Perpetuo Socorro en su capítulo general,
así como a los grupos parroquiales de España y a los peregrinos de México y de
otros países latinoamericanos. Invito a todos a amar a Dios y a vivir como
dignos hijos suyos. Muchas gracias por vuestra atención.
(En italiano)
Por último, mi pensamiento va, como de costumbre, a los jóvenes, a los
enfermos y a los recién casados. Estamos entrando en el período
estivo, tiempo de sana distracción y merecido descanso. Os invito, queridos
jóvenes, a aprovechar el verano para hacer útiles experiencias humanas y
religiosas. A vosotros, queridos enfermos, os deseo que también durante
estos meses sintáis la cercanía de personas amigas y familiares. A vosotros,
queridos recién casados, os invito a usar las vacaciones para crecer en
el amor recíproco iluminado por la alegría divina.
© Copyright 2005 - Libreria
Editrice Vaticana
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