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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 3 de agosto de 2005
El Señor vela por su pueblo
Queridos hermanos y hermanas:
1. En nuestro encuentro, que tiene lugar después de mis vacaciones, pasadas en
el Valle de Aosta, reanudamos el itinerario que estamos recorriendo dentro de la
liturgia de las Vísperas. Ahora la atención se centra en el salmo 124,
que forma parte de la intensa y sugestiva colección llamada "Canción de las
subidas", libro ideal de oraciones para la peregrinación a Sión con vistas al
encuentro con el Señor en el templo (cf. Sal 119-133).
Ahora meditaremos brevemente sobre un texto sapiencial, que suscita la confianza
en el Señor y contiene una breve oración (cf. Sal 124, 4). La primera
frase proclama la estabilidad de "los que confían en el Señor", comparándola con
la estabilidad "rocosa" y segura del "monte Sión", la cual, evidentemente, se
debe a la presencia de Dios, que es "roca, fortaleza, peña, refugio, escudo,
baluarte y fuerza de salvación" (cf. Sal 17, 3). Aunque el creyente se
sienta aislado y rodeado por peligros y amenazas, su fe debe ser serena, porque
el Señor está siempre con nosotros. Su fuerza nos rodea y nos protege.
También el profeta Isaías testimonia que escuchó de labios de Dios estas
palabras destinadas a los fieles: "He aquí que yo pongo por fundamento en Sión
una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: quien tuviere fe en ella,
no vacilará" (Is 28, 16).
2. Sin embargo, continúa el salmista, la confianza del fiel tiene un apoyo
ulterior: el Señor ha acampado para defender a su pueblo, precisamente como las
montañas rodean a Jerusalén, haciendo de ella una ciudad fortificada con
bastiones naturales (cf. Sal 124, 2). En una profecía de Zacarías, Dios
dice de Jerusalén: "Yo seré para ella muralla de fuego en torno, y dentro de
ella seré gloria" (Za 2, 9).
En este clima de confianza radical, que es el clima de la fe, el salmista
tranquiliza "a los justos", es decir, a los creyentes. Su situación puede ser
preocupante a causa de la prepotencia de los malvados, que quieren imponer su
dominio. Los justos tendrían incluso la tentación de transformarse en cómplices
del mal para evitar graves inconvenientes, pero el Señor los protege de la
opresión: "No pesará el cetro de los malvados sobre el lote de los justos" (Sal
124, 3); al mismo tiempo, los libra de la tentación de que "extiendan su mano a
la maldad" (Sal 124, 3).
Así pues, el Salmo infunde en el alma una profunda confianza. Es una gran ayuda
para afrontar las situaciones difíciles, cuando a la crisis externa del
aislamiento, de la ironía y del desprecio en relación con los creyentes se añade
la crisis interna del desaliento, de la mediocridad y del cansancio. Conocemos
esta situación, pero el Salmo nos dice que si tenemos confianza somos más
fuertes que esos males.
3. El final del Salmo contiene una invocación dirigida al Señor en favor de los
"buenos" y de los "sinceros de corazón" (v. 4), y un anuncio de desventura para
"los que se desvían por sendas tortuosas" (v. 5). Por un lado, el salmista pide
al Señor que se manifieste como padre amoroso con los justos y los fieles que
mantienen encendida la llama de la rectitud de vida y de la buena conciencia.
Por otro, espera que se revele como juez justo ante quienes se han desviado por
las sendas tortuosas del mal, cuyo desenlace es la muerte.
El Salmo termina con el tradicional saludo shalom, "paz a Israel", un
saludo que tiene asonancia con Jerushalajim, Jerusalén (cf. v. 2), la
ciudad símbolo de paz y de santidad. Es un saludo que se transforma en deseo de
esperanza. Podemos explicitarlo con las palabras de san Pablo: "Para todos los
que se sometan a esta regla, paz y misericordia, lo mismo que para el Israel de
Dios" (Ga 6, 16).
4. En su comentario a este salmo, san Agustín contrapone "los que se desvían por
sendas tortuosas" a "los que son sinceros de corazón y no se alejan de Dios".
Dado que los primeros correrán la "suerte de los malvados", ¿cuál será la suerte
de los "sinceros de corazón"? Con la esperanza de compartir él mismo, junto con
sus oyentes, el destino feliz de estos últimos, el Obispo de Hipona se
pregunta: "¿Qué poseeremos? ¿Cuál será nuestra herencia? ¿Cuál será nuestra
patria? ¿Cómo se llama?". Y él mismo responde, indicando su nombre -hago mías
estas palabras-: "Paz. Con el deseo de paz os saludamos; la paz os anunciamos;
los montes reciben la paz, mientras sobre los collados se propaga la justicia (cf.
Sal 71, 3). Ahora nuestra paz es Cristo: "Él es nuestra paz" (Ef
2, 14)" (Esposizioni sui Salmi, IV, Nuova Biblioteca Agostiniana,
XXVIII, Roma 1977, p. 105).
San Agustín concluye con una exhortación que es, al mismo tiempo, también un
deseo: "Seamos el Israel de Dios; abracemos con fuerza la paz, porque Jerusalén
significa visión de paz, y nosotros somos Israel: el Israel sobre el cual reina
la paz" (ib., p. 107), la paz de Cristo.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de España y Latinoamérica, especialmente a
las Hijas de la Pasión, a los miembros de Schönstatt y Regnum Christi, así como
a los fieles de Chile, México y Perú. Confiados en el Señor, desead la paz,
anunciad la paz, construid la paz. Sois el pueblo del Señor y vuestra paz es
Cristo.
(A los grupos de jóvenes procedentes de Brasil) El clima de oración de
este encuentro nos estimula a vivir serena y confiadamente, con la certeza de
que Cristo, "nuestra paz", vive con nosotros y por nosotros. Saludo con especial
afecto a los peregrinos de lengua portuguesa aquí presentes, y en particular a
los que vienen de Portugal, así como a un grupo de jóvenes del movimiento de Schönstatt y a otro proveniente de Sao Paulo (Brasil). Abrazo a todos con
particular simpatía y, al renovar mi invitación a encontrarnos en Colonia para
la Jornada mundial de la Juventud, imparto de corazón mi bendición apostólica.
(A los peregrinos polacos) Mañana es la memoria de san Juan María Vianney, párroco de Ars. Por su intercesión pidamos a Dios muchos y santos
sacerdotes, pues la Iglesia hoy tiene mucha necesidad de ellos. Dios os
bendiga.
(En italiano)
Me dirijo, finalmente, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. La
liturgia recuerda mañana a un sacerdote muy amado por sus contemporáneos: san
Juan María Vianney, el santo cura de Ars. Queridos hermanos, que su ejemplo
sirva a todos de estímulo e impulso para corresponder generosamente a la gracia
divina.
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Editrice Vaticana
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