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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 17 de agosto de 2005
Dios, alegría y esperanza nuestra
1. Al escuchar las palabras del salmo 125 se tiene la impresión
de contemplar con los propios ojos el acontecimiento cantado en la segunda parte
del libro de Isaías: el "nuevo éxodo". Es el regreso de Israel del
exilio babilónico a la tierra de los padres, tras el edicto del rey persa Ciro
en el año 558 a.C. Entonces se repitió la experiencia gozosa del primer éxodo,
cuando el pueblo hebreo fue liberado de la esclavitud egipcia.
Este salmo cobraba un significado particular cuando se cantaba en los días en
que Israel se sentía amenazado y atemorizado, porque debía afrontar de nuevo una
prueba. En efecto, el Salmo comprende una oración por el regreso de los
prisioneros del momento (cf. v. 4). Así, se transforma en una oración del pueblo
de Dios en su itinerario histórico, lleno de peligros y pruebas, pero siempre
abierto a la confianza en Dios salvador y liberador, defensor de los débiles y
los oprimidos.
2. El Salmo introduce en un clima de júbilo: se sonríe, se festeja la libertad
obtenida, afloran a los labios cantos de alegría (cf. vv. 1-2).
La reacción ante la libertad recuperada es doble. Por un lado, las naciones
paganas reconocen la grandeza del Dios de Israel: "El Señor ha estado grande
con ellos" (v. 2). La salvación del pueblo elegido se convierte en una prueba
nítida de la existencia eficaz y poderosa de Dios, presente y activo en la
historia. Por otro lado, es el pueblo de Dios el que profesa su fe en el Señor
que salva: "El Señor ha estado grande con nosotros" (v. 3).
3. El pensamiento va después al pasado, revivido con un estremecimiento de miedo
y amargura. Centremos nuestra atención en la imagen agrícola que usa el
salmista: "Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares" (v. 5). Bajo
el peso del trabajo, a veces el rostro se cubre de lágrimas: se está realizando
una siembra fatigosa, que tal vez resulte inútil e infructuosa. Pero, cuando
llega la cosecha abundante y gozosa, se descubre que el dolor ha sido fecundo.
En este versículo del Salmo se condensa la gran lección sobre el misterio de
fecundidad y de vida que puede encerrar el sufrimiento. Precisamente como dijo
Jesús en vísperas de su pasión y muerte: "Si el grano de trigo no cae en tierra
y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24).
4. El horizonte del Salmo se abre así a la cosecha festiva, símbolo de la
alegría engendrada por la libertad, la paz y la prosperidad, que son fruto de la
bendición divina. Así pues, esta oración es un canto de esperanza, al que se
puede recurrir cuando se está inmerso en el tiempo de la prueba, del miedo, de
la amenaza externa y de la opresión interior.
Pero puede convertirse también en una exhortación más general a vivir la vida y
hacer las opciones en un clima de fidelidad. La perseverancia en el bien, aunque
encuentre incomprensiones y obstáculos, al final llega siempre a una meta de
luz, de fecundidad y de paz.
Es lo que san Pablo recordaba a los Gálatas: "El que siembra en el espíritu,
del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de obrar el bien; que a su
tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos" (Ga 6, 8-9).
5. Concluyamos con una reflexión de san Beda el Venerable (672-735) sobre el
salmo 125 comentando las palabras con que Jesús anunció a sus discípulos la
tristeza que les esperaba y, al mismo tiempo, la alegría que brotaría de su
aflicción (cf. Jn 16, 20).
Beda recuerda que "lloraban y se lamentaban los que amaban a Cristo cuando
vieron que los enemigos lo prendieron, lo ataron, lo llevaron a juicio, lo
condenaron, lo flagelaron, se burlaron de él y, por último, lo crucificaron, lo
hirieron con la lanza y lo sepultaron. Al contrario, los que amaban el mundo se
alegraban (...) cuando condenaron a una muerte infamante a aquel que les
molestaba sólo al verlo. Los discípulos se entristecieron por la muerte del
Señor, pero, conocida su resurrección, su tristeza se convirtió en alegría;
visto después el prodigio de la Ascensión, con mayor alegría todavía alababan y
bendecían al Señor, como testimonia el evangelista san Lucas (cf. Lc 24,
53). Pero estas palabras del Señor se pueden aplicar a todos los fieles que, a
través de las lágrimas y las aflicciones del mundo, tratan de llegar a las
alegrías eternas, y que con razón ahora lloran y están tristes, porque no pueden
ver aún a aquel que aman, y porque, mientras estén en el cuerpo, saben que están
lejos de la patria y del reino, aunque estén seguros de llegar al premio a
través de las fatigas y las luchas. Su tristeza se convertirá en alegría cuando,
terminada la lucha de esta vida, reciban la recompensa de la vida eterna, según
lo que dice el Salmo: "Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre
cantares"" (Omelie sul Vangelo, 2, 13: Collana di Testi Patristici, XC,
Roma 1990, pp. 379-380).
Saludos
Saludo con afecto a los peregrinos de España y Latinoamérica,
particularmente a los fieles de la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de
Aspe, y a los miembros de la delegación del Sevilla Fútbol Club. Que el Señor
sea siempre vuestra alegría y esperanza. ¡Gracias por vuestra presencia!
(En italiano) Saludo ahora a los peregrinos de lengua italiana. De modo especial me dirijo a
los jóvenes, a los ancianos y a los enfermos, a las familias y a los recién
casados. A todos os ruego que me acompañéis con la oración en la peregrinación
apostólica que iniciaré mañana para participar en Colonia en la Jornada mundial
de la juventud. Se trata de una importante cita eclesial que todos deseamos
produzca abundantes frutos espirituales para toda la Iglesia, que cuenta mucho
con el compromiso y el testimonio evangélico de los jóvenes.
Oración del Papa por Frère Roger Schutz
Hemos hablado de tristeza y al mismo tiempo de alegría. En realidad, he recibido
esta mañana una noticia muy triste, dramática. Ayer, por la tarde, durante las
vísperas, el querido Frère Roger Schutz, fundador de la Comunidad de Taizé, fue
acuchillado y asesinado, probablemente por una desequilibrada. Esta noticia me
afecta profundamente, tanto más cuanto que precisamente ayer recibí una carta de
Frère Roger muy conmovedora, muy cordial. En ella escribe que en el fondo de su
corazón quiere decirme que "estamos en comunión con usted y con los que se
encuentran reunidos en Colonia". Luego dice que, a causa de sus condiciones de
salud, por desgracia no podía ir personalmente a Colonia, pero que estaría
presente espiritualmente junto con sus hermanos. Al final me explica en esta
carta que deseaba venir cuanto antes a Roma para encontrarse conmigo y decirme
que "nuestra Comunidad de Taizé quiere caminar en comunión con el Santo Padre".
Y luego escribe de su puño y letra: "Santo Padre, le aseguro mis sentimientos
de profunda comunión. Frère Roger de Taizé".
En este momento de tristeza sólo podemos encomendar a la bondad del Señor el
alma de este fiel servidor suyo. Como acabamos de escuchar en el Salmo, sabemos
que de la tristeza brotará la alegría: Frère Schutz está en las manos de la
bondad eterna, del amor eterno, ha llegado al gozo eterno. Él nos invita y
exhorta a ser siempre trabajadores fieles en la viña del Señor, incluso en
situaciones tristes, seguros de que el Señor nos acompaña y nos dará su alegría.
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Editrice Vaticana
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