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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 21 de septiembre de 2005
Elección de David y de Sión
1. Acaba de resonar la segunda parte del salmo 131, un canto que
evoca un acontecimiento capital en la historia de Israel: el traslado del arca
del Señor a la ciudad de Jerusalén.
David fue el artífice de este traslado, atestiguado en la primera parte del
Salmo, sobre el que ya hemos reflexionado. En efecto, el rey había hecho el
juramento de no establecerse en el palacio real si antes no encontraba una
morada para el arca de Dios, signo de la presencia del Señor en medio de su
pueblo (cf. vv. 3-5).
A ese juramento del rey responde ahora el juramento de Dios mismo: "El Señor ha
jurado a David una promesa que no retractará" (v. 11). Esta solemne promesa, en
su esencia, es la misma que el profeta Natán había hecho, en nombre de Dios, al
mismo David; se refiere a la descendencia davídica futura, destinada a reinar
establemente (cf. 2 S 7, 8-16).
2. Con todo, el juramento divino implica el esfuerzo humano, hasta el punto de
que está condicionado por un "si": "Si tus hijos guardan mi alianza" (Sal
131, 12). A la promesa y al don de Dios, que no tiene nada de mágico, debe
responder la adhesión fiel y activa del hombre, en un diálogo que implica dos
libertades: la divina y la humana.
En este punto, el Salmo se transforma en un canto que exalta los efectos
estupendos tanto del don del Señor como de la fidelidad de Israel. En efecto, se
experimentará la presencia de Dios en medio del pueblo (cf. vv. 13-14): él será
como un habitante entre los habitantes de Jerusalén, como un ciudadano que vive
con los demás ciudadanos las vicisitudes de la historia, pero ofreciendo el
poder de su bendición.
3. Dios bendecirá las cosechas, preocupándose de los pobres para que puedan
saciar su hambre (cf. v. 15); extenderá su manto protector sobre los sacerdotes,
ofreciéndoles su salvación; hará que todos los fieles vivan con alegría y
confianza (cf. v. 16).
La bendición más intensa se reserva una vez más para David y su descendencia:
"Haré germinar el vigor de David, enciendo una lámpara para mi ungido. A sus
enemigos los vestiré de ignominia, sobre él brillará mi diadema" (vv. 17-18).
Una vez más, como había sucedido en la primera parte del Salmo (cf. v. 10),
entra en escena la figura del "Ungido", en hebreo "Mesías", uniendo así la
descendencia davídica al mesianismo que, en la relectura cristiana, encuentra
plena realización en la figura de Cristo. Las imágenes usadas son vivaces: a
David se le representa como un vástago que crece con vigor. Dios ilumina al
descendiente davídico con una lámpara brillante, símbolo de vitalidad y de
gloria; una diadema espléndida marcará su triunfo sobre los enemigos y, por
consiguiente, la victoria sobre el mal.
4. En Jerusalén, en el templo donde se conserva el arca y en la dinastía
davídica, se realiza la doble presencia del Señor: la presencia en el espacio y
la presencia en la historia. Así, el salmo 131 se transforma en una celebración
del Dios-Emmanuel, que está con sus criaturas, vive a su lado y las llena de
beneficios, con tal de que permanezcan unidas a él en la verdad y en la
justicia. El centro espiritual de este himno ya es un preludio de la
proclamación de san Juan: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn
1, 14).
5. Concluyamos recordando que los Padres de la Iglesia usaron habitualmente el
inicio de esta segunda parte del salmo 131 para describir la encarnación del
Verbo en el seno de la Virgen María.
Ya san Ireneo, refiriéndose a la profecía de Isaías sobre la virgen que da a
luz, explicaba: "Las palabras: "Escuchad, pues, casa de David" (Is 7,
13) dan también a entender que el Rey eterno, que Dios había prometido a David
suscitar del "fruto de su seno" (Sal 131, 11), es el mismo que nació de
la Virgen, descendiente de David. Porque por esto le había prometido Dios un rey
que sería el "fruto de su vientre" ―lo que
era propio de una virgen embarazada― (...). Así, por tanto, la Escritura (...)
pone y afirma vigorosamente la expresión "fruto del vientre" para proclamar de
antemano la generación de Aquel que debía nacer de la Virgen, tal como Isabel,
llena del Espíritu Santo, atestiguó, diciendo a María: "Bendita tú entre las
mujeres y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1, 42). Por estas palabras
el Espíritu Santo indica, a los que quieren entender, que la promesa hecha por
Dios a David de suscitar un Rey "del fruto de su vientre" se cumplió cuando la
Virgen, es decir, María dio a luz" (Adversus hareses, III, 21, 5).
Así, en el gran arco que va del Salmo antiguo hasta la encarnación del Señor,
vemos la fidelidad de Dios. En el Salmo ya se pone de manifiesto el misterio de
un Dios que habita con nosotros, que se hace uno de nosotros en la Encarnación.
Y esta fidelidad de Dios es nuestra confianza en medio de los cambios de la
historia, es nuestra alegría.
Saludos
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a la peregrinación de
Osma-Soria con su obispo, a las Misioneras Apostólicas de la Caridad y a los
sacerdotes del Colegio Mexicano en Roma, así como a los demás grupos de España,
Argentina, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a dar gracias
a Dios por su maravilloso designio de llevar al género humano y a cada uno de
nosotros hacia Cristo, el Salvador. Muchas gracias por vuestra atención.
(A una delegación del Comité ejecutivo de la UEFA y de la
Federación italiana de fútbol) Vuestra presencia me
brinda la oportunidad de destacar la importancia del deporte, disciplina que, si
se practica respetando las reglas, se convierte en instrumento educativo y
vehículo de importantes valores humanos y espirituales. Que también esta
manifestación contribuya a construir una sociedad basada en el respeto
recíproco, la lealtad de los comportamientos y la solidaridad entre todos los
pueblos y culturas.
(En italiano)
Me dirijo finalmente a los jóvenes, a los enfermos y a los
recién casados. Hoy celebramos la fiesta de san Mateo apóstol. Que su
ejemplo os anime, queridos jóvenes, a vivir con coherencia vuestra
vocación cristiana; a vosotros, queridos enfermos, os ayude a ofrecer
vuestro sufrimiento en unión con los de Cristo por la salvación de la humanidad;
y a vosotros, queridos recién casados, os sostenga en el constante empeño
de fidelidad en el amor y de apertura al don de la vida.
© Copyright 2005 - Libreria
Editrice Vaticana
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