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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 9 de noviembre de 2005
Himno pascual
1. Ha sido llamado "el gran Hallel", es decir, la alabanza
solemne y grandiosa que el judaísmo entonaba durante la
liturgia pascual. Hablamos del salmo 135, cuya primera parte acabamos de
escuchar, según la división propuesta por la liturgia de las Vísperas (cf.
vv. 1-9).
Reflexionemos ante todo en el estribillo: "Es eterna su
misericordia". En esa frase destaca la palabra "misericordia", que en realidad
es una traducción legítima, pero limitada, del vocablo originario hebreo
hesed. En efecto, este vocablo forma parte del lenguaje característico que
usa la Biblia para hablar de la relación que existe entre Dios y su pueblo. El
término trata de definir las actitudes que se establecen dentro de esa
relación: la fidelidad, la lealtad, el amor y, evidentemente, la misericordia
de Dios.
Aquí tenemos la representación sintética del vínculo profundo e
interpersonal que instaura el Creador con su criatura. Dentro de esa relación,
Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni como un
ser oscuro e indescifrable, semejante al hado, contra cuya fuerza misteriosa es
inútil luchar. Al contrario, él se manifiesta como una persona que ama a sus
criaturas, vela por ellas, las sigue en el camino de la historia y sufre por las
infidelidades que a menudo el pueblo opone a su hesed, a su amor
misericordioso y paterno.
2. El primer signo visible de esta caridad divina
—dice el
salmista— ha de buscarse en la creación. Luego entrará en escena la historia. La
mirada, llena de admiración y asombro, se detiene ante todo en la creación:
los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas.
Antes de descubrir al Dios que se revela en la historia de un
pueblo, hay una revelación cósmica, al alcance de todos, ofrecida a toda la
humanidad por el único Creador, "Dios de los dioses" y "Señor de los señores" (vv.
2-3).
Como había cantado el salmo 18, "el cielo proclama la gloria de
Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el
mensaje, la noche a la noche se lo susurra" (vv. 2-3). Así pues, existe un
mensaje divino, grabado secretamente en la creación y signo del hesed, de
la fidelidad amorosa de Dios, que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y
el alimento, la luz y el tiempo.
Hay que tener ojos limpios para captar esta revelación divina,
recordando lo que dice el libro de la Sabiduría: "De la grandeza y
hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb
13, 5; cf. Rm 1, 20). Así, la alabanza orante brota de la contemplación
de las "maravillas" de Dios (cf. Sal 135, 4), expuestas en la creación, y
se transforma en gozoso himno de alabanza y acción de gracias al Señor.
3. Por consiguiente, de las obras creadas se asciende hasta la
grandeza de Dios, hasta su misericordia amorosa. Es lo que nos enseñan los
Padres de la Iglesia, en cuya voz resuena la constante Tradición
cristiana.
Así, san Basilio Magno, en una de las páginas iniciales de su
primera homilía sobre el Exameron, en la que comenta el relato de la
creación según el capítulo primero del libro del Génesis, se detiene a
considerar la acción sabia de Dios, y llega a reconocer en la bondad divina el
centro propulsor de la creación. He aquí algunas expresiones tomadas de la larga
reflexión del santo obispo de Cesarea de Capadocia:
""En el principio creó Dios los cielos y la tierra". Mi palabra
se rinde abrumada por el asombro ante este pensamiento" (1, 2, 1: Sulla
Genesi, en Omelie sull'Esamerone, Milán 1990, pp. 9. 11). En efecto,
aunque algunos, "engañados por el ateísmo que llevaban en su interior,
imaginaron que el universo no tenía guía ni orden, como si estuviera gobernado
por la casualidad", el escritor sagrado "en seguida nos ha iluminado la mente
con el nombre de Dios al inicio del relato, diciendo: "En el principio creó
Dios". Y ¡qué belleza hay en este orden!" (1, 2, 4: ib., p. 11). "Así
pues, si el mundo tiene un principio y ha sido creado, busca al que lo ha
creado, busca al que le ha dado inicio, al que es su Creador. (...) Moisés nos
ha prevenido con su enseñanza imprimiendo en nuestras almas como sello y
filacteria el santísimo nombre de Dios, cuando dijo: "En el principio creó
Dios". La naturaleza bienaventurada, la bondad sin envidia, el que es objeto de
amor por parte de todos los seres racionales, la belleza más deseable que
ninguna otra, el principio de los seres, la fuente de la vida, la luz
intelectiva, la sabiduría inaccesible, es decir, Dios "en el principio creó los
cielos y la tierra"" (1, 2, 6-7: ib., p. 13).
Creo que las palabras de este Santo Padre del siglo IV tienen
una actualidad sorprendente cuando dice: "Algunos, engañados por el ateísmo que
llevaban en su interior, imaginaron que el universo no tenía guía ni orden, como
si estuviera gobernado por la casualidad". ¡Cuántos son hoy los que piensan así!
Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico
pensar que todo carece de guía y de orden, como si estuviera gobernado por la
casualidad. El Señor, con la sagrada Escritura, despierta la razón que duerme y
nos dice: "En el inicio está la Palabra creadora. Y la Palabra creadora que
está en el inicio -la Palabra que lo ha creado todo, que ha creado este proyecto
inteligente que es el cosmos- es también amor".
Por consiguiente, dejémonos despertar por esta Palabra de Dios;
pidamos que esta Palabra ilumine también nuestra mente, para que podamos captar
el mensaje de la creación —inscrito también en nuestro corazón—: que el
principio de todo es la Sabiduría creadora, y que esta Sabiduría es amor, es
bondad; "es eterna su misericordia".
Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes y peregrinos de lengua española, en
particular a la Hermandad de Nuestra Señora del Valle, a las Damas de Nuestra
Señora del Pilar y al grupo de estudiantes de Barcelona, así como a los
peregrinos de Guatemala y de otros países latinoamericanos. Con las palabras del
salmista, demos gracias a Dios por todo lo que nos ha dado y hecho por nosotros,
"porque es eterna su misericordia".
Muchas gracias.
(En italiano)
Mi pensamiento va, finalmente, a los jóvenes, a los enfermos y a
los recién casados. En este día, en el que celebramos la fiesta de la
Dedicación de la basílica Lateranense, catedral de Roma, os invito, queridos
hermanos y hermanas, a uniros a toda la Iglesia para dirigir a Cristo Salvador,
Redentor del hombre y de la historia, una ardiente plegaria a fin de que la
humanidad acoja el don de su liberación y su salvación.
© Copyright 2005 - Libreria
Editrice Vaticana
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