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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 30 de noviembre de 2005
Junto a los canales de Babilonia
1. En este primer miércoles de Adviento, tiempo litúrgico de
silencio, vigilancia y oración como preparación para la Navidad, meditamos el
salmo 136, que se ha hecho célebre en la versión latina de su inicio, Super
flumina Babylonis. El texto evoca la tragedia que vivió el pueblo judío
durante la destrucción de Jerusalén, acaecida en el año 586 a.C., y el sucesivo
y consiguiente destierro en Babilonia. Se trata de un canto nacional de dolor,
marcado por una profunda nostalgia por lo que se había perdido.
Esta apremiante invocación al Señor para que libre a sus fieles de la esclavitud
babilónica expresa también los sentimientos de esperanza y espera de la
salvación con los que hemos iniciado nuestro camino de Adviento.
La primera parte del Salmo (cf. vv. 1-4) tiene como telón de fondo la tierra del
destierro, con sus ríos y canales, que regaban la llanura de Babilonia, sede de
los judíos deportados. Es casi la anticipación simbólica de los campos de
concentración, en los que el pueblo judío —en el siglo que acaba de concluir—
sufrió una operación infame de muerte, que ha quedado como una vergüenza
indeleble en la historia de la humanidad.
La segunda parte del Salmo (cf. vv. 5-6), por el contrario, está impregnada
del recuerdo amoroso de Sión, la ciudad perdida pero viva en el corazón de los
desterrados.
2. En sus palabras, el salmista se refiere a la mano, la lengua, el paladar, la
voz y las lágrimas. La mano es indispensable para el músico que toca la cítara,
pero está paralizada (cf. v. 5) por el dolor, entre otras causas porque las
cítaras están colgadas de los sauces.
La lengua es necesaria para el cantor, pero está pegada al paladar (cf. v. 6).
En vano los verdugos babilonios "los invitan a cantar, para divertirlos" (cf. v. 3).
Los "cantos de Sión" son "cantos del Señor" (vv. 3-4); no son canciones
folclóricas, para espectáculo. Sólo pueden elevarse al cielo en la liturgia y en
la libertad de un pueblo.
3. Dios, que es el árbitro último de la historia, sabrá comprender y acoger
según su justicia también el grito de las víctimas, por encima de los graves
acentos que a veces asume.
Vamos a utilizar una meditación de san Agustín sobre este salmo. En ella el gran
Padre de la Iglesia introduce una nota sorprendente y de gran actualidad: sabe
que incluso entre los habitantes de Babilonia hay personas comprometidas en
favor de la paz y del bien de la comunidad, aunque no comparten la fe bíblica,
es decir, aunque no conocen la esperanza en la ciudad eterna a la que aspiramos.
Llevan en sí mismos una chispa de deseo de algo desconocido, de algo más grande,
de algo trascendente, de una verdadera redención. Y él dice que incluso entre
los perseguidores, entre los no creyentes, se encuentran personas con esa
chispa, con una especie de fe, de esperanza, en la medida que les es posible en
las circunstancias en que viven. Con esta fe también en una realidad
desconocida, están realmente en camino hacia la verdadera Jerusalén, hacia
Cristo. Y con esta apertura de esperanza también para los babilonios —como los
llama Agustín—, para los que no conocen a Cristo, y ni siquiera a Dios, y a
pesar de ello desean algo desconocido, algo eterno, nos exhorta también a
nosotros a no fijarnos simplemente en las cosas materiales del momento presente,
sino a perseverar en el camino hacia Dios. Sólo con esta esperanza más grande
podemos también transformar este mundo, de modo adecuado. San Agustín lo dice
con estas palabras: "Si somos ciudadanos de Jerusalén, (...) y debemos vivir en
esta tierra, en la confusión del mundo presente, en esta Babilonia, donde no
vivimos como ciudadanos sino como prisioneros, es necesario que no sólo cantemos
lo que dice el Salmo, sino que también lo vivamos: esto se hace con una
aspiración profunda del corazón, plena y religiosamente deseoso de la ciudad
eterna".
Y añade, refiriéndose a la "ciudad terrestre llamada Babilonia": "Tiene
personas que, impulsadas por el amor a ella, se esfuerzan por garantizar la paz
—la paz temporal—, sin alimentar en su corazón otra esperanza, más aún, poniendo
en esto toda su alegría, sin buscar nada más. Y vemos que se esfuerzan al máximo
por ser útiles a la sociedad terrena. Ahora bien, si se comprometen con
conciencia pura en este esfuerzo, Dios no permitirá que perezcan con Babilonia,
pues los ha predestinado a ser ciudadanos de Jerusalén, pero con tal de que,
viviendo en Babilonia, no tengan su soberbia, su lujo caduco y su irritante
arrogancia. (...) Ve su esclavitud y les mostrará la otra ciudad, por la que
deben suspirar verdaderamente y hacia la cual deben dirigir todo esfuerzo" (Esposizioni
sui Salmi, 136, 1-2: Nuova Biblioteca Agostiniana, XXVIII, Roma
1977, pp. 397. 399).
Pidamos al Señor que en todos nosotros se despierte este deseo, esta apertura
hacia Dios, y que también los que no conocen a Cristo sean tocados por su amor,
de forma que todos juntos estemos en peregrinación hacia la ciudad definitiva y
la luz de esta ciudad brille también en nuestro tiempo y en nuestro mundo.
Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes y peregrinos de lengua española, en
particular a las Religiosas de María Inmaculada, reunidas en capítulo general, a
los cofrades de la Hermandad de Santa Marta de España, así como a los peregrinos
de México y de otros países latinoamericanos. Al comienzo del Adviento os animo
a prepararos con alegría para que el Señor encuentre en vuestros corazones una
digna morada llena de amor y esperanza. Muchas gracias.
(En lengua croata) Ojalá que, en estos días de Adviento, el Espíritu Santo
dirija los deseos de vuestro corazón hacia las realidades del cielo, de donde
esperamos la venida del Salvador. Os bendigo a vosotros y a vuestras familias.
(Al consejo de los capellanes de las cárceles italianas) Gracias por el valioso ministerio que desempeñáis con caridad evangélica entre
los detenidos; os aseguro mi oración por cada uno de vosotros y por todos los
que se hallan en las cárceles, a los cuales envío un afectuoso saludo.
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados, recordando entre los jóvenes particularmente a los que proceden de
la diócesis de Téramo-Atri. El apóstol san Andrés, cuya fiesta celebramos, sea
para todos un modelo de fiel seguimiento de Cristo y de valiente testimonio
evangélico.
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Editrice Vaticana
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