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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 15 de febrero de 2006
La audiencia general del miércoles 15 de febrero se celebró
en dos momentos sucesivos: el primero en la basílica de San Pedro y
el segundo en la sala Pablo VI. En el templo vaticano se habían congregado
seis mil estudiantes italianos, y una gran peregrinación (mil ochocientos
fieles), organizada por la familia religiosa de "Frères de Saint-Jean".
Saludo con afecto a todos los queridos estudiantes procedentes de varias
partes de Italia. En particular, saludo a los alumnos y profesores de las
Escuelas de Ostia Lido, del instituto del Sagrado Corazón de Caserta
y del instituto Santa Dorotea de Roma.
Queridos amigos, como sabéis, recientemente se publicó mi primera encíclica,
titulada
Deus caritas est, en la que recuerdo que el amor de Dios es la fuente y
el motivo de nuestra verdadera alegría. Invito a cada uno a comprender y acoger
cada vez más este Amor, que cambia la vida y os hace testigos creíbles del
Evangelio. Así llegaréis a ser auténticos amigos de Jesús y fieles apóstoles
suyos.
Sobre todo a las personas más débiles y necesitadas debemos hacerles sentir la
ternura del Corazón de Dios; no olvidéis que cada uno de nosotros, al difundir
la caridad divina, contribuye a construir un mundo más justo y solidario.
Me complace saludar esta mañana a los miembros y amigos de la Congregación
Saint-Jean, con ocasión de su trigésimo aniversario, acompañados por los priores
generales y por el padre Marie-Dominique Philippe. Que vuestra peregrinación sea
un tiempo de renovación, esforzándoos por analizar lo que habéis vivido, a fin
de sacar las enseñanzas y realizar un discernimiento cada vez más profundo de
las vocaciones que se presentan y de las misiones que debéis realizar,
colaborando confiadamente con los pastores de las Iglesias locales. Que el señor
os haga crecer en santidad, con la ayuda de María y del discípulo amado.
* * *
"Magníficat" Cántico de la santísima Virgen María
Queridos hermanos y hermanas:
1. Hemos llegado ya al final del largo itinerario que comenzó, hace exactamente
cinco años, en la primavera del año 2001, mi amado predecesor el inolvidable
Papa Juan Pablo II. Este gran Papa quiso recorrer en sus catequesis toda la
secuencia de los salmos y los cánticos que constituyen el entramado fundamental
de oración de la liturgia de las Laudes y las Vísperas.
Al terminar la peregrinación por esos textos, que ha sido como un viaje al
jardín florido de la alabanza, la invocación, la oración y la contemplación, hoy
reflexionaremos sobre el Cántico con el que se concluye idealmente toda
celebración de las Vísperas: el Magníficat (cf. Lc 1, 46-55).
Es un canto que revela con acierto la espiritualidad de los anawim
bíblicos, es decir, de los fieles que se reconocían "pobres" no sólo por su
alejamiento de cualquier tipo de idolatría de la riqueza y del poder, sino
también por la profunda humildad de su corazón, rechazando la tentación del
orgullo, abierto a la irrupción de la gracia divina salvadora. En efecto, todo
el Magníficat, que acabamos de escuchar cantado por el coro de la Capilla
Sixtina, está marcado por esta "humildad", en griego tapeinosis, que
indica una situación de humildad y pobreza concreta.
2. El primer movimiento del cántico mariano (cf. Lc 1, 46-50) es una
especie de voz solista que se eleva hacia el cielo para llegar hasta el Señor.
Escuchamos precisamente la voz de la Virgen que habla así de su Salvador, que ha
hecho obras grandes en su alma y en su cuerpo. En efecto, conviene notar que el
cántico está compuesto en primera persona: "Mi alma... Mi espíritu... Mi
Salvador... Me felicitarán... Ha hecho obras grandes por mí...". Así pues, el
alma de la oración es la celebración de la gracia divina, que ha irrumpido en el
corazón y en la existencia de María, convirtiéndola en la Madre del Señor.
La estructura íntima de su canto orante es, por consiguiente, la alabanza, la
acción de gracias, la alegría, fruto de la gratitud. Pero este testimonio
personal no es solitario e intimista, puramente individualista, porque la Virgen
Madre es consciente de que tiene una misión que desempeñar en favor de la
humanidad y de que su historia personal se inserta en la historia de la
salvación. Así puede decir: "Su misericordia llega a sus fieles de generación
en generación" (v. 50). Con esta alabanza al Señor, la Virgen se hace portavoz
de todas las criaturas redimidas, que, en su "fiat" y así en la figura de Jesús
nacido de la Virgen, encuentran la misericordia de Dios.
3. En este punto se desarrolla el segundo movimiento poético y espiritual del
Magníficat (cf. vv. 51-55). Tiene una índole más coral, como si a la voz de
María se uniera la de la comunidad de los fieles que celebran las sorprendentes
elecciones de Dios. En el original griego, el evangelio de san Lucas tiene siete
verbos en aoristo, que indican otras tantas acciones que el Señor realiza de
modo permanente en la historia: "Hace proezas...; dispersa a los soberbios...;
derriba del trono a los poderosos...; enaltece a los humildes...; a los
hambrientos los colma de bienes...; a los ricos los despide vacíos...; auxilia a
Israel".
En estas siete acciones divinas es evidente el "estilo" en el que el Señor de la
historia inspira su comportamiento: se pone de parte de los últimos. Su
proyecto a menudo está oculto bajo el terreno opaco de las vicisitudes humanas,
en las que triunfan "los soberbios, los poderosos y los ricos". Con todo, está
previsto que su fuerza secreta se revele al final, para mostrar quiénes son los
verdaderos predilectos de Dios: "Los que le temen", fieles a su palabra, "los
humildes, los que tienen hambre, Israel su siervo", es decir, la comunidad del
pueblo de Dios que, como María, está formada por los que son "pobres", puros y
sencillos de corazón. Se trata del "pequeño rebaño", invitado a no temer, porque
al Padre le ha complacido darle su reino (cf. Lc 12, 32). Así, este
cántico nos invita a unirnos a este pequeño rebaño, a ser realmente miembros del
pueblo de Dios con pureza y sencillez de corazón, con amor a Dios.
4. Acojamos ahora la invitación que nos dirige san Ambrosio en su comentario al
texto del Magníficat. Dice este gran doctor de la Iglesia: "Cada uno
debe tener el alma de María para proclamar la grandeza del Señor, cada uno debe
tener el espíritu de María para alegrarse en Dios. Aunque, según la carne, sólo
hay una madre de Cristo, según la fe todas las almas engendran a Cristo, pues
cada una acoge en sí al Verbo de Dios... El alma de María proclama la grandeza
del Señor, y su espíritu se alegra en Dios, porque, consagrada con el alma y el
espíritu al Padre y al Hijo, adora con devoto afecto a un solo Dios, del que
todo proviene, y a un solo Señor, en virtud del cual existen todas las cosas" (Esposizione
del Vangelo secondo Luca, 2, 26-27: SAEMO, XI, Milán-Roma 1978, p.
169).
En este estupendo comentario de san Ambrosio sobre el Magníficat siempre
me impresionan de modo especial las sorprendentes palabras: "Aunque, según la
carne, sólo hay una madre de Cristo, según la fe todas las almas engendran a
Cristo, pues cada una acoge en sí al Verbo de Dios". Así el santo doctor,
interpretando las palabras de la Virgen misma, nos invita a hacer que el Señor
encuentre una morada en nuestra alma y en nuestra vida. No sólo debemos llevarlo
en nuestro corazón; también debemos llevarlo al mundo, de forma que también
nosotros podamos engendrar a Cristo para nuestros tiempos. Pidamos al Señor que
nos ayude a alabarlo con el espíritu y el alma de María, y a llevar de nuevo a
Cristo a nuestro mundo.
Saludos
Me es grato saludar ahora cordialmente a los visitantes de lengua española,
venidos de España y de Latinoamérica, de modo especial a los seminaristas de la
diócesis de Ávila, acompañados por su obispo, mons. Jesús García Burillo, así
como a los diversos grupos parroquiales españoles; saludo también a los
peregrinos de México. Junto con la Virgen María, demos gracias al Señor por
todos los dones que ha concedido y sigue concediendo a cada uno de nosotros. Muy
agradecido por vuestra visita.
(En italiano)
Queridos hermanos y hermanas, doy ahora una cordial bienvenida a los peregrinos
de lengua italiana. Dirijo ante todo unas afectuosas palabras al maestro mons.
Giuseppe Liberto y a los cantores de la Capilla Sixtina, hoy presente en la
conclusión del ciclo de catequesis de comentario a los salmos y a los cánticos
que componen la liturgia de las Horas. Nos han cantado admirablemente el
Magníficat. Queridos amigos, os deseo manifestar mi gratitud por el servicio
que prestáis en las celebraciones litúrgicas presididas por el Sucesor de Pedro;
os estoy especialmente agradecido por haber animado con el canto las audiencias
generales. Gracias por todo.
Os saludo también a vosotros, queridos obispos participantes en el 30° encuentro
organizado por el Movimiento de los Focolares, y os animo a
profundizar cada vez más la auténtica espiritualidad de comunión que debe
caracterizar el ministerio presbiteral y episcopal.
Asimismo, saludo a los participantes en el capítulo general de los Oblatos de
San José. A vosotros y a vuestra familia religiosa os deseo que continuéis con
generosidad el servicio a Cristo y a la Iglesia, siguiendo fielmente las huellas
de vuestro fundador, san José Marello.
Saludo finalmente a los enfermos y a los recién casados. Ayer
celebramos la fiesta de los santos apóstoles Cirilo y Metodio, los primeros
evangelizadores entre los pueblos eslavos. Que su testimonio os ayude a ser
también vosotros apóstoles del Evangelio, fermento de auténtica renovación en la
vida personal, familiar y social.
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Editrice Vaticana
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