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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 31 de mayo de 2006
Viaje apostólico
a Polonia
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quiero recorrer, juntamente con vosotros, las etapas del viaje apostólico
que realicé en los días pasados a Polonia. Doy las gracias al Episcopado polaco,
en particular a los arzobispos metropolitanos de Varsovia y Cracovia, por el
celo y el esmero con que prepararon esta visita. Expreso una vez más mi
agradecimiento al presidente de la República y a las diversas autoridades del
país, así como a todos los que han contribuido al éxito de este acontecimiento.
Sobre todo quiero dar gracias de corazón a los católicos y a todo el pueblo
polaco, que me han acogido con un abrazo lleno de calor humano y espiritual. Y
muchos de vosotros lo habéis visto por televisión. Fue una verdadera expresión
de catolicidad, de amor a la Iglesia, que se manifiesta mediante el amor al
Sucesor de Pedro.
Después de la llegada al aeropuerto de Varsovia, la catedral de esa importante
ciudad fue el lugar de mi primera cita, reservada a los sacerdotes, en el
día en el que se celebraba el 50° aniversario de la ordenación sacerdotal del
cardenal Józef Glemp, pastor de esa archidiócesis. Así, mi peregrinación comenzó
con el signo del sacerdocio y continuó con un testimonio de solicitud
ecuménica, que se realizó en la iglesia luterana de la Santísima Trinidad.
En esa ocasión, juntamente con los representantes de las diversas Iglesias y
comunidades eclesiales que viven en Polonia, reafirmé el firme propósito de
considerar como una verdadera prioridad de mi ministerio el compromiso en favor
del restablecimiento de la unidad plena y visible entre los cristianos.
Luego presidí una solemne Eucaristía en la plaza Pilsudski, llena de
gente, en el centro de Varsovia. Este lugar, en el que celebramos solemnemente y
con alegría la Eucaristía, ha alcanzado ya un valor simbólico, pues en él se
han realizado acontecimientos históricos como las santas misas celebradas por
Juan Pablo II y el funeral del cardenal primado Stefan Wyszynski, así como
algunas celebraciones multitudinarias de sufragio en los días posteriores a la
muerte de mi venerado predecesor.
En el programa no podía faltar la visita a los santuarios que han marcado la
vida del sacerdote y obispo Karol Wojtyla; sobre todo tres: el de
Czestochowa, el de Kalwaria Zebrzydowska y el de la Misericordia
Divina. No podré olvidar la visita al famoso santuario mariano de Jasna
Góra. En ese Claro Monte, corazón de la nación polaca, como si
fuera una especie de cenáculo, numerosísimos fieles, en especial religiosos,
religiosas, seminaristas y representantes de los Movimientos eclesiales, se
reunieron en torno al Sucesor de Pedro para ponerse, juntamente conmigo, a la
escucha de María. Inspirándome en la estupenda meditación mariana que Juan Pablo
II regaló a la Iglesia en la encíclica
Redemptoris Mater, quise volver a
presentar la fe como actitud fundamental del espíritu, que no es algo meramente
intelectual o sentimental. La verdadera fe implica a toda la persona:
pensamientos, afectos, intenciones, relaciones, corporeidad, actividad, trabajo
diario.
Al visitar después el maravilloso santuario de Kalwaria Zebrzydowska,
situado cerca de Cracovia, pedí a la Virgen de los Dolores que sostenga la fe de
la comunidad eclesial en los momentos de dificultad y de prueba. La etapa
sucesiva, en el santuario de la Misericordia Divina, en Lagiewniki,
me permitió poner de relieve que sólo la Misericordia divina ilumina el misterio
del hombre. En el convento cercano a este santuario, al contemplar las llagas
luminosas de Cristo resucitado, sor Faustina Kowalska recibió un mensaje de
confianza para la humanidad, el mensaje de la Misericordia divina, del que Juan
Pablo II se hizo eco e intérprete, y que en realidad es un mensaje central
precisamente para nuestro tiempo: la Misericordia como fuerza de Dios, como
límite divino contra el mal del mundo.
Visité otros "santuarios" simbólicos: me refiero a Wadowice, localidad
que se ha hecho famosa porque allí nació y fue bautizado Karol Wojtyla. La
visita me brindó la oportunidad de dar gracias al Señor por el don de este
incansable servidor del Evangelio. Las raíces de su fe robusta, de su humanidad
tan sensible y abierta, de su amor a la belleza y la verdad, de su devoción a la
Virgen, de su amor a la Iglesia y sobre todo de su vocación a la santidad se
encuentran en esta pequeña localidad en la que recibió su primera educación y
formación. Otro lugar querido por Juan Pablo II es la catedral de Wawel,
en Cracovia, lugar simbólico para la nación polaca: en la cripta de esa
catedral Karol Wojtyla celebró su primera misa.
Otra bellísima experiencia fue el encuentro con los jóvenes, que tuvo
lugar en Cracovia, en el gran parque de Blonia.
A los jóvenes, que acudieron en gran número, les entregué simbólicamente la
"Antorcha de la misericordia" para que sean en el mundo heraldos del Amor y de
la Misericordia divina. Con ellos medité en el pasaje evangélico de la casa
construida sobre roca (cf. Mt 7, 24-27), que se ha leído también hoy, al
inicio de esta audiencia.
También reflexioné sobre la palabra de Dios el domingo por la mañana, solemnidad
de la Ascensión, durante la celebración conclusiva de mi visita. Fue un encuentro litúrgico animado por una extraordinaria
participación de fieles en el mismo parque en el que, la noche anterior, había
tenido lugar la cita con los jóvenes. Aproveché la ocasión para renovar ante el
pueblo polaco el anuncio estupendo de la verdad cristiana sobre el hombre,
creado y redimido en Cristo; la verdad que tantas veces proclamó Juan Pablo II
con vigor para impulsar a todos a permanecer firmes en la fe, en la esperanza y
en el amor.
¡Permaneced firmes en la fe! Esta fue la consigna que dejé a los hijos de
la querida Polonia, alentándolos a perseverar en la fidelidad a Cristo y a la
Iglesia, para que no falte nunca a Europa y al mundo la aportación de su
testimonio evangélico. Todos los cristianos deben sentirse comprometidos a dar
este testimonio para evitar que la humanidad del tercer milenio padezca de nuevo
horrores semejantes a los que evoca trágicamente el campo de exterminio de
Auschwitz-Birkenau.
Antes de volver a Roma quise visitar precisamente ese lugar, tristemente
conocido en todo el mundo. En el campo de Auschwitz-Birkenau, al igual que en
otros campos semejantes, Hitler hizo exterminar a más de seis millones de
judíos. En Auschwitz-Birkenau murieron también cerca de 150.000 polacos y
decenas de miles de hombres y mujeres de otras nacionalidades. Ante el horror de Auschwitz no hay otra respuesta que la cruz de Cristo: el Amor que desciende
hasta el fondo del abismo del mal, para salvar al hombre en la raíz, donde su
libertad puede rebelarse contra Dios.
La humanidad de hoy no debe olvidar Auschwitz y las demás "fábricas de la
muerte", en las que el régimen nazi trató de eliminar a Dios para ocupar su
lugar. No debe caer en la tentación del odio racial, que está en la raíz de las
peores formas de antisemitismo. Los hombres deben volver a reconocer que Dios es
Padre de todos y que a todos nos llama en Cristo para construir juntos un mundo
de justicia, de verdad y de paz. Esto es lo que queremos pedir al Señor, por
intercesión de María, a quien hoy, al concluir el mes de mayo, contemplamos
visitando con diligencia y amor a su anciana prima Isabel.
Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en particular a los
grupos del Movimiento de Vida Cristiana, del Regnum Christi, de Schönstatt y la
asociación Providencia, así como de la parroquia de San Pelayo, acompañados del
cardenal Eduardo Martínez Somalo, y a los demás grupos y personas de
Latinoamérica y España. Invito a todos a terminar el mes de mayo invocando con
devoción a la santísima Virgen María.
(En polaco) Hablando a los polacos presentes en la plaza de San Pedro, comentó las emociones
experimentadas durante la peregrinación apostólica a Polonia concluida el
domingo anterior. Afirmó que fue un tiempo de recíproco fortalecimiento en la
fe, un tiempo de testimonio y de entusiasmo cristiano, y un tiempo de gracia.
Doy gracias a Dios por ello. Asimismo, expreso mi agradecimiento a
las autoridades, al Episcopado, a la Iglesia en Polonia y a todos los polacos
por la invitación y por la cordial acogida. Saludo a los jóvenes con quienes me
encontré en Cracovia y a los que se reúnen en Lednica ya por décima vez. A todos
los encomiendo a María, Reina de Polonia, y los bendigo de corazón.
(En italiano)
Dirijo, por último, un afectuoso saludo a los jóvenes, a los enfermos
y a los recién casados. Queridos hermanos y hermanas, hoy, fiesta de
la Visitación de la santísima Virgen, la Iglesia recuerda a María que va a
visitar a su prima santa Isabel para ayudarle. Así se convierte para nosotros en
ejemplo y modelo de solicitud por las personas necesitadas. Queridos jóvenes,
aprended de María a crecer en la fiel adhesión a Cristo y en el amor
servicial a los hermanos. Que la Virgen santísima os ayude a vosotros, queridos
enfermos, a ofrecer vuestro sufrimiento al Padre celestial, en unión con
Cristo crucificado. Y vosotros, queridos recién casados, sostenidos por
la maternal intercesión de la Virgen, dejaos guiar siempre por el Evangelio en
vuestra vida conyugal.
* * *
Llamamiento de Su Santidad
Mi pensamiento se dirige ahora a la querida nación de Timor oriental, la cual en
estos días sufre tensiones y violencias que han provocado víctimas y
destrucciones. A la vez que animo a la Iglesia local y a las organizaciones
católicas a continuar, junto con las demás organizaciones internacionales, su
compromiso de asistencia a los desplazados, os invito a orar a la Virgen
santísima para que sostenga con su materna protección los esfuerzos de cuantos
están contribuyendo a la pacificación de los ánimos y a la vuelta a la
normalidad.
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Editrice Vaticana
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