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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Sala Pablo VI
Miércoles 7 de marzo de 2007
Palabras del Papa a los obispos de las
diócesis de Piamonte y peregrinos presentes en la Basílica de San Pedro
Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra acogeros y os doy a cada uno mi cordial bienvenida.
Saludo ante todo a los peregrinos procedentes de las diócesis de la región
eclesiástica de Piamonte, que acompañan a sus obispos en visita "ad limina".
Queridos amigos, también en Piamonte y en el Valle de Aosta, la
fe cristiana afronta muchos desafíos debidos, en el actual contexto cultural, a
las tendencias agnósticas presentes en el ámbito doctrinal, así como a las
pretensiones de plena autonomía ética y moral. Ciertamente, hoy no es fácil
anunciar y dar testimonio del Evangelio. Sin embargo, —y esto lo he podido
constatar en todos mis coloquios y encuentros—, el pueblo sigue teniendo un
sólido sustrato espiritual, que se manifiesta, entre otras cosas, en la atención
a las instancias de la vida cristiana, en la íntima necesidad de Dios, en el
redescubrimiento del valor de la oración, en la estima por el sacerdote celoso y
su ministerio. Además, los fieles laicos y los grupos de compromiso apostólico
manifiestan una profunda exigencia de aspiración a la santidad, la alta medida
de la vida cristiana.
Me dirijo también a vosotros, queridos hermanos en el
episcopado: ante las dificultades que a veces encuentran las comunidades
eclesiales encomendadas a vuestra solicitud pastoral, os exhorto a continuar
ayudándolas con valentía a seguir fielmente al Señor, aprovechando sus
potencialidades espirituales y los carismas de cada uno. Recordadles que ninguna
dificultad puede separarnos del amor de Cristo, como afirmaba san Pablo (cf.
Rm 8, 35-39). Por eso, uniendo las fuerzas, vosotros, los pastores,
juntamente con los sacerdotes, con las personas consagradas y con los fieles
laicos, testimoniad con fervor vuestra —nuestra— adhesión común a Cristo y
edificad la Iglesia en la caridad y en la verdad.
La Madre celestial, a la que el pueblo piamontés invoca desde
siempre con profunda devoción, os asista, os ilumine y os conforte.
Ahora os saludo a vosotros, jóvenes aquí presentes, en
particular a los alumnos de la escuela Don Carlo Castamagna, de Busto Arsizio, y
a los de la escuela Don Juan Bosco, de Canónica d'Adda.
Queridos amigos, el tiempo de Cuaresma, que estamos viviendo,
sea para vosotros ocasión propicia para redescubrir el don del seguimiento de
Cristo y aprender a cumplir siempre, con su ayuda, la voluntad del Padre.
Así vamos por el sendero recto, el sendero que nos abre el
camino futuro.
* * *
Sala Pablo VI
San Clemente
Romano
Queridos hermanos y hermanas:
Durante los meses pasados hemos meditado en las figuras de cada
uno de los Apóstoles y en los primeros testigos de la fe cristiana mencionados
en los escritos del Nuevo Testamento. Ahora, dedicaremos nuestra atención a los
padres apostólicos, es decir, a la primera y a la segunda generación de la
Iglesia después de los Apóstoles. Así podemos ver cómo comienza el camino de la
Iglesia en la historia.
San Clemente, obispo de Roma en los últimos años del siglo I, es
el tercer sucesor de Pedro, después de Lino y Anacleto. El testimonio más
importante sobre su vida es el de san Ireneo, obispo de Lyon hasta el año 202,
el cual atestigua que san Clemente "había visto a los Apóstoles", "se había
relacionado con ellos" y "tenía todavía la predicación apostólica en sus oídos y
su tradición ante sus ojos" (Adversus haereses, III, 3, 3). Testimonios
tardíos, entre los siglos IV y VI, atribuyen a san Clemente el título de mártir.
La autoridad y el prestigio de este Obispo de Roma eran tan grandes, que se le
atribuyeron varios escritos, pero su única obra segura es la Carta a los
Corintios. Eusebio de Cesarea, el gran "archivero" de los orígenes
cristianos, la presenta con estas palabras: "Nos ha llegado una carta de
Clemente reconocida como auténtica, grande y admirable. Fue escrita por él, de
parte de la Iglesia de Roma, a la Iglesia de Corinto... Sabemos que desde hace
mucho tiempo y todavía hoy es leída públicamente durante la asamblea de los
fieles" (Hist. Eccl. 3, 16).
A esta carta se le atribuía un carácter casi canónico. Al inicio de este texto,
escrito en griego, san Clemente se lamenta de que "las repentinas y sucesivas
calamidades y tribulaciones" (1, 1), le habían impedido una intervención en el
tiempo oportuno. Estas "adversidades" se identifican con la persecución de
Domiciano: por eso, la fecha de composición de la carta se debe remontar a un
tiempo inmediatamente posterior a la muerte del emperador y al final de la
persecución, es decir, inmediatamente después del año 96.
La intervención de san Clemente —estamos todavía en el siglo I— era requerida
por los graves problemas por los que atravesaba la Iglesia de Corinto: en
efecto, los presbíteros de la comunidad habían sido destituidos por algunos
jóvenes contestadores. También san Ireneo alude a esa triste situación cuando
escribe: "Bajo el gobierno de Clemente se produjo entre los hermanos de Corinto
una divergencia de opiniones no pequeña; la Iglesia de Roma envió a los
Corintios una carta importantísima para reconciliarlos en la paz, renovar su fe
y anunciarles la tradición que ella había recibido recientemente de los
Apóstoles" (Adversus haereses, III, 3, 3).
Por tanto, podríamos decir que esta carta constituye un primer ejercicio del
Primado romano después de la muerte de san Pedro. La carta de san Clemente
retoma algunos temas muy queridos por san Pablo, que había escrito dos grandes
cartas a los Corintios, en particular, la dialéctica teológica, perennemente
actual, entre el indicativo de la salvación y el imperativo del
compromiso moral. Ante todo está la buena nueva de la gracia que salva. El Señor
nos previene y nos da el perdón, nos da su amor, la gracia de ser cristianos,
hermanos y hermanas suyos. Es una buena nueva que llena de alegría nuestra vida
y que da seguridad a nuestro actuar: el Señor nos previene siempre con su
bondad, y la bondad del Señor es siempre más grande que todos nuestros pecados.
Sin embargo, debemos comprometernos de manera coherente con el don recibido y
responder al anuncio de la salvación con un camino generoso y valiente de
conversión. Con respecto al modelo de san Pablo, la novedad está en que san
Clemente, después de la parte doctrinal y de la parte práctica, que constituían
el núcleo de todas las cartas de san Pablo, presenta una "gran oración", con la
que prácticamente concluye la carta.
La ocasión inmediata de la carta permite al Obispo de Roma explicar con amplitud
la identidad de la Iglesia y su misión. Si en Corinto ha habido abusos, observa
san Clemente, el motivo hay que buscarlo en el debilitamiento de la caridad y de
otras virtudes cristianas indispensables. Por eso, invita a los fieles a la
humildad y al amor fraterno, dos virtudes que constituyen verdaderamente el ser
en la Iglesia. "Seamos una porción santa", exhorta, "practiquemos todo lo que
exige la santidad" (30, 1). En particular, el Obispo de Roma recuerda que el
mismo Señor "estableció dónde y por quiénes quiere que se realicen los servicios
litúrgicos, a fin de que, haciéndose todo santamente y con su beneplácito, sea
acepto a su voluntad... En efecto, al sumo sacerdote le estaban encomendadas
funciones litúrgicas propias; los sacerdotes ordinarios tenían asignado su lugar
propio; y los levitas tenían encomendados sus propios servicios, mientras que el
laico está sometido a los preceptos laicos" (40, 1-5: obsérvese que en esta
carta de finales del siglo I aparece por primera vez en la literatura cristiana
el término laikós, que significa "miembro del laos", es decir, "del pueblo de
Dios").
De este modo, refiriéndose a la liturgia del antiguo Israel, san Clemente
manifiesta su ideal de Iglesia, congregada por "un solo Espíritu de gracia
derramado sobre nosotros", que sopla en los diversos miembros del Cuerpo de
Cristo, en el que todos, unidos sin ninguna separación, son "miembros los unos
de los otros" (46, 6-7). La neta distinción entre los "laicos" y la jerarquía no
significa en absoluto una contraposición, sino sólo la conexión orgánica de un
cuerpo, de un organismo, con sus diferentes funciones. En efecto, la Iglesia no
es un lugar de confusión y anarquía, donde uno puede hacer lo que quiera en cada
momento: en este organismo, con una estructura articulada, cada uno ejerce su
ministerio según la vocación recibida.
Por lo que atañe a los jefes de las comunidades, san Clemente explica claramente
la doctrina de la sucesión apostólica. Las normas que la regulan derivan, en
última instancia, de Dios mismo. El Padre envió a Jesucristo, quien a su vez
mandó a los Apóstoles. Estos, luego, mandaron a los primeros jefes de las
comunidades y establecieron que a ellos les sucedieran otros hombres dignos. Por
tanto, todo procede "ordenadamente por voluntad de Dios" (42). Con estas
palabras, con estas frases, san Clemente subraya que la Iglesia tiene una
estructura sacramental y no una estructura política. La acción de Dios, que sale
a nuestro encuentro en la liturgia, precede a nuestras decisiones y nuestras
ideas. La Iglesia es, sobre todo, don de Dios y no creación nuestra; por eso,
esta estructura sacramental no sólo garantiza el ordenamiento común, sino
también la precedencia del don de Dios, que todos necesitamos.
Por último, la "gran oración" confiere una dimensión cósmica a las
argumentaciones precedentes. San Clemente alaba y da gracias a Dios por su
maravillosa providencia de amor, que creó el mundo y sigue salvándolo y
santificándolo. Particular importancia asume la invocación por los gobernantes.
Después de los textos del Nuevo Testamento, constituye la oración más antigua
por las instituciones políticas. Así, tras la persecución,
los cristianos, aunque sabían que continuarían las persecuciones, no dejaban de
rezar por las mismas autoridades que los habían condenado injustamente. El
motivo es, ante todo, de carácter cristológico: se debe orar por los
perseguidores, como hizo Jesús en la cruz.
Pero esta oración encierra también una enseñanza que orienta, a través de los
siglos, la actitud de los cristianos ante la política y el Estado. Al orar por
las autoridades, san Clemente reconoce la legitimidad de las instituciones
políticas en el orden establecido por Dios; al mismo tiempo, manifiesta la
preocupación de que las autoridades sean dóciles a Dios y "ejerzan con paz,
mansedumbre y piedad, el poder que Dios les ha dado" (61, 2). El César no lo es
todo. Existe otra soberanía, cuyo origen y esencia no son de este mundo, sino
"de arriba": la de la Verdad, que con respecto al Estado tiene derecho a ser
escuchada.
Así, la carta de san Clemente afronta numerosos temas de perenne actualidad. Es
aún más significativa en cuanto que representa, desde el siglo I, la solicitud
de la Iglesia de Roma, que preside en la caridad a todas las demás Iglesias. Con
el mismo Espíritu, hagamos nuestras las invocaciones de la "gran oración", en
las que el Obispo de Roma se hace portavoz del mundo entero: "Sí, oh Señor, haz
que resplandezca en nosotros tu rostro por el bien de la paz; protégenos con tu
mano poderosa... Te damos gracias, a través del sumo Sacerdote y protector de
nuestras almas, Jesucristo, por el cual sea gloria y alabanza a ti, ahora y de
generación en generación, por los siglos de los siglos. Amén" (60-61).
Saludos
Me es grato saludar con afecto a los
visitantes de lengua española. En particular, saludo a los formadores y
seminaristas del seminario mayor de León, así como a los distintos grupos
parroquiales y asociaciones venidos de España, México y otros países
latinoamericanos. Animo a todos a colaborar para que vuestras comunidades
eclesiales vivan en la unidad y en la caridad. ¡Gracias por vuestra visita!
(En italiano)
Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua italiana. Saludo en
particular a las religiosas enfermeras, que participan en el encuentro
organizado por la Unión de superioras mayores de Italia. Queridas hermanas,
contemplando el rostro sufriente de Cristo, esforzaos con humilde valentía por
ser testigos de su amor misericordioso cada día, en contacto con el amplio mundo
de la enfermedad y del dolor.
Saludo también a los militares de la "Escuela
del Genio" de Roma, así como a los del 82° Regimiento de Infantería "Turín" de
Barletta. Queridos amigos, os agradezco vuestra presencia y os aseguro mi
oración para que se refuerce en vosotros el firme deseo de dar testimonio de
Jesucristo, único Salvador del mundo.
Mi pensamiento va, por último, a los
enfermos y a los recién casados. Queridos enfermos,
participando con paciencia y amor en el mismo sufrimiento del Hijo de Dios
encarnado, compartid desde ahora la gloria y la alegría de su resurrección. Y
vosotros, queridos recién casados, hallad en la alianza que Cristo ha
establecido con su Iglesia, al precio de su sangre, el apoyo de vuestro pacto
conyugal y de vuestra misión en la Iglesia y en la sociedad.
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