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BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 11 de abril de 2007

 

La octava de Pascua

Queridos hermanos y hermanas: 

Hoy nos volvemos a reunir, después de las solemnes celebraciones de la Pascua, para el acostumbrado encuentro del miércoles. Ante todo deseo renovaros a cada uno mi más cordial felicitación pascual. Os agradezco vuestra presencia en tan gran número y doy gracias al Señor por el hermoso sol que nos da.

En la Vigilia pascual resonó este anuncio:  "Verdaderamente, ha resucitado el Señor, aleluya". Ahora es él mismo quien nos habla:  "No moriré —proclama—; seguiré vivo". A los pecadores dice:  "Recibid el perdón de los pecados, pues yo soy vuestro perdón". Por último, a todos repite:  "Yo soy la Pascua de la salvación, yo soy el Cordero inmolado por vosotros, yo soy vuestro rescate, yo soy vuestra vida, yo soy vuestra resurrección, yo soy vuestra luz, yo soy vuestra salvación, yo soy vuestro rey. Yo os mostraré al Padre". Así se expresa un escritor del siglo II, Melitón de Sardes, interpretando con realismo las palabras y el pensamiento del Resucitado (Sobre la Pascua, 102-103).

En estos días la liturgia recuerda varios encuentros que Jesús tuvo después de su resurrección: con María Magdalena y las demás mujeres que fueron al sepulcro de madrugada, el día que siguió al sábado; con los Apóstoles, reunidos incrédulos en el Cenáculo; con Tomás y los demás discípulos. Estas diferentes apariciones de Jesús constituyen también para nosotros una invitación a profundizar el mensaje fundamental de la Pascua; nos estimulan a recorrer el itinerario espiritual de quienes se encontraron con Cristo y lo reconocieron en esos primeros días después de los acontecimientos pascuales.

El evangelista Juan narra que Pedro y él mismo, al oír la noticia que les dio María Magdalena, corrieron, casi como en una competición, hacia el sepulcro (cf. Jn 20, 3 ss). Los Padres de la Iglesia vieron en esa carrera hacia el sepulcro vacío una exhortación a la única competición legítima entre los creyentes:  la competición en busca de Cristo.

Y ¿qué decir de María Magdalena? Llorando, permanece junto a la tumba vacía con el único deseo de saber a dónde han llevado a su Maestro. Lo vuelve a encontrar y lo reconoce cuando la llama por su nombre (cf. Jn 20, 11-18). También nosotros, si buscamos al Señor con sencillez y sinceridad de corazón, lo encontraremos, más aún, será él quien saldrá a nuestro encuentro; se dejará reconocer, nos llamará por nuestro nombre, es decir, nos hará entrar en la intimidad de su amor.

Hoy, miércoles de la octava de Pascua, la liturgia nos invita a meditar en otro encuentro singular del Resucitado, el que tuvo con los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Mientras volvían a casa, desconsolados por la muerte de su Maestro, el Señor se hizo su compañero de viaje sin que lo reconocieran. Sus palabras, al comentar las Escrituras que se referían a él, hicieron arder el corazón de los dos discípulos, los cuales, al llegar a su destino, le pidieron que se quedara con ellos. Cuando, al final, él "tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio" (Lc 24, 30), sus ojos se abrieron. Pero en ese mismo instante Jesús desapareció de su vista. Por tanto, lo reconocieron cuando desapareció.

Comentando este episodio evangélico, san Agustín afirma:  "Jesús parte el pan y ellos lo reconocen. Entonces nosotros no podemos decir que no conocemos a Cristo. Si creemos, lo conocemos. Más aún, si creemos, lo tenemos. Ellos tenían a Cristo a su mesa; nosotros lo tenemos en nuestra alma". Y concluye:  "Tener a Cristo en nuestro corazón es mucho más que tenerlo en la casa, pues nuestro corazón es más íntimo para nosotros que nuestra casa" (Discurso 232, VII, 7). Esforcémonos realmente por llevar a Jesús en el corazón.

En el prólogo de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas afirma que el Señor resucitado, "después de su pasión, se les presentó (a los Apóstoles), dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días" (Hch 1, 3). Hay que entender bien:  cuando el autor sagrado dice que les dio pruebas de que vivía no quiere decir que Jesús volvió a la vida de antes, como Lázaro. La Pascua que celebramos —observa san Bernardo— significa "paso" y no "regreso", porque Jesús no volvió a la situación anterior, sino que "cruzó una frontera hacia una condición más gloriosa", nueva y definitiva. Por eso —añade— "ahora Cristo ha pasado verdaderamente a una vida nueva" (cf. Discurso sobre la Pascua).

A María Magdalena el Señor le dijo:  "Suéltame, pues todavía no he subido al Padre" (Jn 20, 17). Es sorprendente esta frase, sobre todo si se compara con lo que sucedió al incrédulo Tomás. Allí, en el Cenáculo, fue el Resucitado quien presentó las manos y el costado al Apóstol para que los tocara y así obtuviera la certeza de que era precisamente él (cf. Jn 20, 27). En realidad, los dos episodios no se contradicen; al contrario, uno ayuda a comprender el otro.

María Magdalena quería volver a tener a su Maestro como antes, considerando la cruz como un dramático recuerdo que era preciso olvidar. Sin embargo, ya no era posible una relación meramente humana con el Resucitado. Para encontrarse con él no había que volver atrás, sino entablar una relación totalmente nueva con él:  era necesario ir hacia adelante.

Lo subraya san Bernardo:  Jesús "nos invita a todos a esta nueva vida, a este paso... No veremos a Cristo volviendo la vista atrás" (Discurso sobre la Pascua). Es lo que aconteció a Tomás. Jesús le muestra sus heridas no para olvidar la cruz, sino para hacerla inolvidable también en el futuro.
Por tanto, la mirada ya está orientada hacia el futuro. El discípulo tiene la misión de testimoniar la muerte y la resurrección de su Maestro y su vida nueva. Por eso, Jesús invita a su amigo incrédulo a "tocarlo":  lo quiere convertir en testigo directo de su resurrección.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como María Magdalena, Tomás y los demás discípulos, estamos llamados a ser testigos de la muerte y la resurrección de Cristo. No podemos guardar para nosotros la gran noticia. Debemos llevarla al mundo entero:  "Hemos visto al Señor" (Jn 20, 24).

Que la Virgen María nos ayude a gustar plenamente la alegría pascual, para que, sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo, seamos capaces de difundirla a nuestra vez dondequiera que vivamos y actuemos.

Una vez más:  ¡Feliz Pascua a todos vosotros!


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en especial al grupo del seminario de Pamplona, a la Agencia para la reeducación y reinserción, de Madrid, así como a los grupos de las diversas parroquias y colegios de España, y a los demás peregrinos de Argentina y otros países latinoamericanos. Invito a todos a dejar que Cristo resucitado entre en vuestros corazones y nazca así, en cada persona y en el mundo entero, la vida nueva que ha ganado para nosotros. Gracias por vuestra visita y una vez más:  ¡Felices Pascuas!

(A los fieles de las diócesis de Basilicata, que acompañaban a sus obispos con ocasión de la visita "ad limina") 
Queridos hermanos y hermanas, os exhorto a todos a fundamentar sólidamente vuestra vida sobre la roca de la indefectible palabra de Dios, para anunciarla con fidelidad a los hombres de nuestro tiempo. Las fiestas pascuales, que hemos celebrado solemnemente, os sirvan de estímulo a uniros cada vez más al Señor crucificado y resucitado, y os impulsen a participar con generosidad en la misión de vuestras respectivas comunidades cristianas.

Mi pensamiento va, por último, a los enfermos, a los recién casados y a los jóvenes, en especial a los numerosos adolescentes procedentes de la archidiócesis de Milán. Queridos jóvenes amigos, también a vosotros, como a los primeros discípulos, Cristo resucitado os repite:  "Como el Padre me envió, también yo os envío... Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 21-22). Respondedle con alegría y con amor, agradecidos por el inmenso don de la fe, y seréis por doquier testigos auténticos de su alegría y de su paz. Que para vosotros, queridos enfermos, la resurrección de Cristo sea fuente inagotable de fortaleza, consuelo y esperanza. Y vosotros, queridos recién casados, haced operante la presencia del Resucitado en vuestra familia con la oración diaria, que alimente vuestro amor conyugal.

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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