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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 18 de junio de 2008
San Isidoro de Sevilla
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy voy a hablar de san Isidoro de Sevilla. Era hermano menor de
san Leandro, obispo de Sevilla, y gran amigo del Papa san Gregorio Magno. Este
detalle es importante, pues permite tener presente un dato cultural y espiritual
indispensable para comprender la personalidad de san Isidoro. En efecto, san
Isidoro debe mucho a san Leandro, persona muy exigente, estudiosa y austera, que
había creado en torno a su hermano menor un contexto familiar caracterizado por
las exigencias ascéticas propias de un monje y por el ritmo de trabajo que
requiere una seria entrega al estudio.
Además, san Leandro se había encargado de disponer lo necesario para afrontar la
situación político-social del momento: en aquellas décadas los visigodos,
bárbaros y arrianos, habían invadido la península ibérica y se habían adueñado
de los territorios que pertenecían al Imperio romano. Era necesario
conquistarlos para la romanidad y para el catolicismo. La casa de san Leandro y
san Isidoro contaba con una biblioteca muy rica en obras clásicas, paganas y
cristianas. Por eso, san Isidoro, que se sentía atraído tanto a unas como a
otras, fue educado a practicar, bajo la responsabilidad de su hermano mayor, una
disciplina férrea para dedicarse a su estudio, con discreción y discernimiento.
Así pues, en el obispado de Sevilla se vivía en un clima sereno y abierto. Lo
podemos deducir por los intereses culturales y espirituales de san Isidoro, como
se manifiestan en sus obras, que abarcan un conocimiento enciclopédico de la
cultura clásica pagana y un conocimiento profundo de la cultura cristiana. De
este modo se explica el eclecticismo que caracteriza la producción literaria de
san Isidoro, el cual pasa con suma facilidad de Marcial a san Agustín, de
Cicerón a san Gregorio Magno.
El joven Isidoro, que en el año 599 se convirtió en sucesor de su hermano
Leandro en la cátedra episcopal de Sevilla, tuvo que afrontar una lucha interior
muy dura. Tal vez precisamente por esa lucha constante consigo mismo da la
impresión de un exceso de voluntarismo, que se percibe leyendo las obras de este
gran autor, considerado el último de los Padres cristianos de la antigüedad.
Pocos años después de su muerte, que tuvo lugar en el año 636, el concilio de
Toledo, del año 653, lo definió: «Ilustre maestro de nuestra época y gloria de
la Iglesia católica ».
San Isidoro fue, sin duda, un hombre de contraposiciones dialécticas acentuadas.
En su vida personal, experimentó también un conflicto interior permanente, muy
parecido al que ya habían vivido san Gregorio Magno y san Agustín, entre el
deseo de soledad, para dedicarse únicamente a la meditación de la palabra de
Dios, y las exigencias de la caridad hacia los hermanos de cuya salvación se
sentía responsable como obispo. Por ejemplo, a propósito de los responsables de
la Iglesia escribe: «El responsable de una Iglesia (vir ecclesiasticus),
por una parte, debe dejarse crucificar al mundo con la mortificación de la
carne; y, por otra, debe aceptar la decisión del orden eclesiástico, cuando
procede de la voluntad de Dios, de dedicarse al gobierno con humildad, aunque no
quisiera hacerlo» (Sententiarum liber III, 33, 1: PL 83, col. 705
B).
Un párrafo después, añade: «Los hombres de Dios (sancti viri) no desean
dedicarse a las cosas seculares y gimen cuando, por un misterioso designio
divino, se les encargan ciertas responsabilidades. (...) Hacen todo lo posible
para evitarlas, pero aceptan lo que no quisieran y hacen lo que habrían querido
evitar. Entran en lo más secreto del corazón y allí tratan de comprender lo que
les pide la misteriosa voluntad de Dios. Y cuando se dan cuenta de que tienen
que someterse a los designios de Dios, inclinan el cuello del corazón bajo el
yugo de la decisión divina» (Sententiarum liber III, 33, 3: PL
83, col. 705-706).
Para comprender mejor a san Isidoro es necesario recordar, ante todo, la
complejidad de las situaciones políticas de su tiempo, a las que me referí
antes: durante los años de su niñez experimentó la amargura del destierro. A
pesar de ello, estaba lleno de entusiasmo apostólico: sentía un gran deseo de
contribuir a la formación de un pueblo que encontraba por fin su unidad, tanto
en el ámbito político como religioso, con la conversión providencial de
Hermenegildo, el heredero al trono visigodo, del arrianismo a la fe católica.
Sin embargo, no se ha de subestimar la enorme dificultad que supone afrontar de
modo adecuado problemas tan graves como los de las relaciones con los herejes y
con los judíos. Se trata de una serie de problemas que también hoy son muy
concretos, sobre todo si se piensa en lo que sucede en algunas regiones donde
parecen replantearse situaciones muy parecidas a las de la península ibérica del
siglo VI. La riqueza de los conocimientos culturales de que disponía san Isidoro
le permitía confrontar continuamente la novedad cristiana con la herencia
clásica grecorromana. Sin embargo, más que el don precioso de la síntesis,
parecía tener el de la collatio, es decir, la recopilación, que se
manifestaba en una extraordinaria erudición personal, no siempre tan ordenada
como se hubiera podido desear.
En todo caso, es admirable su preocupación por no descuidar nada de lo que la
experiencia humana había producido en la historia de su patria y del mundo
entero. San Isidoro no hubiera querido perder nada de lo que el hombre había
adquirido en las épocas antiguas, ya fueran paganas, judías o cristianas. Por
tanto, no debe sorprender que, al perseguir este objetivo, no lograra transmitir
adecuadamente, como hubiera querido, los conocimientos que poseía, a través de
las aguas purificadoras de la fe cristiana. Sin embargo, de hecho, según las
intenciones de san Isidoro, las propuestas que presenta siempre están en
sintonía con la fe católica, sostenida por él con firmeza. En la discusión de
los diversos problemas teológicos percibe su complejidad y propone a menudo, con
agudeza, soluciones que recogen y expresan la verdad cristiana completa. Esto ha
permitido a los creyentes, a lo largo de los siglos hasta nuestros días,
servirse con gratitud de sus definiciones.
Un ejemplo significativo en este campo es la enseñanza de san Isidoro sobre las
relaciones entre vida activa y vida contemplativa. Escribe: «Quienes tratan de
lograr el descanso de la contemplación deben entrenarse antes en el estadio de
la vida activa; así, liberados de los residuos del pecado, serán capaces de
presentar el corazón puro que permite ver a Dios» (Differentiarum Lib. II,
34, 133: PL 83, col 91 A).
Su realismo de auténtico pastor lo convenció del peligro que corren los fieles
de limitarse a ser hombres de una sola dimensión. Por eso, añade: "El camino
intermedio, compuesto por ambas formas de vida, resulta normalmente el más útil
para resolver esas tensiones, que con frecuencia se agudizan si se elige un solo
tipo de vida; en cambio, se suavizan mejor alternando las dos formas" (o.c.,
134: ib., col 91 B).
San Isidoro busca en el ejemplo de Cristo la confirmación definitiva de una
correcta orientación de vida y dice: «El Salvador, Jesús, nos dio ejemplo de
vida activa cuando, durante el día, se dedicaba a hacer signos y milagros en la
ciudad, pero mostró la vida contemplativa cuando se retiraba a la montaña y
pasaba la noche dedicado a la oración» (o.c. 134: ib.). A la luz
de este ejemplo del divino Maestro, san Isidoro concluye con esta enseñanza
moral: «Por eso, el siervo de Dios, imitando a Cristo, debe dedicarse a la
contemplación sin renunciar a la vida activa. No sería correcto obrar de otra
manera, pues del mismo modo que se debe amar a Dios con la contemplación,
también hay que amar al prójimo con la acción. Por tanto, es imposible vivir sin
la presencia de ambas formas de vida, y tampoco es posible amar si no se hace la
experiencia tanto de una como de otra» (o.c., 135: ib., col 91 C).
Creo que esta es la síntesis de una vida que busca la contemplación de Dios, el
diálogo con Dios en la oración y en la lectura de la Sagrada Escritura, así como
la acción al servicio de la comunidad humana y del prójimo. Esta síntesis es la
lección que el gran obispo de Sevilla nos deja a los cristianos de hoy, llamados
a dar testimonio de Cristo al inicio de un nuevo milenio.
Saludos
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular, a las
Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón y a los fieles procedentes de España,
Portugal, México y de otros países latinoamericanos. Que el ejemplo de San
Isidoro de Sevilla os ayude a dar testimonio de Cristo al comienzo de este
milenio. Muchas gracias.
(En polaco)
Hablando de los Padres y Doctores de la Iglesia, conviene recordar que eran
hombres de oración. Su actividad, su creatividad y las obras que realizaron
brotaban de su espíritu de contemplación. Un ejemplo edificante de ello es san
Isidoro de Sevilla. Así, nuestros compromisos diarios y nuestra atención a las
necesidades de los demás deben inspirarse en nuestra oración.
(A los feligreses de la parroquia San Juan apóstol, de
Zagreb)
En la inminencia del quinto aniversario de la beatificación de Iván Merz, os
exhorto a que también vosotros confirméis cada día vuestra fe con la devoción y
las obras de caridad.
(En italiano)
(A un grupo de sacerdotes de la diócesis de Brescia
recién ordenados)
Queridos sacerdotes, a la vez que pido al Señor que os sostenga en vuestro
ministerio, os invito a difundir en vuestro entorno la alegría que nace de la
correspondencia generosa y fiel a la llamada divina.
(A los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados)
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los
recién casados. Ya nos encontramos en el umbral del período de verano,
tiempo de turismo y de peregrinaciones, de vacaciones y de descanso. Queridos
jóvenes, a la vez que pienso en vuestros coetáneos que aún están afrontando
exámenes, os deseo a los que ya estáis de vacaciones que aprovechéis el verano
para hacer útiles experiencias sociales y religiosas. A vosotros, queridos
enfermos, os deseo que encontréis consuelo y alivio en la cercanía de
vuestros familiares. Y a vosotros, queridos recién casados, os invito a
emplear este período de verano para profundizar cada vez más en el valor de la
misión en la Iglesia y en la sociedad.
* * *
Mi pensamiento se dirige ahora a los participantes en el
Congreso eucarístico internacional, que se está celebrando durante estos días en
la ciudad de Quebec, Canadá, sobre el tema: "La Eucaristía, don de Dios para la
vida del mundo". Me hago espiritualmente presente en ese encuentro eclesial tan
solemne, y deseo que sea para las comunidades cristianas de Canadá y para la
Iglesia universal un tiempo fuerte de oración, reflexión y contemplación del
misterio de la sagrada Eucaristía. Que también sea ocasión propicia para
reafirmar la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo en el santísimo
Sacramento del altar. Además, oremos para que este Congreso eucarístico
internacional reavive en los creyentes, no sólo de Canadá sino de muchas otras
naciones del mundo, la conciencia de los valores evangélicos y espirituales que
han forjado su identidad a lo largo de la historia.
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Editrice Vaticana
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