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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 8 de octubre de 2008
San Pablo conoció a Jesús verdaderamente de corazón
Queridos hermanos y hermanas:
En las últimas catequesis sobre san Pablo hablé de su encuentro
con Cristo resucitado, que cambió profundamente su vida, y después, de su
relación con los doce Apóstoles llamados por Jesús —particularmente con
Santiago, Cefas y Juan— y de su relación con la Iglesia de Jerusalén. Queda
ahora la cuestión de qué sabía san Pablo del Jesús terreno, de su vida, de sus
enseñanzas, de su pasión. Antes de entrar en esta cuestión, puede ser útil tener
presente que el mismo san Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús y, más
en general, dos maneras de conocer a una persona.
En la segunda carta a los Corintios escribe: "Así que en
adelante ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según
la carne, ya no le conocemos así" (2 Co 5, 16). Conocer "según la carne",
de modo carnal, quiere decir conocer sólo exteriormente, con criterios
externos: se puede haber visto a una persona muchas veces, conocer sus rasgos y
los diversos detalles de su comportamiento: cómo habla, cómo se mueve, etc. Y
sin embargo, aun conociendo a alguien de esta forma, no se le conoce realmente,
no se conoce el núcleo de la persona. Sólo con el corazón se conoce
verdaderamente a una persona.
De hecho los fariseos y los saduceos conocieron a Jesús en lo
exterior, escucharon su enseñanza, muchos detalles de él, pero no lo conocieron
en su verdad. Hay una distinción análoga en unas palabras de Jesús. Después de
la Transfiguración, pregunta a los Apóstoles: "¿Quién dice la gente que soy
yo?" y "¿quién decís vosotros que soy yo?". La gente lo conoce, pero
superficialmente; sabe algunas cosas de él, pero no lo ha conocido realmente. En
cambio los Doce, gracias a la amistad, que implica también el corazón, al menos
habían entendido en lo sustancial y comenzaban a saber quién era Jesús. También
hoy existe esta forma distinta de conocer: hay personas doctas que conocen a
Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos
detalles, pero que lo conocen en su verdad: "El corazón habla al corazón". Y
san Pablo quiere decir esencialmente que conoce a Jesús así, con el corazón, y
que de este modo conoce esencialmente a la persona en su verdad; y después, en
un segundo momento, que conoce sus detalles.
Dicho esto, queda aún la cuestión: ¿Qué sabía san Pablo de la
vida concreta, de las palabras, de la pasión, de los milagros de Jesús? Parece
seguro que nunca se encontró con él durante su vida terrena. A través de los
Apóstoles y de la Iglesia naciente, seguramente conoció también detalles de la
vida terrena de Jesús. En sus cartas encontramos tres formas de referencia al
Jesús prepascual. En primer lugar, hay referencias explícitas y directas. San
Pablo habla de la ascendencia davídica de Jesús (cf. Rm 1, 3), conoce la
existencia de sus "hermanos" o consanguíneos (1 Co 9, 5; Ga 1, 19),
conoce el desarrollo de la última Cena (cf. 1 Co 11, 23), conoce otras
palabras de Jesús, por ejemplo sobre la indisolubilidad del matrimonio (cf. 1
Co 7, 10 con Mc 10, 11-12), sobre la necesidad de que quien anuncia
el Evangelio sea mantenido por la comunidad, pues el obrero merece su salario
(cf. 1 Co 9, 14 con Lc 10, 7); san Pablo conoce las palabras
pronunciadas por Jesús en la última Cena (cf. 1 Co 11, 24-25 con Lc
22, 19-20) y conoce también la cruz de Jesús. Estas son referencias directas
a palabras y hechos de la vida de Jesús.
En segundo lugar, podemos entrever en algunas frases de las
cartas paulinas varias alusiones a la tradición atestiguada en los
Evangelios sinópticos. Por ejemplo, las palabras que leemos en la primera
carta a los Tesalonicenses, según la cual "el día del Señor vendrá como un
ladrón en la noche" (1 Ts 5, 2), no se explicarían remitiéndonos a las
profecías veterotestamentarias, porque la comparación con el ladrón nocturno
sólo se encuentra en los evangelios de san Mateo y de san Lucas, por tanto está
tomado de la tradición sinóptica.
Así, cuando leemos que Dios "ha escogido más bien lo necio del
mundo" (1 Co 1, 27-28), se escucha el eco fiel de la enseñanza de Jesús
sobre los sencillos y los pobres (cf. Mt 5, 3; 11, 25; 19, 30). Están
también las palabras pronunciadas por Jesús en el júbilo mesiánico: "Te bendigo
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los
sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños" (Mt 11, 25).
San Pablo sabe —es su experiencia misionera— que estas palabras son verdaderas,
es decir, que son precisamente los sencillos quienes tienen el corazón abierto
al conocimiento de Jesús. También la alusión a la obediencia de Jesús "hasta la
muerte", que se lee en la carta a los Filipenses (cf. Flp 2, 8) hace
referencia a la total disponibilidad del Jesús terreno a cumplir la voluntad de
su Padre (cf. Mc 3, 35; Jn 4, 34).
Por tanto, san Pablo conoce la pasión de Jesús, su cruz, el modo
como vivió los últimos momentos de su vida. La cruz de Jesús y la tradición
sobre este hecho de la cruz está en el centro del kerigma paulino. Otro
pilar de la vida de Jesús conocido por san Pablo es el Sermón de la Montaña,
del que cita algunos elementos casi literalmente, cuando escribe a los
Romanos: "Amaos unos a otros. (...) Bendecid a los que os persiguen. (...)
Vivid en paz con todos. (...) Venced al mal con el bien". Así pues, en sus
cartas hay un reflejo fiel del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7).
Por último, en las cartas de san Pablo es posible hallar un
tercer modo de presencia de las palabras de Jesús: es cuando realiza una forma
de transposición de la tradición prepascual a la situación después de la Pascua.
Un caso típico es el tema del reino de Dios, que está seguramente en el centro
de la predicación del Jesús histórico (cf. Mt 3, 2; Mc 1, 15;
Lc 4, 43). En san Pablo se encuentra una trasposición de este tema, pues
tras la resurrección es evidente que Jesús en persona, el Resucitado, es el
reino de Dios. Por tanto, el reino llega donde está llegando Jesús. Y así,
necesariamente, el tema del reino de Dios, con el que se había anticipado el
misterio de Jesús, se transforma en cristología. Sin embargo, las mismas
disposiciones exigidas por Jesús para entrar en el reino de Dios valen
exactamente para san Pablo a propósito de la justificación por la fe: tanto la
entrada en el Reino como la justificación requieren una actitud de gran humildad
y disponibilidad, libre de presunciones, para acoger la gracia de Dios.
Por ejemplo, la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18, 9-14)
imparte una enseñanza que se encuentra tal cual en san Pablo, cuando insiste en
que nadie debe gloriarse en presencia de Dios. También las frases de Jesús sobre
los publicanos y las prostitutas, más dispuestos que los fariseos a acoger el
Evangelio (cf. Mt 21, 31; Lc 7, 36-50) y sus deseos de compartir
la mesa con ellos (cf. Mt 9, 10-13; Lc 15, 1-2) encuentran pleno
eco en la doctrina de san Pablo sobre el amor misericordioso de Dios a los
pecadores (cf. Rm 5, 8-10; y también Ef 2, 3-5). Así, el tema del
reino de Dios se propone de una forma nueva, pero con plena fidelidad a la
tradición del Jesús histórico.
Otro ejemplo de transformación fiel del núcleo doctrinal de
Jesús se encuentra en los "títulos" referidos a él. Antes de Pascua él mismo se
califica como Hijo del hombre; tras la Pascua se hace evidente que el Hijo del
hombre es también el Hijo de Dios. Por tanto, el título preferido por san Pablo
para calificar a Jesús es Kýrios, "Señor" (cf. Flp 2, 9-11), que indica la divinidad de
Jesús. El Señor Jesús, con este título, aparece en la plena luz de la
resurrección.
En el Monte de los Olivos, en el momento de la extrema angustia de Jesús (cf.
Mc 14, 36), los discípulos, antes de dormirse, habían oído cómo hablaba con
el Padre y lo llamaba "Abbá-Padre". Es una palabra muy familiar, equivalente a
nuestro "papá", que sólo usan los niños en comunión con su padre. Hasta ese
momento era impensable que un judío utilizara dicha palabra para dirigirse a
Dios; pero Jesús, siendo verdadero hijo, en esta hora de intimidad habla así y
dice: "Abbá, Padre". En las cartas de san Pablo a los Romanos y a los Gálatas,
sorprendentemente, esta palabra "Abbá", que expresa la exclusividad de la
filiación de Jesús, aparece en labios de los bautizados (cf. Rm 8, 15;
Ga 4, 6), porque han recibido el "Espíritu del Hijo" y ahora llevan en sí
mismos ese Espíritu y pueden hablar como Jesús y con Jesús como verdaderos hijos
a su Padre; pueden decir "Abbá" porque han llegado a ser hijos en el Hijo.
Por último, quiero aludir a la dimensión salvífica de la muerte de Jesús, como
la encontramos en la frase evangélica: "El Hijo del hombre no ha venido para
ser servido sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mc
10, 45; Mt 20, 28). El reflejo fiel de estas palabras de Jesús
aparece en la doctrina paulina sobre la muerte de Jesús como rescate (cf. 1
Co 6, 20), como redención (cf. Rm 3, 24), como liberación (cf. Ga
5, 1) y como reconciliación (cf. Rm 5, 10; 2 Co 5, 18-20).
Aquí está el centro de la teología paulina, que se basa en estas palabras de
Jesús.
En conclusión, san Pablo no pensaba en Jesús en calidad de historiador, como una
persona del pasado. Ciertamente, conoce la gran tradición sobre la vida, las
palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no trata todo ello como
algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Para san Pablo, las
palabras y las acciones de Jesús no pertenecen al tiempo histórico, al pasado.
Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la
verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él. También
nosotros debemos aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona
del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que está hoy con nosotros y nos
muestra cómo vivir y cómo morir.
Saludos
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Hermanas
Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, y a los grupos de Argentina,
Ecuador, España, México y otros países latinoamericanos. Os invito, con san
Pablo, a tener los sentimientos de una vida en Cristo. Muchas gracias.
(En portugués)
¡Bienvenidos a Roma! Pisáis
tierra santa, bañada con la sangre de los mártires. Quisieron obligarlos a
renunciar a Cristo para salvar su vida, pero ellos respondieron que su vida era
Cristo; y, seguros de ello, prefirieron a Cristo antes que su propia vida. Que
esa misma certeza ilumine la vida de cada uno de vosotros y de vuestros
familiares, a los que bendigo de corazón.
(A los croatas)
Como san Pablo, que conoció al
Señor a través del encuentro personal y la mediación de la Iglesia, dedicándole
totalmente su vida, vivid también vosotros una comunión íntima con Cristo y con
su Iglesia.
(En italiano)
Saludo por último a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados. Que el mes de octubre, dedicado al santo rosario, constituya una
ocasión propicia para valorar esta tradicional plegaria mariana. Os exhorto a
todos a rezar el rosario cada día, abandonándoos con confianza en las manos de
María.
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Editrice Vaticana
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