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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 12 de noviembre de 2008
La parusía
en la predicación de san Pablo
Queridos hermanos y hermanas:
El tema de la Resurrección, sobre el que hablamos la semana pasada, abre una
nueva perspectiva, la de la espera de la vuelta del Señor y, por ello, nos lleva
a reflexionar sobre la relación entre el tiempo presente, tiempo de la Iglesia y
del reino de Cristo, y el futuro (éschaton) que nos espera, cuando Cristo
entregará el Reino al Padre (cf.1 Co 15, 24). Todo discurso cristiano
sobre las realidades últimas, llamado escatología, parte siempre del
acontecimiento de la Resurrección: en este acontecimiento las realidades
últimas ya han comenzado y, en cierto sentido, ya están presentes.
Probablemente en el año 52 san Pablo escribió la primera de sus cartas, la
primera carta a los Tesalonicenses, donde habla de esta vuelta de Jesús,
llamada parusía, adviento, nueva, definitiva y manifiesta presencia (cf.
1 Ts 4, 13-18). A los Tesalonicenses, que tienen sus dudas y problemas,
el Apóstol escribe así: "Si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma
manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús" (1 Ts 4, 14). Y
continúa: "Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después
nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto
con ellos, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre con el
Señor" (1 Ts 4, 16-17). San Pablo describe la parusía de Cristo
con acentos muy vivos y con imágenes simbólicas, pero que transmiten un mensaje
sencillo y profundo: al final estaremos siempre con el Señor. Este es, más allá
de las imágenes, el mensaje esencial: nuestro futuro es "estar con el Señor";
en cuanto creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la
vida eterna, ya ha comenzado.
En la segunda carta a los Tesalonicenses, san Pablo cambia la
perspectiva; habla de acontecimientos negativos, que deberán suceder antes del
final y conclusivo. No hay que dejarse engañar —dice— como si el día del Señor
fuera verdaderamente inminente, según un cálculo cronológico: "Por lo que
respecta a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os
rogamos, hermanos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestros ánimos,
ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por
alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el
día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera" (2 Ts 2, 1-3). La
continuación de este texto anuncia que antes de la venida del Señor tiene que
llegar la apostasía y se revelará un no bien identificado "hombre impío", el
"hijo de la perdición" (2 Ts 2, 3), que la tradición llamará después el
Anticristo.
Pero la intención de esta carta de san Pablo es ante todo práctica; escribe:
"Cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: si alguno no quiere
trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado de que hay entre vosotros
algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo.
A esos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con
sosiego para comer su propio pan" (2 Ts 3, 10-12). En otras palabras, la
espera de la parusía de Jesús no dispensa del trabajo en este mundo; al
contrario, crea responsabilidad ante el Juez divino sobre nuestro obrar en este
mundo. Precisamente así crece nuestra responsabilidad de trabajar en y
para este mundo. Veremos lo mismo el domingo próximo en el pasaje evangélico
de los talentos, donde el Señor nos dice que ha confiado talentos a todos y el
Juez nos pedirá cuentas de ellos diciendo: ¿Habéis dado fruto? Por tanto la
espera de su venida implica responsabilidad con respecto a este mundo.
En la carta a los Filipenses, en otro contexto y con aspectos nuevos,
aparece esa misma verdad y el mismo nexo entre parusía —vuelta del
Juez-Salvador— y nuestro compromiso en la vida. San Pablo está en la cárcel
esperando la sentencia, que puede ser de condena a muerte. En esta situación
piensa en su futuro "estar con el Señor", pero piensa también en la comunidad de Filipos, que necesita a su padre, san Pablo, y escribe: "Para mí la vida es
Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para
mí trabajo fecundo, no sé qué escoger. Me siento apremiado por las dos partes:
por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con
mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para
vosotros. Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos
vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa
un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús, cuando yo vuelva a estar entre
vosotros" (Flp 1, 21-26).
San Pablo no tiene miedo a la muerte; al contrario: de hecho, la muerte indica
el completo estar con Cristo. Pero san Pablo participa también de los
sentimientos de Cristo, el cual no vivió para sí mismo, sino para nosotros.
Vivir para los demás se convierte en el programa de su vida y por ello muestra
su perfecta disponibilidad a la voluntad de Dios, a lo que Dios decida. Sobre
todo, está disponible, también en el futuro, a vivir en esta tierra para los
demás, a vivir para Cristo, a vivir para su presencia viva y así para la
renovación del mundo. Vemos que este estar con Cristo crea a san Pablo una gran
libertad interior: libertad ante la amenaza de la muerte, pero también libertad
ante todas las tareas y los sufrimientos de la vida. Está sencillamente
disponible para Dios y es realmente libre.
Y ahora, después de haber examinado los diversos aspectos de la espera de la
parusía de Cristo, pasamos a preguntarnos: ¿Cuáles son las actitudes
fundamentales del cristiano ante las realidades últimas: la muerte, el fin del
mundo? La primera actitud es la certeza de que Jesús ha resucitado, está con el
Padre y, por eso, está con nosotros para siempre. Y nadie es más fuerte que
Cristo, porque está con el Padre, está con nosotros. Por eso estamos seguros y
no tenemos miedo. Este era un efecto esencial de la predicación cristiana. El
miedo a los espíritus, a los dioses, era muy común en todo el mundo antiguo.
También hoy los misioneros, junto con tantos elementos buenos de las religiones
naturales, se encuentran con el miedo a los espíritus, a los poderes nefastos
que nos amenazan. Cristo vive, ha vencido a la muerte y ha vencido a todos estos
poderes. Con esta certeza, con esta libertad, con esta alegría vivimos. Este es
el primer aspecto de nuestro vivir con respecto al futuro.
En segundo lugar, la certeza de que Cristo está conmigo, de que en Cristo el
mundo futuro ya ha comenzado, también da certeza de la esperanza. El futuro no
es una oscuridad en la que nadie se orienta. No es así. Sin Cristo, también hoy
el futuro es oscuro para el mundo, hay mucho miedo al futuro. El cristiano sabe
que la luz de Cristo es más fuerte y por eso vive en una esperanza que no es
vaga, en una esperanza que da certeza y valor para afrontar el futuro.
Por último, la tercera actitud. El Juez que vuelve —es Juez y Salvador a la vez—
nos ha confiado la tarea de vivir en este mundo según su modo de vivir. Nos ha
entregado sus talentos. Por eso nuestra tercera actitud es: responsabilidad con
respecto al mundo, a los hermanos, ante Cristo y, al mismo tiempo, también
certeza de su misericordia. Ambas cosas son importantes. No vivimos como si el
bien y el mal fueran iguales, porque Dios sólo puede ser misericordioso. Esto
sería un engaño. En realidad, vivimos en una gran responsabilidad. Tenemos los
talentos, tenemos que trabajar para que este mundo se abra a Cristo, para que se
renueve. Pero incluso trabajando y sabiendo en nuestra responsabilidad que Dios
es verdadero juez, también estamos seguros de que este juez es bueno, conocemos
su rostro, el rostro de Cristo resucitado, de Cristo crucificado por nosotros.
Por eso podemos estar seguros de su bondad y seguir adelante con gran valor.
Un dato ulterior de la enseñanza paulina sobre la escatología es el de la
universalidad de la llamada a la fe, que reúne a los judíos y a los
gentiles, es decir, a los paganos, como signo y anticipación de la
realidad futura, por lo que podemos decir que ya estamos sentados en el cielo
con Jesucristo, pero para mostrar en los siglos futuros la riqueza de la gracia
(cf. Ef 2, 6 s): el después se convierte en un antes para
hacer evidente el estado de realización incipiente en que vivimos. Esto hace
tolerables los sufrimientos del momento presente, que no son comparables a la
gloria futura (cf. Rm 8, 18). Se camina en la fe y no en la visión, y
aunque sería preferible salir del destierro del cuerpo y estar con el Señor, lo
que cuenta en definitiva, habitando en el cuerpo o saliendo de él, es ser
agradables a Dios (cf. 2 Co 5, 7-9).
Finalmente, un último punto que quizás parezca un poco difícil para nosotros. En
la conclusión de su primera carta a los Corintios, san Pablo
repite y pone también en labios de los Corintios una oración surgida en las
primeras comunidades cristianas del área de Palestina: Maranà, thà! que
literalmente significa "Señor nuestro, ¡ven!" (1 Co 16, 22). Era la
oración de la primera comunidad cristiana; y también el último libro del Nuevo
testamento, el Apocalipsis, se concluye con esta oración: "¡Ven, Señor!".
¿Podemos rezar así también nosotros? Me parece que para nosotros hoy, en nuestra
vida, en nuestro mundo, es difícil rezar sinceramente para que acabe este mundo,
para que venga la nueva Jerusalén, para que venga el juicio último y el Juez,
Cristo. Creo que aunque, por muchos motivos, no nos atrevamos a rezar
sinceramente así, sin embargo de una forma justa y correcta podemos decir
también con los primeros cristianos: "¡Ven, Señor Jesús!".
Ciertamente, no queremos que venga ahora el fin del mundo. Pero, por otra parte,
queremos que acabe este mundo injusto. También nosotros queremos que el mundo
cambie profundamente, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo
de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo esto. Pero ¿cómo
podría suceder esto sin la presencia de Cristo? Sin la presencia de Cristo nunca
llegará un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera,
totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con gran
urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo: ¡Ven, Señor! Ven a tu modo,
del modo que tú sabes. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven a los campos de
refugiados, en Darfur y en Kivu del norte, en tantos lugares del mundo. Ven
donde domina la droga. Ven también entre los ricos que te han olvidado, que
viven sólo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu modo y renueva
el mundo de hoy. Ven también a nuestro corazón, ven y renueva nuestra vida. Ven
a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia
tuya. En este sentido oramos con san Pablo: Maranà, thà! "¡Ven, Señor
Jesús"!, y oramos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y
lo renueve.
Saludos
(En español)
Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. En particular, a los
peregrinos y grupos venidos de Chile, España, Guatemala, México, Paraguay y de
otros países latinoamericanos. Que la enseñanza y el ejemplo de san Pablo nos
ayude a todos a orientar nuestra vida hacia el encuentro definitivo con el
Salvador. Con ocasión de su inauguración, saludo también al canal de la Iglesia
católica en Colombia "Cristovisión", deseando que esta iniciativa contribuya a
difundir los valores del Evangelio en ese amado país. Que Dios os bendiga.
(En lengua polaca)
San Pablo, hablando de la parusía,
nos anima a perseverar en la fe y a fortalecer nuestra vida espiritual. La fe
despierta la esperanza y transforma y sostiene la vida de los creyentes. Que
toda nuestra vida, con el espíritu de esta esperanza, sea el camino hacia el
festivo encuentro con Dios.
(A los peregrinos eslovacos)
Queridos jóvenes, el domingo pasado celebramos la
Dedicación de la basílica romana de San Juan de Letrán. Que la visita a esta
catedral del Obispo de Roma afiance vuestro amor al Sucesor de Pedro.
(A los peregrinos de la archidiócesis de Milán que acudieron a presentar al Papa los dos primeros ejemplares del
nuevo Leccionario ambrosiano)
Os agradezco este gesto
tan lleno de significado eclesial y os exhorto a acoger el nuevo Leccionario
como un gran don para toda la comunidad ambrosiana. Que sea para vosotros
instrumento valioso para un renovado compromiso misionero de anunciar el
Evangelio en todos los ámbitos de la sociedad.
Saludo por último a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados. Que el ejemplo de san Martín, cuya fiesta celebramos ayer, sea para
vosotros, queridos jóvenes, un impulso a una fidelidad evangélica cada
vez mayor; a vosotros, queridos enfermos, os estimule a confiar en el
Señor que nunca abandona a sus hijos en el momento de la prueba; y a vosotros,
queridos recién casados, os lleve a respetar y servir con valentía a la
vida humana, que es don de Dios".
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