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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 15 de abril de 2009
Queridos hermanos y hermanas:
La tradicional audiencia general de los miércoles hoy está impregnada de gozo
espiritual, el gozo que ningún sufrimiento ni pena pueden borrar, porque es un
gozo que brota de la certeza de que Cristo, con su muerte y su resurrección, ha
triunfado definitivamente sobre el mal y sobre la muerte. "¡Cristo ha
resucitado, aleluya!", canta la Iglesia en fiesta. Y este clima festivo, estos
sentimientos típicos de la Pascua, no sólo se prolongan durante esta semana, la
octava de Pascua, sino que se extienden también a lo largo de los cincuenta días
que van hasta Pentecostés. Más aún, podemos decir que el misterio de la Pascua
abarca todo el arco de nuestra existencia.
En este tiempo litúrgico son realmente numerosas las referencias bíblicas y los
estímulos a la meditación que se nos ofrecen para profundizar el significado y
el valor de la Pascua. El via crucis, que en el Triduo sacro recorrimos
con Jesús hasta el Calvario reviviendo su dolorosa pasión, en la solemne Vigilia
pascual se transformó en el consolador via lucis. Podemos decir que todo
este camino de sufrimiento, visto desde la resurrección, es camino de luz y de
renacimiento espiritual, de paz interior y de firme esperanza. Después del
llanto, después del desconcierto del Viernes santo, al que siguió el silencio
lleno de espera del Sábado santo, al alba del "primer día después del sábado"
resonó con vigor el anuncio de la Vida que ha derrotado a la muerte: "Dux
vitae mortuus regnat vivus", "El Señor de la vida había muerto, pero ahora,
vivo, triunfa".
La novedad conmovedora de la resurrección es tan importante que la Iglesia no
cesa de proclamarla, prolongando su recuerdo especialmente cada domingo. En
efecto, cada domingo es "día del Señor" y Pascua semanal del pueblo de Dios.
Nuestros hermanos orientales, con el fin de evidenciar este misterio de
salvación que afecta a nuestra vida diaria, en lengua rusa llaman al domingo
"día de la resurrección" (voskrescénje).
Así pues, para nuestra fe y para nuestro testimonio cristiano es fundamental
proclamar la resurrección de Jesús de Nazaret como acontecimiento real,
histórico, atestiguado por muchos y autorizados testigos. Lo afirmamos con
fuerza porque, también en nuestro tiempo, no falta quien trata de negar su
historicidad reduciendo el relato evangélico a un mito, a una "visión" de los
Apóstoles, retomando o presentando antiguas teorías, ya desgastadas, como nuevas
y científicas.
Ciertamente, la resurrección no fue para Jesús un simple retorno a la vida
anterior, pues en ese caso se trataría de algo del pasado: hace dos mil años
uno resucitó, volvió a su vida anterior, como por ejemplo Lázaro. La
Resurrección se sitúa en otra dimensión: es el paso a una dimensión de vida
profundamente nueva, que nos toca también a nosotros, que afecta a toda la
familia humana, a la historia y al universo.
Este acontecimiento, que introdujo una nueva dimensión de vida, una apertura de
nuestro mundo hacia la vida eterna, cambió la existencia de los testigos
oculares, como lo demuestran los relatos evangélicos y los demás escritos del
Nuevo Testamento. Es un anuncio que generaciones enteras de hombres y mujeres a
lo largo de los siglos han acogido con fe y han testimoniado a menudo al precio
de su sangre, sabiendo que precisamente así entraban en esta nueva dimensión de
la vida.
También este año, en Pascua resuena inmutable y siempre nueva, en todos los
rincones de la tierra, esta buena nueva: Jesús, muerto en la cruz, ha
resucitado y vive glorioso, porque ha derrotado el poder de la muerte, ha
introducido al ser humano en una nueva comunión de vida con Dios y en Dios. Esta
es la victoria de la Pascua, nuestra salvación. Así pues, podemos cantar con san
Agustín: "La resurrección de Cristo es nuestra esperanza", porque nos introduce
en un nuevo futuro.
Es verdad: la resurrección de Jesús funda nuestra firme esperanza e ilumina
toda nuestra peregrinación terrena, incluido el enigma humano del dolor y de la
muerte. La fe en Cristo crucificado y resucitado es el corazón de todo el
mensaje evangélico, el núcleo central de nuestro "Credo". En un conocido pasaje
paulino, contenido en la primera carta a los Corintios (1 Co 15,
3-8), podemos encontrar una expresión autorizada de ese "Credo" esencial. En él,
el Apóstol, para responder a algunos miembros de la comunidad de Corinto que
paradójicamente proclamaban la resurrección de Jesús pero negaban la de los
muertos —nuestra esperanza—, transmite fielmente lo que él, Pablo, había
recibido de la primera comunidad apostólica sobre la muerte y la resurrección
del Señor.
Comienza con una afirmación casi perentoria: "Os recuerdo, hermanos, el
Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes,
por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué. Si
no, habríais creído en vano" (vv. 1-2). Inmediatamente añade que ha transmitido
lo que él mismo había recibido. Y a continuación viene el pasaje que hemos
escuchado al inicio de nuestro encuentro. San Pablo presenta ante todo la muerte
de Jesús y, en un texto tan escueto, pone dos añadiduras a la noticia de que
"Cristo murió": la primera: murió "por nuestros pecados"; la segunda: "según
las Escrituras" (v. 3). La expresión "según las Escrituras" pone el
acontecimiento de la muerte del Señor en relación con la historia de la alianza
veterotestamentaria de Dios con su pueblo, y nos hace comprender que la muerte
del Hijo de Dios pertenece al entramado de la historia de la salvación; más aún,
nos hace comprender que esa historia recibe de ella su lógica y su verdadero
significado.
Hasta ese momento la muerte de Cristo había permanecido casi como un enigma,
cuyo éxito era aún incierto. En el misterio pascual se cumplen las palabras de
la Escritura, o sea, esta muerte realizada "según las Escrituras" es un
acontecimiento que contiene en sí un logos, una lógica: la muerte de
Cristo atestigua que la Palabra de Dios se hizo "carne", "historia" humana,
hasta el fondo. Cómo y por qué sucedió eso se comprende gracias a la otra
añadidura que san Pablo hace: Cristo murió "por nuestros pecados". Con estas
palabras el texto paulino parece retomar la profecía de Isaías contenida en el
cuarto canto del Siervo de Dios (cf. Is 53, 12). El Siervo de Dios
—así dice el canto— "indefenso se entregó a la muerte", llevó "el pecado
de muchos", e intercediendo por los "rebeldes" pudo obtener el don de la
reconciliación de los hombres entre sí y de los hombres con Dios: su muerte es,
por tanto, una muerte que pone fin a la muerte; el camino de la cruz lleva a la
Resurrección.
En los versículos que siguen el Apóstol se refiere a la resurrección del Señor.
Dice que Cristo "resucitó al tercer día según las Escrituras". ¡De nuevo "según
las Escrituras"! No pocos exegetas ven en la expresión "resucitó al tercer día
según las Escrituras" una alusión significativa a lo que se lee en el Salmo
16, donde el Salmista proclama: "No me entregarás a la muerte ni dejarás a
tu fiel conocer la corrupción" (v. 10). Este es uno de los textos del Antiguo
Testamento que, en el cristianismo primitivo, se solía citar a menudo para
probar el carácter mesiánico de Jesús. Dado que según la interpretación judía la
corrupción comenzaba después del tercer día, las palabras de la Escritura se
cumplen en Jesús, que resucita al tercer día, es decir, antes de que comience la
corrupción.
San Pablo, transmitiendo fielmente la enseñanza de los Apóstoles, subraya que la
victoria de Cristo sobre la muerte se produce por el poder creador de la Palabra
de Dios. Este poder divino trae esperanza y alegría: este es, en definitiva, el
contenido liberador de la revelación pascual. En la Pascua Dios se revela a sí
mismo y revela el poder del amor trinitario que aniquila las fuerzas
destructoras del mal y de la muerte.
Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por el esplendor del Señor
resucitado. Acojámoslo con fe y adhirámonos generosamente a su Evangelio, como
hicieron los testigos privilegiados de su resurrección; como hizo, algunos años
después, san Pablo, que se encontró con el divino Maestro de un modo
extraordinario en el camino de Damasco. No podemos tener sólo para nosotros el
anuncio de esta Verdad que cambia la vida de todos. Con humilde confianza
oremos: "Oh Jesús, que resucitando de entre los muertos has anticipado nuestra
resurrección, nosotros creemos en ti".
Me complace concluir con una exclamación que solía repetir Silvano del Monte
Athos: "Alégrate, alma mía. Siempre es Pascua, porque Cristo resucitado es
nuestra resurrección". Que la Virgen María nos ayude a cultivar en nosotros, y
en nuestro entorno, este clima de alegría pascual, para ser testigos del Amor
divino en todas las situaciones de nuestra vida.
Una vez más, ¡feliz Pascua a todos!
Saludos
Saludo cordialmente a los fieles de lengua española aquí presentes. En
particular a los peregrinos venidos de España, México, Argentina y otros países
latinoamericanos. Os aliento a todos a que, como hicieron los Apóstoles, acojáis
con fe el misterio de la resurrección de Cristo y, llenos de alegre esperanza,
seáis testigos de esta gozosa verdad que cambia nuestras vidas. Os deseo a todos
unas felices Pascuas.
(En lengua croata)
El Señor resucitado, que venció a la muerte y nos dio
la vida, se apareció a los discípulos, los confirmó en la fe y los convirtió en
sus testigos. No tengáis miedo en creerle y consagrarle vuestra vida,
compartiendo con él vuestra felicidad y vuestras dificultades.
(A los peregrinos eslovacos)
Hermanos y hermanas, que vuestra
visita a Roma en la octava de Pascua sea para cada uno de vosotros ocasión de
auténtica renovación espiritual. El Señor resucitado os acompañe con su paz. De
buen grado os bendigo.
(A los fieles y peregrinos polacos)
El Señor ha resucitado
y nosotros somos sus testigos. Os deseo que la luz de la mañana de la
resurrección ilumine todas las tinieblas y que perdure en vosotros la alegría
pascual de testigos del amor de Dios. Que Dios os bendiga.
(En italiano)
(A un grupo de diáconos de
la Compañía de Jesús y a grupos de seminaristas de
varias diócesis italianas)
A todos y a cada uno os
deseo que la resurrección del Señor sea una invitación profunda a renovar
vuestra vida poniéndola al servicio del Evangelio.
Os saludo a vosotros, queridos jóvenes, entre los que recuerdo
particularmente a los de la archidiócesis de Milán que se preparan para su
profesión de fe, etapa que sigue al sacramento de la Confirmación. El Señor os
acompañe en vuestro camino. Os saludo a vosotros, queridos enfermos, y
por último a vosotros, queridos recién casados. A cada uno de vosotros
deseo de corazón que os dejéis iluminar por la luz de Cristo resucitado para
poder experimentar la alegría de su presencia en vosotros.
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