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SOLEMNE CONCLUSIÓN DE LA XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS,
DEL AÑO DE LA EUCARISTÍA Y CANONIZACIÓN DE LOS BEATOS:
JÓZEF BILCZEWSKI
CAYETANO CATANOSO
SEGISMUNDO GORAZDOWSKI
ALBERTO HURTADO CRUCHAGA;
FÉLIX DE NICOSIA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Plaza de San Pedro Jornada mundial de las misiones
Domingo 23 de octubre de 2005
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y
hermanas:
En este XXX domingo del tiempo ordinario, nuestra celebración eucarística se
enriquece con diversos motivos de acción de gracias y de súplica a Dios. Se
concluyen simultáneamente el Año de la Eucaristía y la Asamblea ordinaria del
Sínodo de los obispos, dedicada precisamente al misterio eucarístico en la vida
y en la misión de la Iglesia, y acaban de ser proclamados santos cinco beatos:
el obispo José Bilczewski, los presbíteros Cayetano Catanoso, Segismundo
Gorazdowski y Alberto Hurtado, y el religioso capuchino Félix de Nicosia.
Además, se celebra hoy la Jornada mundial de las misiones, cita anual que
despierta en la comunidad eclesial el impulso a la misión.
Con alegría dirijo mi
saludo a todos los presentes, en primer lugar a los padres sinodales, y después
a los peregrinos que han venido de varias naciones, juntamente con sus pastores,
para festejar a los nuevos santos. La liturgia de hoy nos invita a contemplar la
Eucaristía como fuente de santidad y alimento espiritual para nuestra misión en
el mundo: este supremo "don y misterio" nos manifiesta y comunica la plenitud
del amor de Dios.
La palabra del Señor, que acaba de proclamarse en el Evangelio, nos ha recordado
que toda la ley divina se resume en el amor. El doble mandamiento del amor a
Dios y al prójimo encierra los dos aspectos de un único dinamismo del corazón y
de la vida. Así, Jesús cumple la revelación antigua, sin añadir un mandamiento
inédito, sino realizando en sí mismo y en su acción salvífica la síntesis viva
de los dos grandes mandamientos de la antigua alianza: "Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón..." y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (cf. Dt
6, 5; Lv 19, 18).
En la Eucaristía contemplamos el Sacramento de esta síntesis viva de la ley:
Cristo nos entrega en sí mismo la plena realización del amor a Dios y del
amor a los hermanos. Nos comunica este amor suyo cuando nos alimentamos de su
Cuerpo y de su Sangre. Entonces puede realizarse en nosotros lo que san Pablo
escribe a los Tesalonicenses en la segunda lectura de hoy: "Abandonando los
ídolos, os habéis convertido, para servir al Dios vivo y verdadero" (1 Ts
1, 9). Esta conversión es el principio del camino de santidad que el cristiano
está llamado a realizar en su existencia. El santo es aquel que está tan
fascinado por la belleza de Dios y por su verdad perfecta, que es
progresivamente transformado. Por esta belleza y esta verdad está dispuesto a
renunciar a todo, incluso a sí mismo. Le basta el amor de Dios, que experimenta
en el servicio humilde y desinteresado al prójimo, especialmente a quienes no
están en condiciones de corresponder. Desde esta perspectiva, ¡cuán providencial
es que hoy la Iglesia indique a todos sus miembros a cinco nuevos santos que,
alimentados de Cristo, Pan vivo, se convirtieron al amor y en él centraron
toda su existencia! En diversas situaciones y con diversos carismas, amaron
al Señor con todo su corazón y al prójimo como a sí mismos, y "así llegaron a
ser un modelo para todos los creyentes" (1 Ts 1, 6-7).
San José Bilczewski fue un hombre de oración. La santa misa, la liturgia de las
Horas, la meditación, el rosario y las otras prácticas de piedad articulaban sus
jornadas. Dedicaba un tiempo particularmente largo a la adoración eucarística.
San Segismundo Gorazdowski destacó también por su devoción fundada en la
celebración y en la adoración de la Eucaristía. Vivir la ofrenda de Cristo lo
impulsó hacia los enfermos, los pobres y los necesitados.
El profundo conocimiento de la teología, la fe y la devoción eucarística de José
Bilczewski lo han convertido en un ejemplo para los sacerdotes y en un testigo
para todos los fieles.
Segismundo Gorazdowski, al fundar la Asociación de sacerdotes, la congregación
de las Religiosas de San José y tantas otras instituciones caritativas, se dejó
guiar siempre por el espíritu de comunión, que se revela plenamente en la
Eucaristía.
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo"
(Mt 22, 37. 39). Este sería el programa de vida de san Alberto Hurtado,
que quiso identificarse con el Señor y amar con su mismo amor a los pobres. La
formación recibida en la Compañía de Jesús, consolidada por la oración y la
adoración de la Eucaristía, le llevó a dejarse conquistar por Cristo, siendo un
verdadero contemplativo en la acción. En el amor y entrega total a la voluntad
de Dios encontraba la fuerza para el apostolado. Fundó El Hogar de Cristo
para los más necesitados y los sin techo, ofreciéndoles un ambiente familiar
lleno de calor humano. En su ministerio sacerdotal destacaba por su sencillez y
disponibilidad hacia los demás, siendo una imagen viva del Maestro, "manso y
humilde de corazón". Al final de sus días, entre los fuertes dolores de la
enfermedad, aún tenía fuerzas para repetir: "Contento, Señor, contento",
expresando así la alegría con la que siempre vivió.
San Cayetano Catanoso fue devoto y apóstol de la Santa Faz de Cristo. "La Santa
Faz —afirmaba— es mi vida; es mi fuerza". Con una feliz intuición, conjugó esta
devoción con la piedad eucarística. Lo explicó así: "Si queremos adorar el
rostro real de Jesús..., lo encontramos en la divina Eucaristía, donde, con el
Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, bajo el blanco velo de la Hostia se esconde el
rostro de nuestro Señor". La misa diaria y la adoración frecuente del Sacramento
del altar fueron el alma de su sacerdocio: con ardiente e incansable caridad
pastoral se dedicó a la predicación, a la catequesis, al ministerio de la
Confesión, a los pobres, a los enfermos, al cultivo de las vocaciones
sacerdotales. A las religiosas Verónicas de la Santa Faz, que fundó, les
transmitió el espíritu de caridad, de humildad y de sacrificio que animó toda su
existencia.
San Félix de Nicosia solía repetir en todas las circunstancias, alegres o
tristes: "Sea por amor de Dios". Así podemos comprender bien cuán intensa y
concreta era en él la experiencia del amor de Dios revelado a los hombres en
Cristo. Este humilde fraile capuchino, hijo ilustre de la tierra de Sicilia,
austero y penitente, fiel a las expresiones más auténticas de la tradición
franciscana, fue plasmado y transformado gradualmente por el amor de Dios,
vivido y actualizado en el amor al prójimo. Fray Félix nos ayuda a descubrir el
valor de las pequeñas cosas que enriquecen la vida, y nos enseña a captar el
sentido de la familia y del servicio a los hermanos, mostrándonos que la alegría
verdadera y duradera, que anhela el corazón de todo ser humano, es fruto del
amor.
Queridos y venerados padres sinodales, durante tres semanas hemos vivido juntos
un clima de renovado fervor eucarístico. Ahora, juntamente con vosotros y en
nombre de todo el Episcopado, quisiera enviar un saludo fraterno a los obispos
de la Iglesia en China. Con profunda pena hemos sentido la falta de sus
representantes. Sin embargo, quiero asegurar a todos los prelados chinos que,
con la oración, estamos cerca de ellos y de sus sacerdotes y fieles. El doloroso
camino de las comunidades confiadas a su cuidado pastoral está presente en
nuestro corazón: no quedará sin fruto, porque es una participación en el
Misterio pascual, para gloria del Padre.
Los trabajos sinodales nos han permitido profundizar en los aspectos más
importantes de este misterio dado a la Iglesia desde el inicio. La contemplación
de la Eucaristía debe impulsar a todos los miembros de la Iglesia, en primer
lugar a los sacerdotes, ministros de la Eucaristía, a renovar su compromiso de
fidelidad. En el misterio eucarístico, celebrado y adorado, se funda el
celibato, que los presbíteros han recibido como don valioso y signo del amor
indiviso a Dios y al prójimo.
También para los laicos la espiritualidad
eucarística debe ser el motor interior de toda actividad, y no se puede admitir
ninguna dicotomía entre la fe y la vida en su misión de animación cristiana del
mundo. Mientras se concluye el Año de la Eucaristía, ¡cómo no dar gracias a Dios
por los numerosos dones concedidos a la Iglesia en este tiempo! Y ¡cómo no
recoger la invitación del amado Papa Juan Pablo II a "recomenzar desde Cristo"!
Como los discípulos de Emaús, que, con el corazón ardiendo por la palabra del
Resucitado e iluminados por su presencia viva, reconocida en la fracción del
pan, volvieron de inmediato a Jerusalén y se convirtieron en anunciadores de la
resurrección de Cristo, también nosotros reanudemos nuestro camino animados por
el vivo deseo de testimoniar el misterio de este amor que da esperanza al mundo.
En esta perspectiva eucarística se sitúa bien la Jornada mundial de las
misiones, que celebramos hoy y a la que el venerado siervo de Dios Juan Pablo II
había dado como tema de reflexión: "Misión: Pan partido para la vida del
mundo". La comunidad eclesial, cuando celebra la Eucaristía, especialmente en el
día del Señor, toma cada vez mayor conciencia de que el sacrificio de Cristo es
"por todos" (Mt 26, 28), y la Eucaristía impulsa al cristiano a ser "pan
partido" para los demás, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. También
hoy, ante las multitudes, Cristo sigue exhortando a sus discípulos: "Dadles
vosotros de comer" (Mt 14, 16), y, en su nombre, los misioneros anuncian
y testimonian el Evangelio, a veces incluso con el sacrificio de su vida.
Queridos amigos, todos debemos recomenzar desde la Eucaristía. Que María, Mujer
eucarística, nos ayude a estar enamorados de ella y a "permanecer" en el amor de
Cristo, para que él nos renueve íntimamente. Así, dócil a la acción del Espíritu
y atenta a las necesidades de los hombres, la Iglesia será cada vez más faro de
luz, de verdadera alegría y de esperanza, realizando plenamente su misión de
"signo e instrumento de unidad de todo el género humano" (Lumen gentium,
1).
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