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HOMILÍA DEL PAPA
BENEDICTO XVI DURANTE LA MISA CELEBRADA EN LA PARROQUIA ROMANA DE
NUESTRA SEÑORA DE LA CONSOLACIÓN
Domingo 18 de diciembre de
2005
Queridos hermanos y hermanas:
Para mí realmente es una gran alegría estar aquí con vosotros esta mañana y
celebrar con vosotros y para vosotros la santa misa. En efecto, esta visita a
Nuestra Señora de la Consolación, primera parroquia romana a la que acudo desde
que el Señor quiso llamarme a ser Obispo de Roma, es para mí, en un sentido muy
real y concreto, una vuelta a casa. Recuerdo muy bien aquel 15 de octubre de
1977, cuando tomé posesión de esta iglesia titular. Era párroco don Ennio
Appignanesi; eran vicepárrocos don Enrico Pomili y don Franco Camaldo. El
ceremoniero que me asignaron fue monseñor Piero Marini. Y aquí estamos de nuevo
todos juntos. Para mí es realmente una gran alegría.
Desde entonces, nuestra relación recíproca se ha hecho cada vez más fuerte y
profunda. Una relación en el Señor Jesucristo, cuyo sacrificio eucarístico he
celebrado y cuyos sacramentos he administrado tantas veces en esta iglesia. Una
relación de afecto y amistad, que realmente ha calentado mi corazón y lo sigue
calentando también hoy. Una relación que me ha unido a todos vosotros, en
particular a vuestro párroco y a los demás sacerdotes de la parroquia. Es una
relación que no se debilitó cuando fui nombrado cardenal titular de la diócesis
suburbicaria de Velletri y Segni. Esta relación ha cobrado una dimensión nueva y
más profunda por el hecho de ser ya Obispo de Roma y vuestro obispo.
Asimismo, me alegra particularmente que esta visita mía
—como ya ha dicho don Enrico— tenga lugar en el año en que celebráis el 60° aniversario de la erección
de vuestra parroquia, el 50° de ordenación sacerdotal de nuestro querido párroco mons. Enrico Pomili, y además el 25° de episcopado de monseñor Ennio Appignanesi.
Así pues, un año en el que tenemos motivos especiales para dar gracias al Señor.
Saludo ahora con afecto precisamente a monseñor Enrico, y le agradezco las
palabras tan amables que me ha dirigido. Saludo al cardenal vicario Camillo
Ruini; al cardenal Ricardo María Carles Gordó, titular de esta iglesia y, por
consiguiente, sucesor mío en este título; al cardenal Giovanni Canestri, que fue
vuestro amadísimo párroco; y al vicegerente, obispo del sector este de Roma,
mons. Luigi Moretti. Ya hemos saludado a monseñor Ennio Appignanesi, que fue
vuestro párroco, y a mons. Massimo Giustetti, que fue vuestro vicario
parroquial.
Dirijo un saludo afectuoso a vuestros actuales vicarios parroquiales y a las
Religiosas de Nuestra Señora de la Consolación, presentes en Casal Bertone desde
el año 1932, valiosas colaboradoras de la parroquia y verdaderas portadoras de
misericordia y consuelo en este barrio, especialmente para los pobres y los
niños. Con los mismos sentimientos os saludo a cada uno, a todas las familias de
la parroquia y a los que de diversas maneras se prodigan en los servicios
parroquiales.
Ahora queremos meditar brevemente el hermosísimo evangelio de este IV domingo de
Adviento, que para mí es una de las páginas más hermosas de la sagrada
Escritura. Y, para no alargarme mucho, quisiera reflexionar sólo sobre tres
palabras de este rico evangelio.
La primera palabra que quisiera meditar con vosotros es el
saludo del ángel a María. En la traducción italiana el ángel dice: "Te
saludo, María". Pero la palabra griega original —"Kaire"— significa de por sí "alégrate", "regocíjate".
Y aquí hay un primer aspecto sorprendente: el saludo entre los judíos era "shalom",
"paz", mientras que el saludo en el mundo griego era "Kaire", "alégrate". Es
sorprendente que el ángel, al entrar en la casa de María, saludara con el saludo
de los griegos: "Kaire", "alégrate", "regocíjate". Y los griegos, cuando
leyeron este evangelio cuarenta años después, pudieron ver aquí un mensaje
importante: pudieron comprender que con el inicio del Nuevo Testamento, al que
se refería esta página de san Lucas, se había producido también la apertura al
mundo de los pueblos, a la universalidad del pueblo de Dios, que ya no sólo
incluía al pueblo judío, sino también al mundo en su totalidad, a todos los
pueblos. En este saludo griego del ángel aparece la nueva universalidad del
reino del verdadero Hijo de David.
Pero conviene destacar, en primer lugar, que las palabras del ángel son la
repetición de una promesa profética del libro del profeta Sofonías. Encontramos
aquí casi literalmente ese saludo. El profeta Sofonías, inspirado por Dios, dice
a Israel: "Alégrate, hija de Sión; el Señor está contigo y viene a morar dentro
de ti" (cf. Sf 3, 14). Sabemos que María conocía bien las sagradas
Escrituras. Su Magníficat es un tapiz tejido con hilos del Antiguo Testamento.
Por eso, podemos tener la seguridad de que la Virgen santísima comprendió en
seguida que estas eran las palabras del profeta Sofonías dirigidas a Israel, a
la "hija de Sión", considerada como morada de Dios.
Y ahora lo sorprendente, lo que hace reflexionar a María, es que esas palabras,
dirigidas a todo Israel, se las dirigen de modo particular a ella, María. Y así
entiende con claridad que precisamente ella es la "hija de Sión", de la que
habló el profeta y que, por consiguiente, el Señor tiene una intención especial
para ella; que ella está llamada a ser la verdadera morada de Dios, una morada
no hecha de piedras, sino de carne viva, de un corazón vivo; que Dios, en
realidad, la quiere tomar como su verdadero templo precisamente a ella, la
Virgen. ¡Qué indicación! Y entonces podemos comprender que María comenzó a
reflexionar con particular intensidad sobre lo que significaba ese saludo.
Pero detengámonos ahora en la primera palabra: "alégrate", "regocíjate". Es
propiamente la primera palabra que resuena en el Nuevo Testamento, porque el
anuncio hecho por el ángel a Zacarías sobre el nacimiento de Juan Bautista es
una palabra que resuena aún en el umbral entre los dos Testamentos. Sólo con
este diálogo, que el ángel Gabriel entabla con María, comienza realmente el
Nuevo Testamento. Por tanto, podemos decir que la primera palabra del Nuevo
Testamento es una invitación a la alegría: "alégrate", "regocíjate". El Nuevo
Testamento es realmente "Evangelio", "buena noticia" que nos trae alegría. Dios
no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático, tal vez peligroso.
Dios está cerca de nosotros, tan cerca que se hace niño, y podemos tratar de
"tú" a este Dios.
El mundo griego, sobre todo, percibió esta novedad; sintió profundamente esta
alegría, porque para ellos no era claro que existiera un Dios bueno, o un Dios
malo, o simplemente un Dios. La religión de entonces les hablaba de muchas
divinidades; por eso, se sentían rodeados por divinidades muy diversas entre sí,
opuestas unas a otras, de modo que debían temer que, si hacían algo en favor de
una divinidad, la otra podía ofenderse o vengarse.
Así, vivían en un mundo de miedo, rodeados de demonios peligrosos, sin saber
nunca cómo salvarse de esas fuerzas opuestas entre sí. Era un mundo de miedo, un
mundo oscuro. Y ahora escuchaban decir: "Alégrate; esos demonios no son nada;
hay un Dios verdadero, y este Dios verdadero es bueno, nos ama, nos conoce, está
con nosotros hasta el punto de que se ha hecho carne". Esta es la gran alegría
que anuncia el cristianismo. Conocer a este Dios es realmente la "buena
noticia", una palabra de redención.
Tal vez a nosotros, los católicos, que lo sabemos desde siempre, ya no nos
sorprende; ya no percibimos con fuerza esta alegría liberadora. Pero si miramos
al mundo de hoy, donde Dios está ausente, debemos constatar que también él está
dominado por los miedos, por las incertidumbres: ¿es un bien ser hombre, o no?,
¿es un bien vivir, o no?, ¿es realmente un bien existir?, ¿o tal vez todo es
negativo? Y, en realidad, viven en un mundo oscuro, necesitan anestesias para
poder vivir.
Así, la palabra: "alégrate, porque Dios está contigo, está con nosotros", es
una palabra que abre realmente un tiempo nuevo. Amadísimos hermanos, con un acto
de fe debemos acoger de nuevo y comprender en lo más íntimo del corazón esta
palabra liberadora: "alégrate".
Esta alegría que hemos recibido no podemos guardarla sólo para nosotros. La
alegría se debe compartir siempre. Una alegría se debe comunicar. María corrió
inmediatamente a comunicar su alegría a su prima Isabel. Y desde que fue elevada
al cielo distribuye alegrías en todo el mundo; se ha convertido en la gran
Consoladora, en nuestra Madre, que comunica alegría, confianza, bondad, y nos
invita a distribuir también nosotros la alegría.
Este es el verdadero compromiso del Adviento: llevar la alegría a los demás. La
alegría es el verdadero regalo de Navidad; no los costosos regalos que requieren
mucho tiempo y dinero. Esta alegría podemos comunicarla de un modo sencillo:
con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón.
Llevemos esta alegría, y la alegría donada volverá a nosotros. En especial,
tratemos de llevar la alegría más profunda, la alegría de haber conocido a Dios
en Cristo. Pidamos para que en nuestra vida se transparente esta presencia de la
alegría liberadora de Dios.
La segunda palabra que quisiera meditar la pronuncia también el ángel: "No
temas, María", le dice. En realidad, había motivo para temer, porque llevar
ahora el peso del mundo sobre sí, ser la madre del Rey universal, ser la madre
del Hijo de Dios, constituía un gran peso, un peso muy superior a las fuerzas de
un ser humano. Pero el ángel le dice: "No temas. Sí, tú llevas a Dios, pero
Dios te lleva a ti. No temas".
Esta palabra, "No temas", seguramente penetró a fondo en el corazón de María.
Nosotros podemos imaginar que en diversas situaciones la Virgen recordaría esta
palabra, la volvería a escuchar. En el momento en que Simeón le dice: "Este
hijo tuyo será un signo de contradicción y una espada te traspasará el corazón",
en ese momento en que podía invadirla el temor, María recuerda la palabra del
ángel, vuelve a escuchar su eco en su interior: "No temas, Dios te lleva".
Luego, cuando durante la vida pública se desencadenan las contradicciones en
torno a Jesús, y muchos dicen: "Está loco", ella vuelve a escuchar: "No temas"
y sigue adelante. Por último, en el encuentro camino del Calvario, y luego al
pie de la cruz, cuando parece que todo ha acabado, ella escucha una vez más la
palabra del ángel: "No temas". Y así, con entereza, está al lado de su Hijo
moribundo y, sostenida por la fe, va hacia la Resurrección, hacia Pentecostés,
hacia la fundación de la nueva familia de la Iglesia.
"No temas". María nos dice esta palabra también a nosotros. Ya he destacado que
nuestro mundo actual es un mundo de miedos: miedo a la miseria y a la pobreza,
miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte.
En nuestro mundo tenemos un sistema de seguros muy desarrollado: está bien que
existan. Pero sabemos que en el momento del sufrimiento profundo, en el momento
de la última soledad, de la muerte, ningún seguro podrá protegernos. El único
seguro válido en esos momentos es el que nos viene del Señor, que nos dice
también a nosotros: "No temas, yo estoy siempre contigo". Podemos caer, pero al
final caemos en las manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos.
La tercera palabra: al final del coloquio, María responde al ángel: "He
aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". María anticipa así la
tercera invocación del Padre nuestro: "Hágase tu voluntad". Dice "sí" a la
voluntad grande de Dios, una voluntad aparentemente demasiado grande para un ser
humano. María dice "sí" a esta voluntad divina; entra dentro de esta voluntad;
con un gran "sí" inserta toda su existencia en la voluntad de Dios, y así abre
la puerta del mundo a Dios. Adán y Eva con su "no" a la voluntad de Dios habían
cerrado esta puerta.
"Hágase la voluntad de Dios": María nos invita a decir también nosotros este
"sí", que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra
voluntad, pero ella nos dice: "¡Sé valiente!, di también tú: "Hágase tu
voluntad"", porque esta voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi
insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de
Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así
con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra
vida, las puertas de este mundo, diciendo "sí" a su voluntad, conscientes de que
esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad.
Pidamos a María, la Consoladora, nuestra Madre, la Madre de la Iglesia, que nos
dé la valentía de pronunciar este "sí", que nos dé también esta alegría de estar
con Dios y nos guíe a su Hijo, a la verdadera Vida. Amén.
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