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VÍSPERAS DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA,
MADRE DE DIOS, CON EL CANTO DEL "TE DEUM"
HOMILÍA DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
Basílica Vaticana Sábado 31 de
diciembre de 2005
Queridos hermanos y hermanas:
Al terminar este año, que para la Iglesia y para el mundo ha sido sumamente rico
en acontecimientos, recordando el mandato del Apóstol: "Vivid (...) apoyados en
la fe, (...) rebosando en acción de gracias" (Col 2, 6-7), nos volvemos a
reunir esta tarde para elevar un himno de acción de gracias a Dios, Señor del
tiempo y de la historia. Mi pensamiento se remonta, con profundo sentimiento
espiritual, a hace un año, cuando, una tarde como esta, el amado Papa Juan Pablo
II, por última vez, se hizo portavoz del pueblo de Dios para dar gracias al
Señor por los numerosos beneficios concedidos a la Iglesia y a la humanidad.
En el mismo sugestivo marco de la basílica vaticana ahora me toca a mí recoger
idealmente de todos los rincones de la tierra el cántico de alabanza y de acción
de gracias que se eleva a Dios, al concluir el año 2005 y en la víspera del
2006. Sí, es un deber nuestro, además de una necesidad del corazón, alabar y dar
gracias a Aquel que, siendo eterno, nos acompaña en el tiempo sin abandonarnos
nunca y que siempre vela por la humanidad con la fidelidad de su amor
misericordioso.
Podríamos decir con razón que la Iglesia vive para alabar y dar gracias a Dios.
Ella misma es "acción de gracias", a lo largo de los siglos, testigo fiel de un
amor que no muere, de un amor que abarca a los hombres de todas las razas y
culturas, difundiendo de modo fecundo principios de auténtica vida.
Como recuerda el concilio ecuménico Vaticano II, "la Iglesia ora y trabaja al
mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en pueblo de Dios,
cuerpo del Señor y templo del Espíritu Santo, y para que en Cristo, cabeza de
todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos" (Lumen
gentium, 17). Sostenida por el Espíritu Santo, "continúa su
peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de
Dios" (san Agustín, De civitate Dei, XVIII, 51, 2), sacando fuerza de
la ayuda del Señor. De este modo, con paciencia y amor, supera "todos los
sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores", y revela "al
mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, con fidelidad hasta que al
final se manifieste a plena luz" (Lumen
gentium, 8). La Iglesia vive de Cristo y con Cristo, el cual le ofrece
su amor esponsal, guiándola a lo largo de los siglos, y ella, con la abundancia
de sus dones, acompaña al hombre en su camino, para que los que acojan a Cristo
tengan la vida y la tengan en abundancia.
Esta tarde me hago portavoz, ante todo, de la Iglesia de Roma, para elevar al
cielo el cántico común de alabanza y acción de gracias. Nuestra Iglesia de Roma,
en estos doce meses transcurridos, ha sido visitada por muchas otras Iglesias y
comunidades eclesiales, para profundizar el diálogo de la verdad en la caridad,
que une a todos los bautizados, y experimentar juntos el deseo más vivo de la
comunión plena.
Pero también muchos creyentes de otras religiones han querido testimoniar su
estima cordial y fraterna a esta Iglesia y a su Obispo, conscientes de que en el
encuentro sereno y respetuoso se oculta el alma de una acción concorde en favor
de la humanidad entera. Y ¿qué decir de las numerosas personas de buena voluntad
que han dirigido su mirada a esta Sede para entablar un diálogo fructuoso sobre
los grandes valores relativos a la verdad del hombre y de la vida, que es
necesario defender y promover? La Iglesia quiere ser siempre acogedora, en la
verdad y en la caridad.
Por lo que concierne al camino de la diócesis de Roma, me complace referirme
brevemente al programa pastoral diocesano, que este año ha centrado su atención
en la familia, escogiendo como tema: "Familia y comunidad cristiana: formación
de la persona y transmisión de la fe". La familia siempre ha ocupado el centro
de la atención de mis venerados predecesores, en particular de Juan Pablo II,
que le dedicó muchas intervenciones. Como reafirmó en numerosas ocasiones,
estaba convencido de que la crisis de la familia constituye un grave daño para
nuestra misma civilización.
Precisamente para subrayar la importancia que tiene en la vida de la Iglesia y
de la sociedad la familia fundada en el matrimonio, también yo he querido dar mi
contribución interviniendo, la tarde del 6 de junio pasado, en la asamblea
diocesana en San Juan de Letrán. Me alegra que el programa de la diócesis se
esté aplicando de forma positiva con una acción apostólica capilar, que se
realiza en las parroquias, en las prefecturas y en las diversas asociaciones
eclesiales. El Señor conceda que el compromiso común lleve a una auténtica
renovación de las familias cristianas.
Aprovecho esta ocasión para saludar a los representantes de la comunidad
religiosa y civil de Roma presentes en esta celebración de fin de año. Saludo en
primer lugar al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes, a
los religiosos y a los fieles que han venido de diversas parroquias. Saludo,
asimismo, al alcalde de la ciudad y a las demás autoridades. Extiendo mi saludo
a toda la comunidad romana, de la que el Señor me ha llamado a ser Pastor, y
renuevo a todos la expresión de mi cercanía espiritual.
Al inicio de esta celebración, iluminados por la palabra de Dios, hemos cantado
todos con fe el "Te Deum". Son muchos los motivos que hacen intensa nuestra
acción de gracias, convirtiéndola en una oración coral. A la vez que
consideramos los múltiples acontecimientos que han marcado el curso de los meses
en este año que está a punto de concluir, quiero recordar de modo especial a los
que atraviesan dificultades: a los más pobres y abandonados, a los que han
perdido la esperanza en un sentido fundado de su existencia, o a los que son
víctimas de intereses egoístas, sin que se les pida su adhesión o su opinión.
Haciendo nuestros sus sufrimientos, los encomendamos a todos a Dios, que hace
que todo contribuya al bien; en sus manos ponemos nuestro deseo de que a toda
persona se le reconozca su dignidad de hijo de Dios. Al Señor de la vida le
pedimos que alivie con su gracia los sufrimientos provocados por el mal, y que
siga fortaleciéndonos en nuestra existencia terrena, dándonos el Pan y el Vino
de la salvación, para sostenernos en nuestro camino hacia la patria del cielo.
Al despedirnos del año que concluye y acercarnos al nuevo, la liturgia de estas
primeras Vísperas nos introduce en la fiesta de Santa María, Madre de Dios,
Theotókos. Ocho días después del nacimiento de Jesús, celebramos a la que
"cuando llegó la plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4) fue elegida por Dios
para ser la Madre del Salvador. Madre es la mujer que da la vida, pero también
ayuda y enseña a vivir. María es Madre, Madre de Jesús, al que dio su sangre, su
cuerpo. Y ella nos presenta al Verbo eterno del Padre, que vino a habitar en
medio de nosotros. Pidamos a María que interceda por nosotros, que nos acompañe
con su protección maternal hoy y siempre, para que Cristo nos acoja un día en su
gloria, en la asamblea de los santos: Aeterna fac cum sanctis tuis in gloria
numerari.
Amén.
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Editrice Vaticana
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