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SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA
MARÍA, MADRE DE DIOS XXXIX JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
HOMILÍA DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
Domingo 1 de enero de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
En la liturgia de hoy nuestra mirada sigue fija en el gran misterio de la
encarnación del Hijo de Dios, mientras, con especial relieve, contemplamos la
maternidad de la Virgen María. En el pasaje paulino que hemos escuchado (cf.
Ga 4, 4), el Apóstol alude de modo muy discreto a la mujer por la que el
Hijo de Dios entró en el mundo: María de Nazaret, la Madre de Dios, la
Theotókos. Al inicio de un nuevo año se nos invita a entrar en su escuela, en la
escuela de la fiel discípula del Señor, para aprender de ella a acoger en la fe
y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en
su amor misericordioso.
La salvación es don de Dios. En la primera lectura se nos presenta como
bendición: "El Señor te bendiga y te proteja (...); el Señor se fije en ti y te
conceda la paz" (Nm 6, 24. 26). Aquí se trata de la bendición que los
sacerdotes solían invocar sobre el pueblo al final de las grandes fiestas
litúrgicas, especialmente en la fiesta del año nuevo. Es un texto de contenido
muy denso, marcado por el nombre del Señor que viene, repetido al inicio de cada
versículo. Este texto no se limita a una simple enunciación de principio, sino
que tiende a realizar lo que afirma. En efecto, como es sabido, en el
pensamiento semítico la bendición del Señor produce, por su propia fuerza,
bienestar y salvación, como la maldición procura desgracia y ruina. La
eficacia de la bendición se concreta, después, más específicamente: el Señor
te proteja (v. 24), te conceda su favor (v. 26) y te dé la paz; es decir,
con otras palabras, el Señor nos da la abundancia de la felicidad.
La liturgia, al presentarnos nuevamente esta antigua bendición en el inicio de
un nuevo año solar, es como si quisiera impulsarnos a invocar también nosotros
la bendición del Señor para el nuevo año que comienza, a fin de que sea para
todos un año de prosperidad y paz. Y este es precisamente el deseo que quisiera
dirigir a los ilustres embajadores del Cuerpo diplomático acreditado ante la
Santa Sede que participan en esta celebración litúrgica.
Saludo al cardenal Angelo Sodano, mi secretario de Estado. Asimismo, saludo al
cardenal Renato Raffaele Martino y a todos los componentes del Consejo
pontificio Justicia y paz. A ellos, en particular, les expreso mi gratitud por
el empeño que ponen en difundir el Mensaje anual para la Jornada mundial de la
paz, dirigido a los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad. También saludo cordialmente a los numerosos pueri cantores, que
con su canto confieren aún mayor solemnidad a esta santa misa, con la que
imploramos de Dios el don de la paz para el mundo entero.
Al elegir para el Mensaje de esta Jornada mundial de la paz el tema "En la
verdad, la paz", quise expresar la convicción de que "donde y cuando el hombre
se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende de modo casi natural
el camino de la paz" (n. 3). Una realización concreta y adecuada de eso se ve en
el pasaje evangélico que se acaba de proclamar, en el que hemos contemplado la
escena de los pastores en camino hacia Belén para adorar al Niño (cf. Lc
2, 16). ¿No son los pastores, que el evangelista san Lucas nos describe en su
pobreza y en su sencillez obedeciendo al mandato del ángel y dóciles a la
voluntad de Dios, la imagen más fácilmente accesible a cada uno nosotros del
hombre que se deja iluminar por la verdad, capacitándose así para construir un
mundo de paz?
¡La paz! Este gran anhelo del corazón de todo hombre y de toda mujer se edifica,
día tras día, con la aportación de todos, aprovechando también la admirable
herencia que nos legó el concilio Vaticano II con la constitución pastoral
Gaudium et spes, donde se afirma, entre otras cosas, que la humanidad no
logrará construir "un mundo más humano para todos los hombres, en todos los
lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a
la verdad de la paz" (n. 77).
El momento histórico en el que fue promulgada la constitución
Gaudium et spes, el 7 de diciembre de 1965, no era muy diverso del
nuestro. Entonces, como por desgracia también en nuestros días, se cernían sobre
el horizonte mundial tensiones de diverso tipo. Ante la persistencia de
situaciones de injusticia y violencia que siguen oprimiendo a varias zonas
de la tierra, ante las que se presentan como las nuevas y más insidiosas
amenazas a la paz —el terrorismo, el nihilismo y el fundamentalismo fanático—,
resulta más necesario que nunca trabajar juntos en favor de la paz.
Hace falta un "impulso" de valentía y de confianza en Dios y en el hombre para
optar por el camino de la paz. Y esto por parte de todos: personas y pueblos,
organizaciones internacionales y potencias mundiales. En particular, en el
Mensaje para esta Jornada, he querido invitar a la Organización de las Naciones
Unidas a tomar renovada conciencia de sus responsabilidades en la promoción de
los valores de la justicia, la solidaridad y la paz, en un mundo cada vez más
marcado por el vasto fenómeno de la globalización.
Si la paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad, para los discípulos
de Cristo es mandato permanente que compromete a todos; es misión exigente que
los impulsa a anunciar y testimoniar "el evangelio de la paz", proclamando que
el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable
para la consolidación de la verdad de la paz. Ojalá que esta conciencia aumente
cada vez más, de forma que cada comunidad cristiana se transforme en "fermento"
de una humanidad renovada en el amor.
"María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2,
19). El primer día del año está puesto bajo el signo de una mujer, María. El
evangelista san Lucas la describe como la Virgen silenciosa, en constante
escucha de la Palabra eterna, que vive en la palabra de Dios. María conserva en
su corazón las palabras que vienen de Dios y, uniéndolas como en un mosaico,
aprende a comprenderlas. En su escuela queremos aprender también nosotros a ser
discípulos atentos y dóciles del Señor. Con su ayuda maternal deseamos
comprometernos a trabajar solícitamente en la "obra" de la paz, tras las huellas
de Cristo, Príncipe de la paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen santísima,
queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy
y siempre (cf. Hb 13, 8).
Amén.
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Editrice Vaticana
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