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HOMILÍA DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI DURANTE LA MISA EN LA FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL
SEÑOR
Jornada de la vida consagrada Jueves 2 de febrero de
2006
Queridos hermanos y hermanas:
La fiesta de la Presentación del Señor en el templo, cuarenta días después de su
nacimiento, pone ante nuestros ojos un momento particular de la vida de la
Sagrada Familia: según la ley mosaica, María y José llevan al niño Jesús al
templo de Jerusalén para ofrecerlo al Señor (cf. Lc 2, 22). Simeón y Ana,
inspirados por Dios, reconocen en aquel Niño al Mesías tan esperado y profetizan
sobre él. Estamos ante un misterio, sencillo y a la vez solemne, en el que la
santa Iglesia celebra a Cristo, el Consagrado del Padre, primogénito de la nueva
humanidad.
La sugestiva procesión con los cirios al inicio de nuestra celebración nos ha
hecho revivir la majestuosa entrada, cantada en el salmo responsorial, de Aquel
que es "el rey de la gloria", "el Señor, fuerte en la guerra" (Sal 23,
7. 8). Pero, ¿quién es ese Dios fuerte que entra en el templo? Es un niño; es el
niño Jesús, en los brazos de su madre, la Virgen María. La Sagrada Familia
cumple lo que prescribía la Ley: la purificación de la madre, la ofrenda del
primogénito a Dios y su rescate mediante un sacrificio. En la primera lectura,
la liturgia habla del oráculo del profeta Malaquías: "De pronto entrará en el
santuario el Señor" (Ml 3, 1). Estas palabras comunican toda la
intensidad del deseo que animó la espera del pueblo judío a lo largo de los
siglos. Por fin entra en su casa "el mensajero de la alianza" y se somete a la
Ley: va a Jerusalén para entrar, en actitud de obediencia, en la casa de Dios.
El significado de este gesto adquiere una perspectiva más amplia en el pasaje de
la carta a los Hebreos, proclamado hoy como segunda lectura. Aquí se nos
presenta a Cristo, el mediador que une a Dios y al hombre, superando las
distancias, eliminando toda división y derribando todo muro de separación.
Cristo viene como nuevo "sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se
refiere, y a expiar así los pecados del pueblo" (Hb 2, 17). Así notamos
que la mediación con Dios ya no se realiza en la santidad-separación del
sacerdocio antiguo, sino en la solidaridad liberadora con los hombres. Siendo
todavía niño, comienza a avanzar por el camino de la obediencia, que recorrerá
hasta las últimas consecuencias. Lo muestra bien la carta a los Hebreos cuando
dice: "Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas (...)
al que podía salvarle de la muerte, (...) y aun siendo Hijo, con lo que padeció
experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de
salvación eterna para todos los que le obedecen" (Hb 5, 7-9).
La primera persona que se asocia a Cristo en el camino de la obediencia, de la
fe probada y del dolor compartido, es su madre, María. El texto evangélico nos
la muestra en el acto de ofrecer a su Hijo: una ofrenda incondicional que la
implica personalmente: María es Madre de Aquel que es "gloria de su pueblo
Israel" y "luz para alumbrar a las naciones", pero también "signo de
contradicción" (cf. Lc 2, 32. 34). Y a ella misma la espada del dolor le
traspasará su alma inmaculada, mostrando así que su papel en la historia de la
salvación no termina en el misterio de la Encarnación, sino que se completa con
la amorosa y dolorosa participación en la muerte y resurrección de su Hijo. Al
llevar a su Hijo a Jerusalén, la Virgen Madre lo ofrece a Dios como verdadero
Cordero que quita el pecado del mundo; lo pone en manos de Simeón y Ana como
anuncio de redención; lo presenta a todos como luz para avanzar por el camino
seguro de la verdad y del amor.
Las palabras que en este encuentro afloran a los labios del anciano Simeón —"mis
ojos han visto a tu Salvador" (Lc 2, 30)—, encuentran eco en el corazón
de la profetisa Ana. Estas personas justas y piadosas, envueltas en la luz de
Cristo, pueden contemplar en el niño Jesús "el consuelo de Israel" (Lc 2,
25). Así, su espera se transforma en luz que ilumina la historia.
Simeón es portador de una antigua esperanza, y el Espíritu del Señor habla a su
corazón: por eso puede contemplar a Aquel a quien muchos profetas y reyes
habían deseado ver, a Cristo, luz que alumbra a las naciones. En aquel Niño
reconoce al Salvador, pero intuye en el Espíritu que en torno a él girará el
destino de la humanidad, y que deberá sufrir mucho a causa de los que lo
rechazarán; proclama su identidad y su misión de Mesías con las palabras que
forman uno de los himnos de la Iglesia naciente, del cual brota todo el gozo
comunitario y escatológico de la espera salvífica realizada. El entusiasmo es
tan grande, que vivir y morir son lo mismo, y la "luz" y la "gloria" se
transforman en una revelación universal. Ana es "profetisa", mujer sabia y
piadosa, que interpreta el sentido profundo de los acontecimientos históricos y
del mensaje de Dios encerrado en ellos. Por eso puede "alabar a Dios" y hablar
"del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén" (Lc 2,
38). Su larga viudez, dedicada al culto en el templo, su fidelidad a los ayunos
semanales y su participación en la espera de todos los que anhelaban el rescate
de Israel concluyen en el encuentro con el niño Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, en esta fiesta de la Presentación del Señor, la
Iglesia celebra la Jornada de la vida consagrada. Se trata de una ocasión
oportuna para alabar al Señor y darle gracias por el don inestimable que
constituye la vida consagrada en sus diferentes formas; al mismo tiempo, es un
estímulo a promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima por
quienes están totalmente consagrados a Dios.
En efecto, como la vida de Jesús, con su obediencia y su entrega al Padre, es
parábola viva del "Dios con nosotros", también la entrega concreta de las
personas consagradas a Dios y a los hermanos se convierte en signo elocuente de
la presencia del reino de Dios para el mundo de hoy. Vuestro modo de vivir y de
trabajar puede manifestar sin atenuaciones la plena pertenencia al único Señor;
vuestro completo abandono en las manos de Cristo y de la Iglesia es un anuncio
fuerte y claro de la presencia de Dios con un lenguaje comprensible para
nuestros contemporáneos. Este es el primer servicio que la vida consagrada
presta a la Iglesia y al mundo. Dentro del pueblo de Dios, son como centinelas
que descubren y anuncian la vida nueva ya presente en nuestra historia.
Me dirijo ahora de modo especial a vosotros, queridos hermanos y hermanas que
habéis abrazado la vocación de especial consagración, para saludaros con afecto
y daros las gracias de corazón por vuestra presencia. Dirijo un saludo especial
a monseñor Franc Rodé, prefecto de la Congregación para los institutos de vida
consagrada y las sociedades de vida apostólica, y a sus colaboradores, que
concelebran conmigo en esta santa misa. Que el Señor renueve cada día en
vosotros y en todas las personas consagradas la respuesta gozosa a su amor
gratuito y fiel.
Queridos hermanos y hermanas, como cirios encendidos irradiad siempre y en todo
lugar el amor de Cristo, luz del mundo. María santísima, la Mujer consagrada, os
ayude a vivir plenamente vuestra especial vocación y misión en la Iglesia, para
la salvación del mundo. Amén.
© Copyright 2006 - Libreria
Editrice Vaticana
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