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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DE DIOS, PADRE MISERICORDIOSO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
IV Domingo de Cuaresma, 26 de marzo
de
2006
Queridos hermanos y hermanas:
Este IV domingo de Cuaresma, tradicionalmente designado como "domingo Laetare",
está impregnado de una alegría que, en cierta medida, atenúa el clima
penitencial de este tiempo santo: "Alégrate Jerusalén —dice la Iglesia en la
antífona de entrada—, (...) gozad y alegraos vosotros, que por ella estabais
tristes". De esta invitación se hace eco el estribillo del salmo responsorial:
"El recuerdo de ti, Señor, es nuestra alegría". Pensar en Dios da alegría.
Surge espontáneamente la pregunta: pero ¿cuál es el motivo por el que debemos
alegrarnos? Desde luego, un motivo es la cercanía de la Pascua, cuya previsión
nos hace gustar anticipadamente la alegría del encuentro con Cristo resucitado.
Pero la razón más profunda está en el mensaje de las lecturas bíblicas que la
liturgia nos propone hoy y que acabamos de escuchar. Nos recuerdan que, a pesar
de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de
Dios. Dios nos ama de un modo que podríamos llamar "obstinado", y nos envuelve
con su inagotable ternura.
Esto es lo que resalta ya en la primera lectura, tomada del libro de las
Crónicas del Antiguo Testamento (cf. 2 Cr 36, 14-16. 19-23): el autor
sagrado propone una interpretación sintética y significativa de la historia del
pueblo elegido, que experimenta el castigo de Dios como consecuencia de su
comportamiento rebelde: el templo es destruido y el pueblo, en el exilio, ya no
tiene una tierra; realmente parece que Dios se ha olvidado de él. Pero luego ve
que a través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia.
Como hemos dicho, la destrucción de la ciudad santa y del templo, y el exilio,
tocarán el corazón del pueblo y harán que vuelva a su Dios para conocerlo más a
fondo. Y entonces el Señor, demostrando el primado absoluto de su iniciativa
sobre cualquier esfuerzo puramente humano, se servirá de un pagano, Ciro, rey de
Persia, para liberar a Israel.
En el texto que hemos escuchado, la ira y la misericordia del Señor se
confrontan en una secuencia dramática, pero al final triunfa el amor, porque
Dios es amor. ¿Cómo no recoger, del recuerdo de aquellos hechos lejanos, el
mensaje válido para todos los tiempos, incluido el nuestro? Pensando en los
siglos pasados podemos ver cómo Dios sigue amándonos incluso a través de los
castigos. Los designios de Dios, también cuando pasan por la prueba y el
castigo, se orientan siempre a un final de misericordia y de perdón.
Eso mismo nos lo ha confirmado, en la segunda lectura, el apóstol san Pablo,
recordándonos que "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó,
estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo" (Ef
2, 4-5). Para expresar esta realidad de salvación, el Apóstol, además del
término "misericordia", eleos, utiliza también la palabra "amor", agape,
recogida y amplificada ulteriormente en la bellísima afirmación que hemos
escuchado en la página evangélica: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su
Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan
vida eterna" (Jn 3, 16).
Sabemos que esa "entrega" por parte del Padre tuvo un desenlace dramático:
llegó hasta el sacrificio de su Hijo en la cruz. Si toda la misión histórica de
Jesús es signo elocuente del amor de Dios, lo es de modo muy singular su muerte,
en la que se manifestó plenamente la ternura redentora de Dios. Por
consiguiente, siempre, pero especialmente en este tiempo cuaresmal, la cruz debe
estar en el centro de nuestra meditación; en ella contemplamos la gloria del
Señor que resplandece en el cuerpo martirizado de Jesús. Precisamente en esta
entrega total de sí se manifiesta la grandeza de Dios, que es amor.
Todo cristiano está llamado a comprender, vivir y testimoniar con su existencia
la gloria del Crucificado. La cruz —la entrega de sí mismo del Hijo de Dios— es,
en definitiva, el "signo" por excelencia que se nos ha dado para comprender la
verdad del hombre y la verdad de Dios: todos hemos sido creados y redimidos por
un Dios que por amor inmoló a su Hijo único. Por eso, como escribí en la
encíclica
Deus caritas est, en la cruz "se realiza ese ponerse Dios
contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto
es amor en su forma más radical" (n. 12).
¿Cómo responder a este amor radical del Señor? El evangelio nos presenta a un
personaje de nombre Nicodemo, miembro del Sanedrín de Jerusalén, que de noche va
a buscar a Jesús. Se trata de un hombre de bien, atraído por las palabras y el
ejemplo del Señor, pero que tiene miedo de los demás, duda en dar el salto de la
fe. Siente la fascinación de este Rabbí, tan diferente de los demás, pero no
logra superar los condicionamientos del ambiente contrario a Jesús y titubea en
el umbral de la fe.
¡Cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su
Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un "signo" que toque su mente
y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único
"signo" es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo
absolutamente suficiente. En él podemos comprender la verdad de la vida y
obtener la salvación. Este es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a
lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino
encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que
es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como
testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor.
Queridos amigos, este misterio es particularmente elocuente en vuestra
parroquia, dedicada a "Dios, Padre misericordioso". Como sabemos bien, fue
querida por mi amado predecesor Juan Pablo II en recuerdo del gran jubileo del
año 2000, para que sintetizara de manera eficaz el significado de aquel
extraordinario acontecimiento espiritual. Al meditar sobre la misericordia del
Señor, que se reveló de modo total y definitivo en el misterio de la cruz, me
viene a la memoria el texto que Juan Pablo II había preparado para la cita con
los fieles el domingo 3 de abril, domingo in Albis, del año pasado. En
los designios divinos estaba escrito que él nos iba a dejar precisamente en la
víspera de aquel día, el sábado 2 de abril —todos lo recordamos bien—, y por eso
no pudo pronunciar aquellas palabras, que me complace volver a proponeros a
vosotros, queridos hermanos y hermanas. Escribió lo siguiente: "A la humanidad,
que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del
miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y
suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la
paz". El Papa, en ese último texto, que es como un testamento, añadió: "¡Cuánta
necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!" (Regina
Caeli, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de
abril de 2005, p. 5).
Comprender y acoger el amor misericordioso de Dios: que este sea vuestro
compromiso sobre todo en el seno de las familias y también en todos los ámbitos
del barrio. Expreso de corazón este deseo, a la vez que os saludo cordialmente,
comenzando por los sacerdotes que se ocupan de vuestra comunidad bajo la guía
del párroco, don Gianfranco Corbino, al que doy sinceramente las gracias por
haberse hecho intérprete de vuestros sentimientos con una bella presentación de
este edificio, de esta "barca" de Pedro y del Señor.
Extiendo mi saludo al cardenal vicario Camillo Ruini y al cardenal Crescenzio
Sepe, titular de vuestra iglesia, al vicegerente y obispo del sector este de
Roma, y a todos los que cooperan activamente en los diversos servicios
parroquiales. Sé que vuestra comunidad es joven —tiene sólo diez años de vida— y
que vivió sus primeros tiempos en condiciones precarias, mientras se construían
los locales actuales. Sé también que las dificultades iniciales, en vez de
desanimaros, os han impulsado a un compromiso apostólico común, con una atención
particular al campo de la catequesis, de la liturgia y de la caridad. Proseguid,
queridos amigos, por el camino emprendido, esforzándoos por hacer que vuestra
parroquia sea una verdadera familia, donde la fidelidad a la palabra de Dios y a
la tradición de la Iglesia se transforme día tras día, cada vez más, en la regla
de vida.
Sé, además, que vuestra iglesia, por su original estructura arquitectónica, es
meta de muchos visitantes. Haced que aprecien no sólo la belleza particular del
edificio sagrado, sino sobre todo la riqueza de una comunidad viva, dedicada
a testimoniar el amor de Dios, Padre misericordioso, amor que es el verdadero
secreto de la alegría cristiana, a la que nos invita este domingo, domingo
Laetare. Dirigiendo la mirada a María, "Madre de la santa alegría",
pidámosle que nos ayude a profundizar las razones de nuestra fe, para que, como
nos exhorta la liturgia hoy, renovados en el espíritu y con corazón alegre
correspondamos al amor eterno e infinito de Dios. Amén.
© Copyright 2006 - Libreria
Editrice Vaticana
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