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CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS
Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
HOMILÍA
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Plaza de San Pedro
XXI Jornada Mundial
de la Juventud
Domingo 9 de abril de 2006
Introducción a la celebración:
"Hermanos y hermanas queridos, jóvenes aquí presentes y jóvenes del mundo
entero: con esta asamblea litúrgica entramos en la Semana santa para vivir la
pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Del mismo modo que
los discípulos aclamaron a Jesús como Mesías, como el que viene en el nombre del
Señor, también nosotros le cantamos con alegría, y confesamos nuestra fe: él es
la Palabra única y definitiva de Dios Padre, él es la Palabra hecha carne, él es
quien nos ha hablado del Dios invisible. Amadísimos jóvenes, sólo meditando con
asiduidad la Palabra de Dios aprenderéis a amar a Jesucristo, sólo en él
conoceréis la verdad y la libertad, sólo participando en su Pascua daréis
sentido y esperanza a vuestra vida. Hermanos y hermanas, sigamos a Cristo: los
ramos de olivo, signo de la paz mesiánica, y los ramos de palma, signo del
martirio, don de la vida a Dios y a los hermanos, con los que ahora aclamaremos
a Jesús como Mesías, testimonian nuestra adhesión firme al misterio pascual que
celebramos
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Desde hace veinte años, gracias al Papa Juan Pablo II, el domingo de Ramos ha
llegado a ser de modo particular el día de la juventud, el día en que los
jóvenes en todo el mundo van al encuentro de Cristo, deseando acompañarlo en sus
ciudades y en sus pueblos, para que esté en medio de nosotros y pueda instaurar
su paz en el mundo. Pero si queremos ir al encuentro de Jesús y después avanzar
con él por su camino, debemos preguntarnos: ¿Por qué camino quiere guiarnos?
¿Qué esperamos de él? ¿Qué espera él de nosotros?
Para entender lo que sucedió el domingo de Ramos y saber qué significa, no sólo
para aquella hora, sino para toda época, es importante un detalle, que también
para sus discípulos se transformó en la clave para la comprensión del
acontecimiento, cuando, después de la Pascua, repasaron con una mirada nueva
aquellas jornadas agitadas.
Jesús entra en la ciudad santa montado en un asno, es decir, en el animal de la
gente sencilla y común del campo, y además un asno que no le pertenece, sino que
pide prestado para esta ocasión. No llega en una suntuosa carroza real, ni a
caballo, como los grandes del mundo, sino en un asno prestado. San Juan nos
relata que, en un primer momento, los discípulos no lo entendieron. Sólo después
de la Pascua cayeron en la cuenta de que Jesús, al actuar así, cumplía los
anuncios de los profetas, que su actuación derivaba de la palabra de Dios y la
realizaba. Recordaron -dice san Juan- que en el profeta Zacarías se lee: "No
temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna" (Jn
12, 15; cf. Za 9, 9).
Para comprender el significado de la profecía y, en consecuencia, de la misma
actuación de Jesús, debemos escuchar todo el texto de Zacarías, que prosigue
así: "El destruirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; romperá
el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar
a mar y desde el río hasta los confines de la tierra" (Za 9, 10). Así
afirma el profeta tres cosas sobre el futuro rey.
En primer lugar, dice que será rey de los pobres, pobre entre los pobres y para
los pobres. La pobreza, en este caso, se entiende en el sentido de los anawin
de Israel, de las almas creyentes y humildes que encontramos en torno a Jesús,
en la perspectiva de la primera bienaventuranza del Sermón de la montaña. Uno
puede ser materialmente pobre, pero tener el corazón lleno de afán de riqueza
material y del poder que deriva de la riqueza. Precisamente el hecho de que vive
en la envidia y en la codicia demuestra que, en su corazón, pertenece a los
ricos. Desea cambiar la repartición de los bienes, pero para llegar a estar él
mismo en la situación de los ricos de antes.
La pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas-,
presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del
afán de poder. Se trata de una realidad mayor que una simple repartición
diferente de los bienes, que se limitaría al campo material y más bien
endurecería los corazones. Ante todo, se trata de la purificación del corazón,
gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con
respecto a los demás, poniéndose bajo la mirada de Dios y dejándose guiar por
Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (cf. 2 Co 8, 9).
La libertad interior es el presupuesto para superar la corrupción y la avidez
que arruinan al mundo; esta libertad sólo puede hallarse si Dios llega a ser
nuestra riqueza; sólo puede hallarse en la paciencia de las renuncias diarias,
en las que se desarrolla como libertad verdadera. Al rey que nos indica el
camino hacia esta meta -Jesús- lo aclamamos el domingo de Ramos; le pedimos que
nos lleve consigo por su camino.
En segundo lugar, el profeta nos muestra que este rey será un rey de paz; hará
desaparecer los carros de guerra y los caballos de batalla, romperá los arcos y
anunciará la paz. En la figura de Jesús esto se hace realidad mediante el signo
de la cruz. Es el arco roto, en cierto modo, el nuevo y verdadero arco iris de
Dios, que une el cielo y la tierra y tiende un puente entre los continentes
sobre los abismos. La nueva arma, que Jesús pone en nuestras manos, es la cruz,
signo de reconciliación, de perdón, signo del amor que es más fuerte que la
muerte. Cada vez que hacemos la señal de la cruz debemos acordarnos de no
responder a la injusticia con otra injusticia, a la violencia con otra
violencia; debemos recordar que sólo podemos vencer al mal con el bien, y jamás
devolviendo mal por mal.
La tercera afirmación del profeta es el anuncio de la universalidad. Zacarías
dice que el reino del rey de la paz se extiende "de mar a mar (...) hasta los
confines de la tierra". La antigua promesa de la tierra, hecha a Abraham y a los
Padres, se sustituye aquí con una nueva visión: el espacio del rey mesiánico ya
no es un país determinado, que luego se separaría de los demás y, por tanto, se
pondría inevitablemente contra los otros países. Su país es la tierra, el mundo
entero. Superando toda delimitación, él crea unidad en la multiplicidad de las
culturas. Atravesando con la mirada las nubes de la historia que separaban al
profeta de Jesús, vemos cómo desde lejos emerge en esta profecía la red de las
comunidades eucarísticas que abraza a la tierra, a todo el mundo, una red de
comunidades que constituyen el "reino de la paz" de Jesús de mar a mar hasta los
confines de la tierra.
Él llega a todas las culturas y a todas las partes del mundo, adondequiera, a
las chozas miserables y a los campos pobres, así como al esplendor de las
catedrales. Por doquier él es el mismo, el Único, y así todos los orantes
reunidos, en comunión con él, están también unidos entre sí en un único cuerpo.
Cristo domina convirtiéndose él mismo en nuestro pan y entregándose a nosotros.
De este modo construye su reino.
Este nexo resulta totalmente claro en la otra frase del Antiguo Testamento que
caracteriza y explica la liturgia del domingo de Ramos y su clima particular. La
multitud aclama a Jesús: "Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor (Mc
11, 9; Sal 118, 25). Estas palabras forman parte del rito de la fiesta de
las tiendas, durante el cual los fieles dan vueltas en torno al altar llevando
en las manos ramos de palma, mirto y sauce.
Ahora la gente grita eso mismo, con palmas en las manos, delante de Jesús, en
quien ve a Aquel que viene en nombre del Señor. En efecto, la expresión "el que
viene en nombre del Señor" se había convertido desde hacía tiempo en la manera
de designar al Mesías. En Jesús reconocen a Aquel que verdaderamente viene en
nombre del Señor y les trae la presencia de Dios. Este grito de esperanza de
Israel, esta aclamación a Jesús durante su entrada en Jerusalén, ha llegado a
ser con razón en la Iglesia la aclamación a Aquel que, en la Eucaristía, viene a
nuestro encuentro de un modo nuevo. Con el grito "Hosanna" saludamos a Aquel
que, en carne y sangre, trajo la gloria de Dios a la tierra. Saludamos a Aquel
que vino y, sin embargo, sigue siendo siempre Aquel que debe venir. Saludamos a
Aquel que en la Eucaristía viene siempre de nuevo a nosotros en nombre del
Señor, uniendo así en la paz de Dios los confines de la tierra.
Esta experiencia de la universalidad forma parte esencial de la Eucaristía. Dado
que el Señor viene, nosotros salimos de nuestros particularismos exclusivos y
entramos en la gran comunidad de todos los que celebran este santo sacramento.
Entramos en su reino de paz y, en cierto modo, saludamos en él también a todos
nuestros hermanos y hermanas a quienes él viene, para llegar a ser
verdaderamente un reino de paz en este mundo desgarrado.
Las tres características anunciadas por el profeta -pobreza, paz y
universalidad- se resumen en el signo de la cruz. Por eso, con razón, la cruz se
ha convertido en el centro de las Jornadas mundiales de la juventud. Hubo un
período -que aún no se ha superado del todo- en el que se rechazaba el
cristianismo precisamente a causa de la cruz. La cruz habla de sacrificio -se
decía-; la cruz es signo de negación de la vida. En cambio, nosotros queremos la
vida entera, sin restricciones y sin renuncias. Queremos vivir, sólo vivir. No
nos dejamos limitar por mandamientos y prohibiciones; queremos riqueza y
plenitud; así se decía y se sigue diciendo todavía.
Todo esto parece convincente y atractivo; es el lenguaje de la serpiente, que
nos dice: "¡No tengáis miedo! ¡Comed tranquilamente de todos los árboles del
jardín!". Sin embargo, el domingo de Ramos nos dice que el auténtico gran "sí"
es precisamente la cruz; que precisamente la cruz es el verdadero árbol de la
vida. No hallamos la vida apropiándonos de ella, sino donándola. El amor es
entregarse a sí mismo, y por eso es el camino de la verdadera vida, simbolizada
por la cruz.
Hoy la cruz, que estuvo en el centro de la última Jornada mundial de la
juventud, en Colonia, se entrega a una delegación para que comience su camino
hacia Sydney, donde, en 2008, la juventud del mundo quiere reunirse nuevamente
en torno a Cristo para construir con él el reino de paz. Desde Colonia hasta
Sydney, un camino a través de los continentes y las culturas, un camino a través
de un mundo desgarrado y atormentado por la violencia.
Simbólicamente es el camino indicado por el profeta, de mar a mar, desde el río
hasta los confines de la tierra. Es el camino de Aquel que, con el signo de la
cruz, nos da la paz y nos transforma en portadores de la reconciliación y de su
paz. Doy las gracias a los jóvenes que ahora llevarán por los caminos del mundo
esta cruz, en la que casi podemos tocar el misterio de Jesús. Pidámosle que, al
mismo tiempo, nos toque a nosotros y abra nuestro corazón, a fin de que
siguiendo su cruz lleguemos a ser mensajeros de su amor y de su paz. Amén.
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Editrice Vaticana
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