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SANTA MISA "IN CENA DOMINI"
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD BENEDICTO XVI
Basílica de San Juan de Letrán Jueves santo 13 de abril
Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos
hermanos y hermanas:
"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn
13, 1). Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también en su caída y no lo
abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin. Lleva su amor hasta el final, hasta el
extremo: baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria
divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra
caída. Se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio del esclavo; lava
nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para
hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no
podríamos ni deberíamos hacer jamás.
Dios no es un Dios lejano, demasiado distante y demasiado grande como para
ocuparse de nuestras bagatelas. Dado que es grande, puede interesarse también de
las cosas pequeñas. Dado que es grande, el alma del hombre, el hombre mismo,
creado por el amor eterno, no es algo pequeño, sino que es grande y digno de su
amor. La santidad de Dios no es sólo un poder incandescente, ante el cual
debemos alejarnos aterrorizados; es poder de amor y, por esto, es poder
purificador y sanador.
Dios desciende y se hace esclavo; nos lava los pies para que podamos sentarnos a
su mesa. Así se revela todo el misterio de Jesucristo. Así resulta manifiesto lo
que significa redención. El baño con que nos lava es su amor dispuesto a
afrontar la muerte. Sólo el amor tiene la fuerza purificadora que nos limpia de
nuestra impureza y nos eleva a la altura de Dios. El baño que nos purifica es él
mismo, que se entrega totalmente a nosotros, desde lo más profundo de su
sufrimiento y de su muerte.
Él es continuamente este amor que nos lava. En los sacramentos de la
purificación -el Bautismo y la Penitencia- él está continuamente arrodillado
ante nuestros pies y nos presta el servicio de esclavo, el servicio de la
purificación; nos hace capaces de Dios. Su amor es inagotable; llega realmente
hasta el extremo.
"Vosotros estáis limpios, pero no todos", dice el Señor (Jn 13, 10). En
esta frase se revela el gran don de la purificación que él nos hace, porque
desea estar a la mesa juntamente con nosotros, de convertirse en nuestro
alimento. "Pero no todos": existe el misterio oscuro del rechazo, que con la
historia de Judas se hace presente y debe hacernos reflexionar precisamente en
el Jueves santo, el día en que Jesús nos hace el don de sí mismo. El amor del
Señor no tiene límites, pero el hombre puede ponerle un límite.
"Vosotros estáis limpios, pero no todos": ¿Qué es lo que hace impuro al hombre?
Es el rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar. Es la soberbia que
cree que no necesita purificación, que se cierra a la bondad salvadora de Dios.
Es la soberbia que no quiere confesar y reconocer que necesitamos purificación.
En Judas vemos con mayor claridad aún la naturaleza de este rechazo. Juzga a
Jesús según las categorías del poder y del éxito: para él sólo cuentan el poder
y el éxito; el amor no cuenta. Y es avaro: para él el dinero es más importante
que la comunión con Jesús, más importante que Dios y su amor. Así se transforma
también en un mentiroso, que hace doble juego y rompe con la verdad; uno que
vive en la mentira y así pierde el sentido de la verdad suprema, de Dios. De
este modo se endurece, se hace incapaz de conversión, del confiado retorno del
hijo pródigo, y arruina su vida.
"Vosotros estáis limpios, pero no todos". El Señor hoy nos pone en guardia
frente a la autosuficiencia, que pone un límite a su amor ilimitado. Nos invita
a imitar su humildad, a tratar de vivirla, a dejarnos "contagiar" por ella. Nos
invita -por más perdidos que podamos sentirnos- a volver a casa y a permitir a
su bondad purificadora que nos levante y nos haga entrar en la comunión de la
mesa con él, con Dios mismo.
Reflexionemos sobre otra frase de este inagotable pasaje evangélico: "Os he
dado ejemplo..." (Jn 13, 15); "También vosotros debéis lavaros los pies
unos a otros" (Jn 13, 14). ¿En qué consiste el "lavarnos los pies unos a
otros"? ¿Qué significa en concreto? Cada obra buena hecha en favor del prójimo,
especialmente en favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un
servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a bajar, a aprender la
humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el
rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella.
Pero hay una dimensión aún más profunda. El Señor limpia nuestra impureza con la
fuerza purificadora de su bondad. Lavarnos los pies unos a otros significa sobre
todo perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de
nuevo, aunque pueda parecer inútil. Significa purificarnos unos a otros
soportándonos mutuamente y aceptando ser soportados por los demás; purificarnos
unos a otros dándonos recíprocamente la fuerza santificante de la palabra de
Dios e introduciéndonos en el Sacramento del amor divino.
El Señor nos purifica; por esto nos atrevemos a acercarnos a su mesa. Pidámosle
que nos conceda a todos la gracia de poder ser un día, para siempre, huéspedes
del banquete nupcial eterno. Amén.
© Copyright 2006 - Libreria
Editrice Vaticana
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