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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A MUNICH, ALTÖTTING Y RATISBONA
(9-14 DE SEPTIEMBRE DE 2006)
CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE
Catedral de Munich Domingo 10 de septiembre de 2006
Queridos niños de primera Comunión; queridos padres y
educadores; queridos hermanos y hermanas:
La lectura que acabamos de escuchar es un pasaje del último libro de los
escritos del Nuevo Testamento, el llamado Apocalipsis. Al vidente se le
concede una mirada hacia lo alto, al cielo, y hacia adelante, al futuro. Pero
precisamente así habla también de la tierra y del presente, de nuestra vida. En
efecto, durante nuestra vida todos estamos en camino, avanzando hacia el futuro.
Y queremos encontrar el camino recto: descubrir la vida verdadera, no acabar en
un callejón sin salida o en el desierto. No queremos vernos obligados a decir al
final: tomé un camino equivocado, mi vida ha sido un fracaso, me salió mal.
Queremos gozar de la vida. Como dijo Jesús en cierta ocasión, queremos "tener
vida en abundancia".
Pero escuchemos ahora al vidente del Apocalipsis. ¿Qué nos ha dicho en el
pasaje que se acaba de leer? Habla de un mundo reconciliado, de un mundo en el
que se encuentran reunidos con alegría hombres "de todas las naciones, razas,
pueblos y lenguas" (Ap 7, 9). Entonces nos preguntamos: "¿Cómo puede
suceder esto? ¿Cuál es el camino que lleva a esto?".
Pues bien, lo primero, lo más importante, es: esas personas viven con Dios;
como dice nuestra lectura, Dios ha extendido "su tienda sobre ellos" (Ap
7, 15). Entonces nos preguntamos: "¿Cuál es esta "tienda de Dios"? ¿Dónde se
encuentra? ¿Cómo podemos llegar a ella?". El vidente, tal vez, alude al primer
capítulo del evangelio según san Juan, donde se lee: "Y el Verbo se hizo
carne y puso su tienda entre nosotros" (Jn 1, 14).
Dios no está lejos de nosotros, en algún lugar muy distante del universo, a
donde nadie puede llegar. Él ha puesto su tienda entre nosotros: en Jesús se ha
hecho uno de nosotros, con carne y sangre como nosotros. Esta es su tienda. Y en
la Ascensión no se fue a algún lugar lejos de nosotros. Su tienda, él mismo con
su cuerpo, permanece entre nosotros como uno de nosotros. Podemos hablarle de tú
y dialogar con él. Él nos escucha y, si estamos atentos, percibiremos también
que nos responde.
Repito: en Jesús es Dios quien pone su tienda entre nosotros. Pero también
pregunto de nuevo: ¿Dónde acontece eso? A esta pregunta nuestra lectura da dos
respuestas. Dice que los hombres reconciliados "han lavado sus vestiduras y las
han blanqueado con la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Esto nos suena muy
raro a nosotros. En el lenguaje cifrado del vidente eso constituye una alusión
al bautismo. La referencia a "la sangre del Cordero" alude al amor de Jesús que
él conservó hasta su muerte cruenta. Este amor divino y a la vez humano es el
baño en el que nos sumerge en el bautismo, el baño con el que nos lava,
dejándonos así tan limpios que somos aptos para Dios, que podemos vivir en su
compañía.
Ahora bien, el acto del bautismo es sólo un inicio. Caminando con Jesús, en la
fe y en la vida con él, su amor nos toca para purificarnos y hacernos luminosos.
Hemos escuchado que en el baño del amor las vestiduras se han blanqueado. Según
la idea del mundo antiguo, el blanco era el color de la luz. Las vestiduras
blancas significan que en la fe nos transformamos en luz, abandonamos las
tinieblas, la mentira, el engaño, el mal en general, y nos transformamos en
personas luminosas, adecuadas para Dios. El vestido bautismal, como el de la
primera Comunión que lleváis, nos lo recuerda, diciéndonos: mediante la
convivencia con Jesús y con la comunidad de los creyentes, con la Iglesia, tú
mismo transfórmate en una persona luminosa, en una persona de verdad y bondad,
una persona en la que se refleje el esplendor del bien, de la bondad de Dios
mismo.
El vidente nos da, también con lenguaje cifrado, una segunda respuesta a la
pregunta "¿Dónde encontramos a Jesús?". Dice que el Cordero guía a la
muchedumbre de personas de toda cultura y nación a las fuentes de agua viva. Sin
agua no hay vida. Lo sabían bien esas personas cuya patria confinaba con el
desierto. Así el agua de las fuentes se convertía para ellas en el símbolo por
excelencia de la vida.
El Cordero, es decir, Jesús guía a los hombres a las fuentes de la vida. De
estas fuentes forma parte la sagrada Escritura, en la que Dios nos habla y nos
enseña cómo debemos vivir. Pero a estas fuentes pertenece mucho más: en verdad,
la auténtica fuente es Jesús mismo, en el que Dios se nos da. Y esto lo hace
sobre todo en la sagrada Comunión, en la que, por decirlo así, podemos beber
directamente de la fuente de la vida: viene a nosotros y se une a cada uno de
nosotros.
Como podemos constatar, mediante la Eucaristía, el sacramento de la Comunión, se
forma una comunidad que rebasa todos los confines y abraza todas las lenguas —lo
vemos aquí: están presentes obispos de todas las lenguas y de todas las partes
del mundo—; mediante la comunión se forma la Iglesia universal, en la que Dios
habla y vive con nosotros. De este modo debemos recibir la sagrada Comunión:
como encuentro con Jesús, con Dios mismo, que nos guía a las fuentes de la
verdadera vida.
Queridos padres, quisiera exhortaros encarecidamente a ayudar a vuestros hijos a
creer, a acompañarlos en su camino hacia la primera Comunión, un camino que
sigue también después, a acompañarlos en su camino hacia Jesús y con Jesús. Os
pido que vayáis con vuestros hijos a la iglesia para participar en la
celebración eucarística del domingo. Veréis que no es perder el tiempo; al
contrario, es lo que mantiene verdaderamente unida a la familia, dándole su
centro. Si participáis juntos en la liturgia dominical, el domingo resulta más
hermoso, toda la semana resulta más hermosa.
Y, por favor, rezad juntos también en casa: a la mesa y antes de acostarse. La
oración no sólo nos lleva hacia Dios; también nos lleva los unos a los otros. Es
una fuerza de paz y de alegría. Si Dios está presente en ella y se experimenta
su cercanía en la oración, la vida en la familia se hace más feliz y adquiere
una dimensión mayor.
Queridos profesores de religión y queridos educadores, os pido de corazón que
tengáis presente en la escuela la búsqueda de Dios, del Dios que en Jesucristo
se nos hizo visible. Sé que en nuestro mundo pluralista es difícil afrontar en
la escuela el discurso sobre la fe. Pero no basta que los niños y los jóvenes
adquieran en la escuela únicamente conocimientos y habilidades técnicas, sin
recibir los criterios que dan orientación y sentido a los conocimientos y a las
habilidades. Estimulad a los alumnos a hacer preguntas no sólo sobre esto o
aquello —aunque esto sea ciertamente bueno—, sino principalmente sobre "de
dónde" viene y "a dónde" va nuestra vida. Ayudadles a darse cuenta de que todas
las respuestas que no llegan a Dios son demasiado cortas.
Queridos pastores de almas y todos vosotros que colaboráis en la parroquia, os
pido que hagáis todo lo posible para que la parroquia sea una patria interior
para la gente, una gran familia, en la que experimenten a la vez esta familia
aún más amplia que es la Iglesia universal, aprendiendo mediante la liturgia,
mediante la catequesis y mediante todas las manifestaciones de la vida
parroquial, a caminar juntos por la senda de la vida verdadera.
Los tres lugares de formación —la familia, la escuela y la parroquia— van juntos
y nos ayudan a encontrar el camino hacia las fuentes de la vida y, queridos
niños, queridos padres, queridos educadores, todos deseamos de verdad "la vida
en abundancia". Amén.
© Copyright 2006 - Libreria
Editrice Vaticana
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