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HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI DURANTE LA MISA CON LOS
MIEMBROS DE LA COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL
Viernes 6 de octubre
de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
No he preparado propiamente una homilía, sino sólo algunos puntos para la
meditación. La misión de san Bruno, el santo que celebramos hoy, se presenta
claramente y podemos decir que está interpretada en la oración de este día que,
a pesar de variar algo en el texto italiano, nos recuerda que su misión fue
silencio y contemplación. Pero el silencio y la contemplación tienen una
finalidad: sirven para conservar, en medio de la dispersión de la vida diaria,
una permanente unión con Dios. Tienen como objetivo hacer que la unión con Dios
esté siempre presente en nuestra alma y transforme todo nuestro ser.
El silencio y la contemplación -característica de san Bruno- son necesarios para
poder encontrar, en medio de la dispersión de cada día, esta profunda y continua
unión con Dios. Silencio y contemplación: la hermosa vocación del teólogo es
hablar. Esta es su misión: en medio de la locuacidad de nuestro tiempo y de
otros tiempos, en medio de la inflación de palabras, hacer presentes las
palabras esenciales. Con las palabras hacer presente la Palabra, la Palabra que
viene de Dios, la Palabra que es Dios.
Pero, dado que formamos parte de este mundo con todas sus palabras, ¿cómo
podríamos hacer presente la Palabra con las palabras, sino mediante un proceso
de purificación de nuestro pensamiento, que debe ser también y sobre todo un
proceso de purificación de nuestras palabras? ¿Cómo podríamos abrir el mundo, y
antes abrirnos nosotros mismos, a la Palabra sin entrar en el silencio de Dios,
del que procede su Palabra? Para la purificación de nuestras palabras y, por
tanto, para la purificación de las palabras del mundo necesitamos el silencio
que se transforma en contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios y
así nos permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra redentora.
Santo Tomás de Aquino, juntamente con una larga tradición, dice que en la
teología Dios no es el objeto del que hablamos. Esta es nuestra concepción
normal. En realidad, Dios no es el objeto; Dios es el sujeto de la teología. El
que habla en la teología, el sujeto que habla, debería ser Dios mismo. Y nuestro
hablar y pensar sólo debería servir para que pueda ser escuchado, para que pueda
encontrar espacio en el mundo el hablar de Dios, la Palabra de Dios.
Así, de nuevo, somos invitados a este camino de renuncia a palabras nuestras; a
este camino de purificación, para que nuestras palabras sean sólo instrumento
mediante el cual Dios pueda hablar, y de este modo Dios realmente no sea objeto,
sino sujeto de la teología.
En este contexto me vienen a la mente unas hermosas palabras de la primera carta
de san Pedro, en el primer capítulo, versículo 22. En latín dice así: "Castificantes
animas nostras in oboedientia veritatis". La obediencia a la verdad debería
hacer casta ("castificare") nuestra alma, guiándonos así a la palabra
correcta, a la acción correcta. Dicho de otra manera, hablar para lograr
aplausos; hablar para decir lo que los hombres quieren escuchar; hablar para
obedecer a la dictadura de las opiniones comunes, se considera como una especie
de prostitución de la palabra y del alma. La "castidad" a la que alude el
apóstol san Pedro significa no someterse a esas condiciones, no buscar los
aplausos, sino la obediencia a la verdad.
Creo que esta es la virtud fundamental del teólogo: esta disciplina, incluso
dura, de la obediencia a la verdad, que nos hace colaboradores de la verdad,
boca de la verdad, para que en medio de este río de palabras de hoy no hablemos
nosotros, sino que en realidad, purificados y hechos castos por la obediencia a
la verdad, la verdad hable en nosotros. Y así podemos ser verdaderamente
portadores de la verdad.
Esto me lleva a pensar en san Ignacio de Antioquía y en una hermosa frase suya:
"Quien ha comprendido las palabras del Señor, comprende su silencio, porque al
Señor se le conoce en su silencio". El análisis de las palabras de Jesús llega
hasta cierto punto, pero permanece en nuestro pensar. Sólo cuando llegamos al
silencio del Señor, en su estar con el Padre del que vienen las palabras,
podemos también realmente comenzar a entender la profundidad de estas palabras.
Las palabras de Jesús surgieron en su silencio en la montaña, como dice la
Escritura, en su estar con el Padre. De este silencio de la comunión con el
Padre, de estar inmerso en el Padre, surgen las palabras; y sólo llegando a este
punto, y partiendo de este punto, llegamos verdaderamente a la profundidad de la
Palabra y podemos ser nosotros auténticos intérpretes de la Palabra. El Señor,
hablando, nos invita a subir con él a la montaña, y a aprender así de nuevo, en
su silencio, el auténtico sentido de las palabras.
Al decir esto, hemos llegado a las dos lecturas de hoy. Job había clamado a
Dios, incluso había luchado con Dios frente a las evidentes injusticias con las
que lo trataba. Ahora se encuentra ante la grandeza de Dios. Y comprende que
ante la verdadera grandeza de Dios todo nuestro hablar es sólo pobreza y no
llega, ni siquiera de lejos, a la grandeza de su ser; así dice: "He hablado dos
veces y no añadiré nada". Silencio ante la grandeza de Dios, porque nuestras
palabras son demasiado pequeñas.
Esto me lleva a pensar en las últimas semanas de la vida de santo Tomás. En esas
últimas semanas ya no escribió ni habló nada. Sus amigos le preguntaron:
"Maestro, ¿por qué ya no hablas?, ¿por qué ya no escribes?". Y él respondió:
"Ante lo que he visto ahora todas mis palabras me parecen como paja".
El padre Jean-Pierre Torrel, gran conocedor de santo Tomás, nos dice que no
debemos interpretar mal estas palabras. La paja no equivale a nada. La paja
lleva el grano y este es el gran valor de la paja. Lleva el grano. Y también la
paja de las palabras sigue siendo válida como portadora del grano. También para
nosotros esto es una relativización de nuestro trabajo y a la vez una
valorización de nuestro trabajo. Es asimismo una indicación para que nuestro
modo de trabajar, nuestra paja, lleve realmente el grano de la palabra de Dios.
El evangelio concluye con las palabras: "Quien a vosotros os escucha, a mí me
escucha". ¡Qué advertencia, qué examen de conciencia implican estas palabras!
¿Es verdad que quien me escucha a mí escucha realmente al Señor? Oremos y
trabajemos para que cada vez sea más verdad que quien nos escucha a nosotros
escucha a Cristo. Amén.
© Copyright 2006 - Libreria
Editrice Vaticana
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