 |
VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
SANTA MARÍA, ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN
HOMILÍA DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
II Domingo de Adviento, 10 de diciembre
de
2006
Queridos hermanos y hermanas de la parroquia "Santa María,
Estrella de la Evangelización":
Me alegra estar entre vosotros para la dedicación de esta nueva y hermosa
iglesia parroquial: la primera que, desde que asumí el oficio de Obispo de
Roma, dedico al Señor. La solemne liturgia de la dedicación de una iglesia es un
momento de intensa y común alegría espiritual para todo el pueblo de Dios que
vive en el territorio: de todo corazón me uno a vuestra alegría.
Saludo con afecto al cardenal vicario de Roma Camillo Ruini; al obispo auxiliar
del sector sur, monseñor Paolino Schiavon; y al auxiliar monseñor Ernesto
Mandara, secretario de la Obra romana para la preservación de la fe y para la
provisión de nuevas iglesias en Roma. A ellos y a cuantos, de diversas maneras,
han contribuido a la realización de este nuevo centro parroquial expreso mi
sincero agradecimiento.
Esta parroquia se inaugura durante el período de Adviento que, desde hace ya
dieciséis años, la diócesis de Roma dedica a la sensibilización y a la
recaudación de fondos para la realización de nuevas iglesias en las zonas
periféricas de la ciudad. Se suma a los más de cincuenta complejos parroquiales
ya realizados durante estos años gracias al esfuerzo económico del Vicariato, a
la contribución de numerosos fieles y a la atención de las autoridades civiles.
Pido a todos los fieles y ciudadanos de buena voluntad que sigan ayudando con
generosidad, para que puedan tener cuanto antes una sede de su parroquia los
barrios que carecen de ella. Sobre todo, en nuestro contexto social ampliamente
secularizado, la parroquia es un faro que irradia la luz de la fe y así responde
a los deseos más profundos y verdaderos del corazón del hombre, dando
significado y esperanza a la vida de las personas y de las familias.
Saludo a vuestro párroco, a los sacerdotes, sus colaboradores, a los miembros
del consejo pastoral parroquial y a los demás laicos comprometidos en las
diversas actividades pastorales. Os saludo con afecto a cada uno. Vuestra
comunidad es viva y joven. Joven por su fundación, que tuvo lugar en 1989, y aún
más por el inicio efectivo de sus actividades. Joven porque en este barrio,
Torrino norte, es joven la gran mayoría de las familias y, por tanto, hay
numerosos niños y muchachos. Así pues, vuestra comunidad tiene la ardua y
fascinante tarea de educar a sus hijos en la vida y en la alegría de la fe.
Espero que juntos, con espíritu de sincera comunión, os comprometáis en la
preparación de los sacramentos de iniciación cristiana y ayudéis a vuestros
muchachos, que de ahora en adelante podrán encontrar aquí locales acogedores y
estructuras adecuadas, a crecer en el amor y en la fidelidad al Señor.
Queridos hermanos y hermanas, estamos dedicando una iglesia, un edificio en el
que Dios y el hombre quieren encontrarse; una casa para reunirnos, en la que
somos atraídos hacia Dios; y estar con Dios nos une los unos a los otros. Las
tres lecturas de esta solemne liturgia quieren mostrarnos, bajo aspectos muy
diversos, el significado de un edificio sagrado como casa de Dios y como casa de
los hombres. En las tres lecturas que hemos escuchado encontramos tres grandes
temas: en la primera lectura, la palabra de Dios que congrega a los hombres; en
la segunda, la ciudad de Dios que, al mismo tiempo, aparece como esposa; y, por
último, la confesión de Jesucristo como Hijo de Dios encarnado, hecha primero
por Pedro, que puso así el inicio de la Iglesia viva que se manifiesta en el
edificio material de toda iglesia. Escuchemos ahora con más detalle qué nos
dicen las tres lecturas.
Ante todo, está el relato de la reconstrucción del pueblo de Israel, de la
ciudad santa, Jerusalén, y del templo después del retorno del exilio. Tras el
gran optimismo de la repatriación, el pueblo al llegar se encuentra un país
desierto. ¿Cómo reconstruirlo? La reconstrucción externa, tan necesaria, no
puede progresar si antes no se reconstituye el pueblo mismo como pueblo, si no
se aplica de verdad un criterio común de justicia que una a todos y regule la
vida y la actividad de cada uno.
El pueblo, tras el retorno, necesita, por decirlo así, una "Constitución", una
ley fundamental para su vida. Y sabe que esta Constitución, para ser justa y
duradera, en definitiva, para llevar a la justicia, no puede ser fruto de una
invención autónoma suya. El hombre no puede inventar la verdadera justicia; más
bien, debe descubrirla. En otras palabras, debe venir de Dios, que es la
justicia. Por tanto, la palabra de Dios reconstruye la ciudad.
Lo que la lectura nos narra trae a la memoria el acontecimiento del Sinaí. Hace
presente el acontecimiento del Sinaí: se lee y explica solemnemente la palabra
santa de Dios, que indica a los hombres el camino de la justicia. Así se hace
presente como una fuerza que, desde dentro, edifica nuevamente el país. Esto
sucede el último día del año. La palabra de Dios inaugura un nuevo año, inaugura
una nueva hora de la historia. La palabra de Dios es siempre fuerza de
renovación, que da sentido y orden a nuestro tiempo. Al final de la lectura
llega la alegría: se invita a los hombres al banquete solemne; se los exhorta a
dar a los que no tienen nada y a unir así a todos en la comunión de la alegría,
que se basa en la palabra de Dios.
La última palabra de esta lectura es la hermosa expresión: la alegría del Señor
es nuestra fuerza. Creo que no es difícil constatar cómo estas palabras del
Antiguo Testamento son ahora una realidad para nosotros. El edificio de la
iglesia existe para que nosotros podamos escuchar, explicar y comprender la
palabra de Dios; existe para que la palabra de Dios actúe entre nosotros como
fuerza que crea justicia y amor. En especial, existe para que en él pueda
comenzar la fiesta en la que Dios quiere que participe la humanidad, no sólo al
final de los tiempos, sino ya ahora mismo. Existe para que nosotros conozcamos
lo que es justo y bueno, y la palabra de Dios es la única fuente para conocer y
dar fuerza a este conocimiento de lo justo y lo bueno.
Por tanto, el edificio existe para que aprendamos a vivir la alegría del Señor,
que es nuestra fuerza. Pidamos al Señor que nos haga sentirnos felices con su
palabra; que nos haga sentirnos felices con la fe, para que esta alegría nos
renueve a nosotros mismos y al mundo.
Por tanto, la lectura de la palabra de Dios, la renovación de la revelación del
Sinaí después del exilio, sirvió entonces para la comunión con Dios y entre los
hombres. Esta comunión se expresó en la reconstrucción del templo, de la ciudad
y de sus murallas. Palabra de Dios y edificación de la ciudad, en el libro de
Nehemías, están en estrecha relación: por una parte, sin la palabra de Dios
no existe ni ciudad ni comunidad; por otra, la palabra de Dios no es sólo
discurso, sino que lleva a edificar, es una Palabra que construye.
Los textos siguientes del libro de Nehemías sobre la construcción de las
murallas de la ciudad, en una primera lectura de sus detalles, son muy concretos
e incluso prosaicos. Sin embargo, constituyen un tema verdaderamente espiritual
y teológico. Una palabra profética de aquella época dice que Dios mismo hace de
muralla de fuego en torno a Jerusalén (cf. Zc 2, 8 s). Dios mismo es la
defensa viva de la ciudad, no sólo en aquel tiempo, sino siempre.
Así, la narración veterotestamentaria nos introduce en la visión del
Apocalipsis, que hemos escuchado como segunda lectura. Sólo quisiera poner
de relieve dos aspectos de esta visión. La ciudad es esposa. No es solamente un
edificio de piedra. Todo lo que, con grandiosas imágenes, se dice sobre la
ciudad remite a algo vivo: a la Iglesia de piedras vivas, en la que ya ahora se
forma la ciudad futura. Remite al pueblo nuevo que, en la fracción del pan, se
convierte en un solo cuerpo con Cristo (cf. 1 Co 10, 16 s). Como el
hombre y la mujer, en su amor, son "una sola carne", así Cristo y la humanidad
congregada en la Iglesia se convierten, mediante el amor de Cristo, en "un solo
espíritu" (cf. 1 Co 6, 17; Ef 5, 29 ss).
San Pablo llama a Cristo el nuevo, el último Adán: el hombre definitivo. Y lo
llama "espíritu que da vida" (1 Co 15, 45). Con él somos uno; con él, la
Iglesia llega a ser espíritu que da vida. La ciudad santa, en la que ya no
existe un templo, porque está inhabitada por Dios, es la imagen de esta
comunidad que se forma a partir de Cristo.
El otro aspecto que quisiera mencionar son los doce cimientos de la ciudad,
sobre los cuales están los nombres de los doce Apóstoles. Los cimientos de la
ciudad no son piedras materiales, sino seres humanos: son los Apóstoles con el
testimonio de su fe. Los Apóstoles siguen siendo los cimientos de la nueva
ciudad, de la Iglesia, mediante el ministerio de la sucesión apostólica:
mediante los obispos. Las velas que encendemos en las paredes de la iglesia, en
los lugares donde se harán las unciones, recuerdan precisamente a los
Apóstoles: su fe es la verdadera luz que ilumina a la Iglesia. Y, al mismo
tiempo, es el fundamento en el que se apoya. La fe de los Apóstoles no es algo
anticuado. Puesto que es verdad, es el fundamento en el que nos apoyamos, es la
luz por la que vemos.
Pasemos al Evangelio. ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! La profesión de fe de
san Pedro es el fundamento inquebrantable de la Iglesia. Junto con san Pedro,
decimos hoy a Jesús: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". La palabra de
Dios no es solamente palabra. En Jesucristo la Palabra está presente en medio de
nosotros como Persona. Este es el objetivo más profundo de la existencia de este
edificio sagrado: la iglesia existe para que en ella encontremos a Cristo, el
Hijo del Dios vivo.
Dios tiene un rostro. Dios tiene un nombre. En Cristo, Dios se ha encarnado y se
entrega a nosotros en el misterio de la santísima Eucaristía. La Palabra es
carne. Se entrega a nosotros bajo las apariencias del pan, y así se convierte
verdaderamente en el Pan del que vivimos. Los hombres vivimos de la Verdad. Esta
Verdad es Persona: nos habla y le hablamos. La iglesia es el lugar del
encuentro con el Hijo del Dios vivo, y así es el lugar de encuentro entre
nosotros. Esta es la alegría que Dios nos da: que él se ha hecho uno de
nosotros, que nosotros podemos casi tocarlo y que él vive con nosotros.
Realmente, la alegría de Dios es nuestra fuerza.
Así el evangelio finalmente nos introduce en la hora que estamos viviendo hoy.
Nos conduce a María, a quien aquí honramos como Estrella de la Evangelización.
En la hora decisiva de la historia humana, María se ofreció a sí misma a Dios,
ofreció su cuerpo y su alma como morada. En ella y de ella el Hijo de Dios
asumió la carne. Por medio de ella la Palabra se hizo carne (cf. Jn 1,
14). Así María nos dice lo que es el Adviento: ir al encuentro del Señor que
viene a nuestro encuentro. Esperarlo, escucharlo y contemplarlo. María nos
explica para qué existen los edificios de las iglesias: existen para que
acojamos en nuestro interior la palabra de Dios; para que dentro de nosotros y
por medio de nosotros la Palabra pueda encarnarse también hoy.
Así, la saludamos como Estrella de la Evangelización: Santa María, Madre de
Dios, ruega por nosotros, para que vivamos el Evangelio. Ayúdanos a no esconder
la luz del Evangelio debajo del celemín de nuestra poca fe. Ayúdanos a ser, en
virtud del Evangelio, luz para el mundo, a fin de que los hombres puedan ver el
bien y glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 14 ss).
Amén.
© Copyright 2006 - Libreria
Editrice Vaticana
|