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MISA EN LA CAPILLA DEL CENTRO PENITENCIARIO PARA MENORES
DE CASAL DEL MARMO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Roma, domingo 18 de
marzo de 2007
Queridos hermanos y hermanas;
queridos muchachos y muchachas:
He venido de buen grado a visitaros, y el momento más importante de nuestro
encuentro es la santa misa, en la que se renueva el don del amor de Dios: amor
que nos consuela y da paz, especialmente en los momentos difíciles de la vida.
En este clima de oración quisiera dirigiros mi saludo a cada uno de vosotros: al ministro de Justicia, honorable Clemente Mastella, al que expreso en especial
mi agradecimiento; al jefe del Departamento de justicia para menores, señora
Melita Cavallo; a las demás autoridades que han participado; a los responsables,
a los agentes, a los educadores y al personal de este establecimiento penal para
menores, a los voluntarios, a los familiares y a todos los presentes. Saludo al
cardenal vicario y al obispo auxiliar, monseñor Benedetto Tuzia. De modo
especial, saludo a monseñor Giorgio Caniato, inspector general de los capellanes
de los Institutos de prevención y pena, y a vuestro capellán, a quienes doy las
gracias por haberse hecho intérpretes de vuestros sentimientos al inicio de la
santa misa.
En la celebración eucarística es Cristo mismo quien se hace presente en medio de
nosotros; más aún, viene a iluminarnos con su enseñanza, en la liturgia de la
Palabra, y a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre, en la liturgia eucarística
y en la Comunión. De este modo viene a enseñarnos a amar, viene a capacitarnos
para amar y, así, para vivir. Pero, tal vez digáis, ¡cuán difícil es amar en
serio, vivir bien! ¿Cuál es el secreto del amor, el secreto de la vida? Volvamos
al evangelio. En este evangelio aparecen tres personas: el padre y sus dos
hijos. Pero detrás de las personas hay dos proyectos de vida bastante diversos.
Ambos hijos viven en paz, son agricultores muy ricos; por tanto, tienen con qué
vivir, venden bien sus productos, su vida parece buena.
Y, sin embargo, el hijo más joven siente poco a poco que esta vida es aburrida,
que no le satisface. Piensa que no puede vivir así toda la vida: levantarse
cada día, no sé, quizá a las 6; después, según las tradiciones de Israel, una
oración, una lectura de la sagrada Biblia; luego, el trabajo y, al final, otra
vez una oración. Así, día tras día; él piensa: no, la vida es algo más, debo
encontrar otra vida, en la que sea realmente libre, en la que pueda hacer todo
lo que me agrada; una vida libre de esta disciplina y de estas normas de los
mandamientos de Dios, de las órdenes de mi padre; quisiera estar solo y que mi
vida sea totalmente mía, con todos sus placeres. En cambio, ahora es solamente
trabajo.
Así, decide tomar todo su patrimonio y marcharse. Su padre es muy respetuoso y
generoso; respeta la libertad de su hijo: es él quien debe encontrar su
proyecto de vida. Y el joven, como dice el evangelio, se va a un país muy
lejano. Probablemente lejano desde un punto de vista geográfico, porque quiere
un cambio, pero también desde un punto de vista interior, porque quiere una vida
totalmente diversa. Ahora su idea es: libertad, hacer lo que me agrade, no
reconocer estas normas de un Dios que es lejano, no estar en la cárcel de esta
disciplina de la casa, hacer lo que me guste, lo que me agrade, vivir la vida
con toda su belleza y su plenitud.
Y en un primer momento —quizá durante algunos meses— todo va bien: cree que es
hermoso haber alcanzado finalmente la vida, se siente feliz. Pero después, poco
a poco, siente también aquí el aburrimiento, también aquí es siempre lo mismo. Y
al final queda un vacío cada vez más inquietante; percibe cada vez con mayor
intensidad que esa vida no es aún la vida; más aún, se da cuenta de que,
continuando de esa forma, la vida se aleja cada vez más. Todo resulta vacío:
también ahora aparece de nuevo la esclavitud de hacer las mismas
cosas. Y al final también el dinero se acaba, y el joven se da cuenta de que su
nivel de vida está por debajo del de los cerdos.
Entonces comienza a recapacitar y se pregunta si ese era realmente el camino de
la vida: una libertad interpretada como hacer lo que me agrada, vivir sólo para
mí; o si, en cambio, no sería quizá mejor vivir para los demás, contribuir a la
construcción del mundo, al crecimiento de la comunidad humana... Así comienza el
nuevo camino, un camino interior. El muchacho reflexiona y considera todos estos
aspectos nuevos del problema y comienza a ver que era mucho más libre en su
casa, siendo propietario también él, contribuyendo a la construcción de la casa
y de la sociedad en comunión con el Creador, conociendo la finalidad de su vida,
descubriendo el proyecto que Dios tenía para él.
En este camino interior, en esta maduración de un nuevo proyecto de vida,
viviendo también el camino exterior, el hijo más joven se dispone a volver para
recomenzar su vida, porque ya ha comprendido que había emprendido el camino
equivocado. Se dice a sí mismo: debo volver a empezar con otro concepto, debo
recomenzar.
Y llega a la casa del padre, que le dejó su libertad para darle la posibilidad
de comprender interiormente lo que significa vivir, y lo que significa no vivir.
El padre, con todo su amor, lo abraza, le ofrece una fiesta, y la vida puede
comenzar de nuevo partiendo de esta fiesta. El hijo comprende que precisamente
el trabajo, la humildad, la disciplina de cada día crea la verdadera fiesta y la
verdadera libertad. Así, vuelve a casa interiormente madurado y purificado: ha
comprendido lo que significa vivir.
Ciertamente, en el futuro su vida tampoco será fácil, las tentaciones volverán,
pero él ya es plenamente consciente de que una vida sin Dios no funciona: falta
lo esencial, falta la luz, falta el porqué, falta el gran sentido de ser hombre.
Ha comprendido que sólo podemos conocer a Dios por su Palabra. Los cristianos
podemos añadir que sabemos quién es Dios gracias a Jesús, en el que se nos ha
mostrado realmente el rostro de Dios.
El joven comprende que los mandamientos de Dios no son obstáculos para la
libertad y para una vida bella, sino que son las señales que indican el camino
que hay que recorrer para encontrar la vida. Comprende que también el trabajo,
la disciplina, vivir no para sí mismo sino para los demás, alarga la vida. Y
precisamente este esfuerzo de comprometerse en el trabajo da profundidad a la
vida, porque al final se experimenta la satisfacción de haber contribuido a
hacer crecer este mundo, que llega a ser más libre y más bello.
No quisiera hablar ahora del otro hijo, que permaneció en casa, pero por su
reacción de envidia vemos que interiormente también él soñaba que quizá sería
mucho mejor disfrutar de todas las libertades. También él en su interior debe
"volver a casa" y comprender de nuevo qué significa la vida; comprende que sólo
se vive verdaderamente con Dios, con su palabra, en la comunión de su familia,
del trabajo; en la comunión de la gran familia de Dios. No quisiera entrar ahora
en estos detalles: dejemos que cada uno se aplique a su modo este evangelio.
Nuestras situaciones son diversas, y cada uno tiene su mundo. Esto no quita que
todos seamos interpelados y que todos podamos entrar, a través de nuestro camino
interior, en la profundidad del Evangelio.
Añado sólo algunas breves observaciones. El evangelio nos ayuda a comprender
quién es verdaderamente Dios: es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama
sin medida. Los errores que cometemos, aunque sean grandes, no menoscaban la
fidelidad de su amor. En el sacramento de la Confesión podemos recomenzar
siempre de nuevo con la vida: él nos acoge, nos devuelve la dignidad de hijos
suyos. Por tanto, redescubramos este sacramento del perdón, que hace brotar la
alegría en un corazón que renace a la vida verdadera.
Además, esta parábola nos ayuda a comprender quién es el hombre: no es una "mónada",
una entidad aislada que vive sólo para sí misma y debe tener la vida sólo para
sí misma. Al contrario, vivimos con los demás, hemos sido creados juntamente con
los demás, y sólo estando con los demás, entregándonos a los demás, encontramos
la vida. El hombre es una criatura en la que Dios ha impreso su imagen, una
criatura que es atraída al horizonte de su gracia, pero también es una criatura
frágil, expuesta al mal; pero también es capaz de hacer el bien.
Y, por último, el hombre es una persona libre. Debemos comprender lo que es la
libertad y lo que es sólo apariencia de libertad. Podríamos decir que la
libertad es un trampolín para lanzarse al mar infinito de la bondad divina, pero
puede transformarse también en un plano inclinado por el cual deslizarse hacia
el abismo del pecado y del mal, perdiendo así también la libertad y nuestra
dignidad.
Queridos amigos, estamos en el tiempo de la Cuaresma, de los cuarenta días antes
de la Pascua. En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos ayuda a recorrer este
camino interior y nos invita a la conversión que, antes que ser un esfuerzo
siempre importante para cambiar nuestra conducta, es una oportunidad para
decidir levantarnos y recomenzar, es decir, abandonar el pecado y elegir volver
a Dios.
Recorramos juntos este camino de liberación interior; este es el imperativo de
la Cuaresma. Cada vez que, como hoy, participamos en la Eucaristía, fuente y
escuela del amor, nos hacemos capaces de vivir este amor, de anunciarlo y
testimoniarlo con nuestra vida. Pero es necesario que decidamos ir a Jesús, como
hizo el hijo pródigo, volviendo interior y exteriormente al padre. Al mismo
tiempo, debemos abandonar la actitud egoísta del hijo mayor, seguro de sí, que
condena fácilmente a los demás, cierra el corazón a la comprensión, a la acogida
y al perdón de los hermanos, y olvida que también él necesita el perdón.
Que nos obtengan este don la Virgen María y san José, mi patrono, cuya fiesta
celebraremos mañana, y a quien ahora invoco de modo particular por cada uno de
vosotros y por vuestros seres queridos.
© Copyright 2007 - Libreria
Editrice Vaticana
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