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SANTA MISA EN LA CAPILLA SIXTINA
Y ADMINISTRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Fiesta del Bautismo del Señor
Domingo 13 de enero de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de hoy es siempre para mí motivo de especial alegría. En efecto,
administrar el sacramento del bautismo en el día de la fiesta del Bautismo del
Señor es, en realidad, uno de los momentos más expresivos de nuestra fe, en la
que podemos ver de algún modo, a través de los signos de la liturgia, el
misterio de la vida. En primer lugar, la vida humana, representada aquí en
particular por estos trece niños que son el fruto de vuestro amor, queridos
padres, a los cuales dirijo mi saludo cordial, extendiéndolo a los padrinos, a
las madrinas y a los demás parientes y amigos presentes. Está, luego, el
misterio de la vida divina, que hoy Dios dona a estos pequeños mediante el
renacimiento por el agua y el Espíritu Santo. Dios es vida, como está
representado estupendamente también en algunas pinturas que embellecen esta
Capilla Sixtina.
Sin embargo, no debe parecernos fuera de lugar comparar inmediatamente la
experiencia de la vida con la experiencia opuesta, es decir, con la realidad de
la muerte. Todo lo que comienza en la tierra, antes o después termina, como la
hierba del campo, que brota por la mañana y se marchita al atardecer. Pero en el
bautismo el pequeño ser humano recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que
lo capacita para entrar en relación personal con el Creador, y esto para
siempre, para toda la eternidad.
Por desgracia, el hombre es capaz de apagar esta nueva vida con su pecado,
reduciéndose a una situación que la sagrada Escritura llama "segunda muerte".
Mientras que en las demás criaturas, que no están llamadas a la eternidad, la
muerte significa solamente el fin de la existencia en la tierra, en nosotros el
pecado crea una vorágine que amenaza con tragarnos para siempre, si el Padre que
está en los cielos no nos tiende su mano.
Este es, queridos hermanos, el misterio del bautismo: Dios ha querido salvarnos
yendo él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo
hombre, incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el cielo, pueda encontrar
la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a
ver la luz para la que ha sido creado. Todos sentimos, todos percibimos
interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida que invoca una
plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el bautismo.
Acabamos de oír el relato del bautismo de Jesús en el Jordán. Fue un bautismo
diverso del que estos niños van a recibir, pero tiene una profunda relación con
él. En el fondo, todo el misterio de Cristo en el mundo se puede resumir con
esta palabra: "bautismo", que en griego significa "inmersión". El Hijo de Dios,
que desde la eternidad comparte con el Padre y con el Espíritu Santo la plenitud
de la vida, se "sumergió" en nuestra realidad de pecadores para hacernos
participar en su misma vida: se encarnó, nació como nosotros, creció como
nosotros y, al llegar a la edad adulta, manifestó su misión iniciándola
precisamente con el "bautismo de conversión", que recibió de Juan el Bautista.
Su primer acto público, como acabamos de escuchar, fue bajar al Jordán, entre
los pecadores penitentes, para recibir aquel bautismo. Naturalmente, Juan no
quería, pero Jesús insistió, porque esa era la voluntad del Padre (cf. Mt
3, 13-15).
¿Por qué el Padre quiso eso? ¿Por qué mandó a su Hijo unigénito al mundo como
Cordero para que tomara sobre sí el pecado del mundo? (cf. Jn 1, 29). El
evangelista narra que, cuando Jesús salió del agua, se posó sobre él el Espíritu
Santo en forma de paloma, mientras la voz del Padre desde el cielo lo proclamaba
"Hijo predilecto" (Mt 3, 17). Por tanto, desde aquel momento Jesús fue
revelado como aquel que venía para bautizar a la humanidad en el Espíritu
Santo: venía a traer a los hombres la vida en abundancia (cf. Jn 10,
10), la vida eterna, que resucita al ser humano y lo sana en su totalidad,
cuerpo y espíritu, restituyéndolo al proyecto originario para el cual fue
creado.
El fin de la existencia de Cristo fue precisamente dar a la humanidad la vida de
Dios, su Espíritu de amor, para que todo hombre pueda acudir a este manantial
inagotable de salvación. Por eso san Pablo escribe a los Romanos que hemos sido
bautizados en la muerte de Cristo para tener su misma vida de resucitado (cf.
Rm 6, 3-4). Y por eso mismo los padres cristianos, como hoy vosotros, tan
pronto como les es posible, llevan a sus hijos a la pila bautismal, sabiendo que
la vida que les han transmitido invoca una plenitud, una salvación que sólo Dios
puede dar. De este modo los padres se convierten en colaboradores de Dios no
sólo en la transmisión de la vida física sino también de la vida espiritual a
sus hijos.
Queridos padres, juntamente con vosotros doy gracias al Señor por el don de
estos niños e invoco su asistencia para que os ayude a educarlos y a insertarlos
en el Cuerpo espiritual de la Iglesia. A la vez que les ofrecéis lo que es
necesario para el crecimiento y para la salud, vosotros, con la ayuda de los
padrinos, os habéis comprometido a desarrollar en ellos la fe, la esperanza y la
caridad, las virtudes teologales que son propias de la vida nueva que han
recibido con el sacramento del bautismo.
Aseguraréis esto con vuestra presencia, con vuestro afecto; y lo aseguraréis,
ante todo y sobre todo, con la oración, presentándolos diariamente a Dios,
encomendándolos a él en cada etapa de su existencia. Ciertamente, para crecer
sanos y fuertes, estos niños y niñas necesitarán cuidados materiales y muchas
atenciones; pero lo que les será más necesario, más aún indispensable, es
conocer, amar y servir fielmente a Dios, para tener la vida eterna. Queridos
padres, sed para ellos los primeros testigos de una fe auténtica en Dios.
En el rito del bautismo hay un signo elocuente, que expresa precisamente la
transmisión de la fe: es la entrega, a cada uno de los bautizandos, de una vela
encendida en la llama del cirio pascual: es la luz de Cristo resucitado que os
comprometéis a transmitir a vuestros hijos. Así, de generación en generación,
los cristianos nos transmitimos la luz de Cristo, de modo que, cuando vuelva,
nos encuentre con esta llama ardiendo entre las manos.
Durante el rito, os diré: "A vosotros, padres y padrinos, se os confía este
signo pascual, una llama que debéis alimentar siempre". Alimentad siempre,
queridos hermanos y hermanas, la llama de la fe con la escucha y la meditación
de la palabra de Dios y con la Comunión asidua de Jesús Eucaristía.
Que en esta misión estupenda, aunque difícil, os ayuden los santos protectores
cuyos nombres recibirán estos trece niños. Que estos santos les ayuden sobre
todo a ellos, los bautizandos, a corresponder a vuestra solicitud de padres
cristianos. En particular, que la Virgen María los acompañe a ellos y a
vosotros, queridos padres, ahora y siempre. Amén.
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Editrice Vaticana
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