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CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS EN LA
FIESTA DE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO COMO CONCLUSIÓN DE LA SEMANA DE ORACIÓN PARA LA UNIDAD DE
LOS CRISTIANOS
HOMILÍA
DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
Basílica de San Pablo extramuros
Viernes 25 de enero de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
La fiesta de la Conversión de San Pablo nos pone nuevamente en la presencia de
este gran Apóstol, escogido por Dios para ser su "testigo ante todos los
hombres" (Hch 22, 15). Para Saulo de Tarso el momento del encuentro con
Cristo resucitado en el camino de Damasco marcó el cambio decisivo de su vida.
Se realizó entonces su completa transformación, una auténtica conversión
espiritual. En un instante, por intervención divina, el encarnizado perseguidor
de la Iglesia de Dios se encontró a sí mismo ciego, inmerso en la oscuridad,
pero con el corazón invadido por una gran luz, que lo llevaría en poco tiempo a
ser un ardiente apóstol del Evangelio.
San Pablo siempre tuvo la certeza de que sólo la gracia divina había podido
realizar una conversión semejante. Cuando había dado ya lo mejor de sí,
dedicándose incansablemente a la predicación del Evangelio, escribió con
renovado fervor: "He trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia
de Dios que está conmigo" (1 Co 15, 10). Sin embargo, incansable como si
la obra de la misión dependiera enteramente de sus esfuerzos, san Pablo estuvo
siempre animado por la profunda convicción de que toda su fuerza procedía de la
gracia de Dios que actuaba en él.
Esta tarde, las palabras del Apóstol sobre la relación entre esfuerzo humano y
gracia divina resuenan llenas de un significado muy particular. Al concluir la
Semana de oración por la unidad de los cristianos, somos aún más conscientes de
que la obra del restablecimiento de la unidad, que requiere nuestra energía y
nuestro esfuerzo, es en cualquier caso infinitamente superior a nuestras
posibilidades. La unidad con Dios y con nuestros hermanos y hermanas es un don
que viene de lo alto, que brota de la comunión de amor entre el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo, y que en ella se incrementa y se perfecciona.
No está en nuestro poder decidir cuándo o cómo se realizará plenamente esta
unidad. Sólo Dios podrá hacerlo. Como san Pablo, también nosotros ponemos
nuestra esperanza y nuestra confianza "en la gracia de Dios que está con
nosotros". Queridos hermanos y hermanas, esto es lo que quiere implorar la
oración que elevamos juntos al Señor, para que sea él quien nos ilumine y
sostenga en nuestra búsqueda constante de la unidad.
Así, asume su valor más pleno la exhortación de san Pablo a los cristianos de
Tesalónica: "Orad sin cesar" (1 Ts 5, 17), que se ha escogido como tema
de la Semana de oración de este año. El Apóstol conoce bien a esa comunidad,
nacida de su actividad misionera, y alberga grandes esperanzas respecto de ella.
Conoce tanto sus méritos como sus debilidades. En efecto, entre sus miembros no
faltan comportamientos, actitudes y debates que pueden crear tensiones y
conflictos, y san Pablo interviene para ayudar a la comunidad a caminar en la
unidad y en la paz.
En la conclusión de la carta, con una bondad casi paterna, añade una serie de
exhortaciones muy concretas, invitando a los cristianos a fomentar la
participación de todos, a sostener a los débiles, a ser pacientes, a no devolver
a nadie mal por mal, a buscar siempre el bien, a estar siempre alegres y a dar
gracias a Dios en toda circunstancia (cf. 1 Ts 5, 12-22). En el centro de
estas exhortaciones pone el imperativo "orad sin cesar". En efecto, las demás
recomendaciones perderían fuerza y coherencia si no estuvieran sostenidas por la
oración. La unidad con Dios y con los demás se construye ante todo mediante una
vida de oración, en la búsqueda constante de la "voluntad de Dios en Cristo
Jesús con respecto a nosotros" (cf. 1 Ts 5, 18).
La invitación de san Pablo a los Tesalonicenses sigue siendo siempre actual.
Frente a las debilidades y los pecados que impiden aún la comunión plena de los
cristianos, cada una de esas exhortaciones ha mantenido su pertinencia, pero eso
es verdad de modo especial para el imperativo: "orad sin cesar". ¿Qué sería el
movimiento ecuménico sin la oración personal o común, para que "todos sean uno,
como tú, Padre, en mí y yo en ti"? (Jn 17, 21). ¿Dónde podremos encontrar
el "impulso suplementario" de fe, caridad y esperanza que hoy necesita de modo
particular nuestra búsqueda de la unidad?
Nuestro anhelo de unidad no debería limitarse a ocasiones esporádicas, sino que
ha de formar parte integrante de toda nuestra vida de oración. Los artífices de
la reconciliación y de la unidad en todas las épocas de la historia han sido
hombres y mujeres formados en la palabra de Dios y en la oración. Ha sido la
oración la que abrió el camino al movimiento ecuménico tal como lo conocemos
hoy. De hecho, desde mediados del siglo XVIII, surgieron varios movimientos de
renovación espiritual, deseosos de contribuir por medio de la oración a la
promoción de la unidad de los cristianos. Desde el inicio, grupos de católicos,
animados por destacadas personalidades religiosas, participaron activamente en
esas iniciativas.
La oración por la unidad fue apoyada también por mis venerados predecesores,
como el Papa León XIII, el cual, ya en el año 1895, recomendó la introducción de
una novena de oración por la unidad de los cristianos. Estos esfuerzos,
realizados según las posibilidades de la Iglesia de ese tiempo, pretendían hacer
realidad la oración pronunciada por Jesús mismo en el Cenáculo: "Que todos sean
uno" (Jn 17, 21). Por tanto, no existe un ecumenismo auténtico que no
hunda sus raíces en la oración.
Este año celebramos el centenario del "Octavario por la unidad de la Iglesia",
que más tarde se convirtió en la "Semana de oración por la unidad de los
cristianos". Hace cien años, el padre Paul Wattson, entonces aún ministro
episcopaliano, ideó un octavario de oración por la unidad, que se celebró por
primera vez en Graymoor (Nueva York) del 18 al 25 de enero de 1908. Esta tarde
dirijo con gran alegría mi saludo al ministro general y a la delegación
internacional de los Hermanos y las Hermanas franciscanos del Atonement,
congregación fundada por el padre Paul Wattson y promotora de su herencia
espiritual.
En la década de 1930, el octavario de oración experimentó importantes
adaptaciones sobre todo por obra del abad Paul Couturier, de Lyon, también él
gran promotor del ecumenismo espiritual. Su invitación a "orar por la unidad de
la Iglesia tal como Cristo la quiere y con los medios que él quiere", permitió a
cristianos de todas las tradiciones unirse en una sola plegaria por la unidad.
Demos gracias a Dios por el gran movimiento de oración que, desde hace cien
años, acompaña y sostiene a los creyentes en Cristo en su búsqueda de unidad. La
barca del ecumenismo nunca habría zarpado del puerto si no hubiera sido movida
por esta amplia corriente de oración e impulsada por el soplo del Espíritu
Santo.
Conjuntamente con la Semana de oración, muchas comunidades religiosas y
monásticas han invitado y ayudado a sus miembros a "orar sin cesar" por la
unidad de los cristianos. En esta ocasión, aquí reunidos, recordamos en
particular la vida y el testimonio de sor María Gabriela de la Unidad
(1914-1936), religiosa trapense del monasterio de Grottaferrata (actualmente en
Vitorchiano). Cuando su superiora, animada por el abad Paul Couturier, invitó a
las hermanas a orar y a entregarse por la unidad de los cristianos, sor María
Gabriela se sintió inmediatamente comprometida y no dudó en dedicar su joven
existencia a esta gran causa.
Hoy mismo se cumple el vigésimo quinto aniversario de su beatificación, llevada
a cabo por mi predecesor el Papa Juan Pablo II. Ese acontecimiento tuvo lugar en
esta basílica precisamente el 25 de enero de 1983, durante la celebración de
clausura de la Semana de oración por la unidad. En su homilía, el siervo de Dios
subrayó los tres elementos sobre los cuales se construye la búsqueda de la
unidad: la conversión, la cruz y la oración. Sobre estos tres elementos se
apoyaron la vida y el testimonio de sor María Gabriela. Hoy como ayer, el
ecumenismo tiene gran necesidad del inmenso "monasterio invisible" del que
hablaba el abad Paul Couturier, es decir, de la amplia comunidad de cristianos
de todas las tradiciones que, sin hacer ruido, oran y ofrecen su vida para que
se realice la unidad.
Además, desde hace exactamente cuarenta años, las comunidades cristianas de todo
el mundo reciben para la Semana meditaciones y plegarias preparadas
conjuntamente por la comisión "Fe y constitución" del Consejo mundial de
Iglesias y por el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los
cristianos. Esta feliz colaboración ha permitido ampliar el vasto círculo de
oración y preparar sus contenidos de un modo más adecuado.
Esta tarde, saludo cordialmente al reverendo doctor Samuel Kobia, secretario
general del Consejo mundial de Iglesias, que ha venido a Roma para unirse a
nosotros en el centenario de la Semana de oración. Me alegra la presencia de los
miembros del "grupo mixto de trabajo", a quienes saludo con afecto. El grupo
mixto es el instrumento de cooperación entre la Iglesia católica y el Consejo
mundial de Iglesias en la búsqueda común de unidad.
Y, como cada año, también dirijo mi saludo fraterno a los obispos, a los
sacerdotes, a los pastores de las diversas Iglesias y comunidades eclesiales que
tienen aquí en Roma sus representantes. Vuestra participación en esta oración es
manifestación palpable de los vínculos que nos unen en Cristo Jesús: "Porque
donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt
18, 20).
En esta histórica basílica, el próximo día 28 de junio, se inaugurará el año
consagrado al testimonio y a la enseñanza del apóstol san Pablo. Que su
incansable celo por construir el Cuerpo de Cristo en la unidad nos ayude a orar
sin cesar por la unidad plena de todos los cristianos. Amén.
© Copyright 2008 - Libreria
Editrice Vaticana
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