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SANTA MISA CON ORDENACIONES SACERDOTALES
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Basílica de San Pedro
Domingo 27 de abril de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
Se realizan hoy para nosotros, de modo muy particular, las palabras que dicen:
"Acreciste la alegría, aumentaste el gozo" (Is 9, 2). En efecto, a la
alegría de celebrar la Eucaristía en el día del Señor, se suman el júbilo
espiritual del tiempo de Pascua, que ya ha llegado al sexto domingo, y sobre
todo la fiesta de la ordenación de nuevos sacerdotes.
Juntamente con vosotros, saludo con afecto a los veintinueve diáconos que dentro
de poco serán ordenados presbíteros. Expreso mi profundo agradecimiento a
cuantos los han guiado en su camino de discernimiento y de preparación, y os
invito a todos a dar gracias a Dios por el don de estos nuevos sacerdotes a la
Iglesia. Sostengámoslos con intensa oración durante esta celebración, con
espíritu de ferviente alabanza al Padre que los ha llamado, al Hijo que los ha
atraído a sí, y al Espíritu Santo que los ha formado.
Normalmente, la ordenación de nuevos sacerdotes tiene lugar el IV domingo de
Pascua, llamado domingo del Buen Pastor, que es también la Jornada mundial de
oración por las vocaciones, pero este año no fue posible, porque yo estaba
partiendo para mi visita pastoral a Estados Unidos. El icono del buen Pastor
ilustra mejor que cualquier otro el papel y el ministerio del presbítero en la
comunidad cristiana. Pero también los pasajes bíblicos que la liturgia de hoy
propone a nuestra meditación iluminan, desde un ángulo diverso, la misión del
sacerdote.
La primera lectura, tomada del capítulo octavo de los Hechos de los
Apóstoles, narra la misión del diácono Felipe en Samaria. Quiero atraer
inmediatamente la atención hacia la frase con que se concluye la primera parte
del texto: "La ciudad se llenó de alegría" (Hch 8, 8). Esta expresión no
comunica una idea, un concepto teológico, sino que refiere un acontecimiento
concreto, algo que cambió la vida de las personas: en una determinada ciudad de
Samaria, en el período que siguió a la primera persecución violenta contra la
Iglesia en Jerusalén (cf. Hch 8, 1), sucedió algo que "llenó de alegría".
¿Qué es lo que sucedió?
El autor sagrado narra que, para escapar a la persecución religiosa desatada en
Jerusalén contra los que se habían convertido al cristianismo, todos los
discípulos, excepto los Apóstoles, abandonaron la ciudad santa y se dispersaron
por los alrededores. De este acontecimiento doloroso surgió, de manera
misteriosa y providencial, un renovado impulso a la difusión del Evangelio.
Entre quienes se habían dispersado estaba también Felipe, uno de los siete
diáconos de la comunidad, diácono como vosotros, queridos ordenandos, aunque
ciertamente con modalidades diversas, puesto que en la etapa irrepetible de la
Iglesia naciente, el Espíritu Santo había dotado a los Apóstoles y a los
diáconos de una fuerza extraordinaria, tanto en la predicación como en la acción
taumatúrgica.
Pues bien, sucedió que los habitantes de la localidad samaritana de la que se
habla en este capítulo de los Hechos de los Apóstoles acogieron de forma unánime
el anuncio de Felipe y, gracias a su adhesión al Evangelio, Felipe pudo curar a
muchos enfermos. En aquella ciudad de Samaria, en medio de una población
tradicionalmente despreciada y casi excomulgada por los judíos, resonó el
anuncio de Cristo, que abrió a la alegría el corazón de cuantos lo acogieron con
confianza. Por eso —subraya san Lucas—, aquella ciudad "se llenó de alegría".
Queridos amigos, esta es también vuestra misión: llevar el Evangelio a todos,
para que todos experimenten la alegría de Cristo y todas las ciudades se llenen
de alegría. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Hay algo más grande, más
estimulante que cooperar a la difusión de la Palabra de vida en el mundo, que
comunicar el agua viva del Espíritu Santo? Anunciar y testimoniar la alegría es
el núcleo central de vuestra misión, queridos diáconos, que dentro de poco
seréis sacerdotes.
El apóstol san Pablo llama a los ministros del Evangelio "servidores de la
alegría". A los cristianos de Corinto, en su segunda carta, escribe: "No
es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra
alegría, pues os mantenéis firmes en la fe" (2 Co 1, 24). Son palabras
programáticas para todo sacerdote. Para ser colaboradores de la alegría de los
demás, en un mundo a menudo triste y negativo, es necesario que el fuego del
Evangelio arda dentro de vosotros, que reine en vosotros la alegría del Señor.
Sólo podréis ser mensajeros y multiplicadores de esta alegría llevándola a
todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos.
Volvamos a la primera lectura, que nos brinda otro elemento de meditación. En
ella se habla de una reunión de oración, que tiene lugar precisamente en la
ciudad samaritana evangelizada por el diácono Felipe. La presiden los apóstoles
san Pedro y san Juan, dos "columnas" de la Iglesia, que habían acudido de
Jerusalén para visitar a esa nueva comunidad y confirmarla en la fe. Gracias a
la imposición de sus manos, el Espíritu Santo descendió sobre cuantos habían
sido bautizados.
En este episodio podemos ver un primer testimonio del rito de la "Confirmación",
el segundo sacramento de la iniciación cristiana. También para nosotros, aquí
reunidos, la referencia al gesto ritual de la imposición de las manos es muy
significativo. En efecto, también es el gesto central del rito de la ordenación,
mediante el cual dentro de poco conferiré a los candidatos la dignidad
presbiteral. Es un signo inseparable de la oración, de la que constituye una
prolongación silenciosa. Sin decir ninguna palabra, el obispo consagrante y,
después de él, los demás sacerdotes ponen las manos sobre la cabeza de los
ordenandos, expresando así la invocación a Dios para que derrame su Espíritu
sobre ellos y los transforme, haciéndolos partícipes del sacerdocio de Cristo.
Se trata de pocos segundos, un tiempo brevísimo, pero lleno de extraordinaria
densidad espiritual.
Queridos ordenandos, en el futuro deberéis volver siempre a este momento, a este
gesto que no tiene nada de mágico y, sin embargo, está lleno de misterio, porque
aquí se halla el origen de vuestra nueva misión. En esa oración silenciosa tiene
lugar el encuentro entre dos libertades: la libertad de Dios, operante mediante
el Espíritu Santo, y la libertad del hombre. La imposición de las manos expresa
plásticamente la modalidad específica de este encuentro: la Iglesia,
personificada por el obispo, que está de pie con las manos extendidas, pide al
Espíritu Santo que consagre al candidato; el diácono, de rodillas, recibe la
imposición de las manos y se encomienda a dicha mediación. El conjunto de esos
gestos es importante, pero infinitamente más importante es el movimiento
espiritual, invisible, que expresa; un movimiento bien evocado por el silencio
sagrado, que lo envuelve todo, tanto en el interior como en el exterior.
También en el pasaje evangélico encontramos este misterioso "movimiento"
trinitario, que lleva al Espíritu Santo y al Hijo a habitar en los discípulos.
Aquí es Jesús mismo quien promete que pedirá al Padre que mande a los suyos el
Espíritu, definido "otro Paráclito" (Jn 14, 16), término griego que
equivale al latino ad-vocatus, abogado defensor. En efecto, el primer
Paráclito es el Hijo encarnado, que vino para defender al hombre del acusador
por antonomasia, que es satanás. En el momento en que Cristo, cumplida su
misión, vuelve al Padre, el Padre envía al Espíritu como Defensor y Consolador,
para que permanezca para siempre con los creyentes, habitando dentro de ellos.
Así, entre Dios Padre y los discípulos se entabla, gracias a la mediación del
Hijo y del Espíritu Santo, una relación íntima de reciprocidad: "Yo estoy en mi
Padre, vosotros en mí y yo en vosotros", dice Jesús (Jn 14, 20). Pero
todo esto depende de una condición, que Cristo pone claramente al inicio: "Si
me amáis" (Jn 14, 15), y que repite al final: "Al que me ama, lo amará
mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él" (Jn 14, 21). Sin el
amor a Jesús, que se manifiesta en la observancia de sus mandamientos, la
persona se excluye del movimiento trinitario y comienza a encerrarse en sí
misma, perdiendo la capacidad de recibir y comunicar a Dios.
"Si me amáis". Queridos amigos, Jesús pronunció estas palabras durante la última
Cena, en el mismo momento en que instituyó la Eucaristía y el sacerdocio. Aunque
estaban dirigidas a los Apóstoles, en cierto sentido se dirigen a todos sus
sucesores y a los sacerdotes, que son los colaboradores más estrechos de los
sucesores de los Apóstoles. Hoy las volvemos a escuchar como una invitación a
vivir cada vez con mayor coherencia nuestra vocación en la Iglesia: vosotros,
queridos ordenandos, las escucháis con particular emoción, porque precisamente
hoy Cristo os hace partícipes de su sacerdocio. Acogedlas con fe y amor. Dejad
que se graben en vuestro corazón; dejad que os acompañen a lo largo del camino
de toda vuestra vida. No las olvidéis; no las perdáis por el camino. Releedlas,
meditadlas con frecuencia y, sobre todo, orad con ellas. Así, permaneceréis
fieles al amor de Cristo y os daréis cuenta, con alegría continua, de que su
palabra divina "caminará" con vosotros y "crecerá" en vosotros.
Otra observación sobre la segunda lectura: está tomada de la primera carta
de san Pedro, cerca de cuya tumba nos encontramos y a cuya intercesión
quiero encomendaros de modo especial. Hago mías sus palabras y con afecto os las
dirijo: "Glorificad en vuestro corazón a Cristo Señor y estad siempre prontos
para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 P 3,
15). Glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, es decir, cultivad una
relación personal de amor con él, amor primero y más grande, único y
totalizador, dentro del cual vivir, purificar, iluminar y santificar todas las
demás relaciones.
"Vuestra esperanza" está vinculada a esta "glorificación", a este amor a Cristo,
que por el Espíritu, como decíamos, habita en nosotros. Nuestra esperanza,
vuestra esperanza, es Dios, en Jesús y en el Espíritu. En vosotros esta
esperanza, a partir de hoy, se convierte en "esperanza sacerdotal", la de Jesús,
buen Pastor, que habita en vosotros y da forma a vuestros deseos según su
Corazón divino: esperanza de vida y de perdón para las personas encomendadas a
vuestro cuidado pastoral; esperanza de santidad y de fecundidad apostólica para
vosotros y para toda la Iglesia; esperanza de apertura a la fe y al encuentro
con Dios para cuantos se acerquen a vosotros buscando la verdad; esperanza de
paz y de consuelo para los que sufren y para los heridos por la vida.
Queridos hermanos, en este día tan significativo para vosotros, mi deseo es que
viváis cada vez más la esperanza arraigada en la fe, y que seáis siempre
testigos y dispensadores sabios y generosos, dulces y fuertes, respetuosos y
convencidos, de esa esperanza. Que os acompañe en esta misión y os proteja
siempre la Virgen María, a quien os exhorto a acoger nuevamente, como hizo el
apóstol san Juan al pie de la cruz, como Madre y Estrella de vuestra vida y de
vuestro sacerdocio. Amén.
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Editrice Vaticana
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