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VIAJE
APOSTÓLICO
A FRANCIA CON OCASIÓN DEL 150 ANIVERSARIO
DE LAS APARICIONES DE LOURDES
(12 - 15 DE SEPTIEMBRE DE 2008)
SANTA MISA EN LA EXPLANADA DE LOS
INVÁLIDOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
París, sábado 13 de septiembre de 2008
Señor Cardenal Vingt-Trois,
Señores Cardenales y queridos Hermanos en el Episcopado,
Hermanos y hermanas en Cristo:
Jesucristo nos reúne en este maravilloso lugar, en el corazón de París, en un
día en que la Iglesia universal celebra la fiesta de San Juan Crisóstomo, uno de
sus más grandes doctores que, con su testimonio de vida y su enseñanza, mostró
eficazmente a los cristianos el camino a seguir. Saludo con gozo a todas las
Autoridades que me han acogido en esta noble ciudad, especialmente al Cardenal
André Vingt-Trois, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido.
También saludo a los Obispos, Sacerdotes y Diáconos que me acompañan en la
celebración del sacrificio de Cristo. Doy las gracias a las personalidades,
particularmente al Señor Primer Ministro, que han querido estar presentes aquí
esta mañana; les aseguro mi oración ferviente por el cumplimiento de su noble
misión de servir a sus conciudadanos.
La primera carta de San Pablo, dirigida a los Corintios, nos hace descubrir, en
este año Paulino inaugurado el pasado 28 de junio, hasta qué punto sigue siendo
actual el consejo dado por el Apóstol. “No tengáis que ver con la
idolatría” (1 Co 10, 14), escribió a una comunidad muy afectada
por el paganismo e indecisa entre la adhesión a la novedad del Evangelio y la
observancia de las viejas prácticas heredadas de sus antepasados. No tener que
ver con los ídolos significaba entonces dejar de honrar a los dioses del Olimpo,
dejar de ofrecerles sacrificios cruentos. Huir de los ídolos era seguir las
enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento, que denunciaban la tendencia
del espíritu humano a hacerse falsas representaciones de Dios. Como dice el
Salmo 113 a propósito de las estatuas de los ídolos, éstas no son más que “oro
y plata, obra de manos humanas. Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, oídos y
no oyen, narices y no huelen” (vv. 4-5). Fuera del pueblo de Israel, que
había recibido la revelación del Dios único, el mundo antiguo era esclavo del
culto a los ídolos. Los errores del paganismo, muy visibles en Corinto, debían
ser denunciados porque eran una potente alienación y desviaban al hombre de su
verdadero destino. Impedían reconocer que Cristo es el único y verdadero
Salvador, el único que indica al hombre el camino hacia Dios.
Este llamamiento a huir de los ídolos sigue siendo válido también hoy.
¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? ¿No imita, quizás
sin saberlo, a los paganos de la antigüedad, desviando al hombre de su verdadero
fin de vivir por siempre con Dios? Ésta es una cuestión que todo hombre honesto
consigo mismo se plantea un día u otro. ¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué
debo poner en primer lugar? La palabra “ídolo” viene del griego y
significa “imagen”, “figura”, “representación”, pero también “espectro”,
“fantasma”, “vana apariencia”. El ídolo es un señuelo, pues desvía a quien le
sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia. Ahora bien, ¿no
es ésta una tentación propia de nuestra época, la única sobre la que podemos
actuar de forma eficaz? Es la tentación de idolatrar un pasado que ya no existe,
olvidando sus carencias, o un futuro que aún no existe, creyendo que el ser
humano hará llegar con sus propias fuerzas el reino de la felicidad eterna sobre
la tierra. San Pablo dice a los Colosenses que la codicia insaciable es una
idolatría (cf. 3,5) y recuerda a su discípulo Timoteo que el amor al dinero es
la raíz de todos los males. Por entregarse a ella, precisa, muchos, arrastrados
por la codicia “se han apartado de la fe y se han acarreado muchos
sufrimientos” (1 Tm 6, 10). El dinero, el afán de tener, de poder
e incluso de saber, ¿acaso no desvían al hombre de su verdadero fin, de su
auténtica verdad?
Queridos hermanos y hermanas, la cuestión que plantea la liturgia de este
día encuentra su respuesta en la misma liturgia, que hemos heredado de nuestros
padres en la fe, y en particular del mismo San Pablo (cf. 1 Co 11,23).
Comentando este texto, San Juan Crisóstomo, observa que San Pablo condena
severamente la idolatría como una “falta grave”, un “escándalo”,
una verdadera “peste” (Homilía 24 sobre la primera carta a los
Corintios, 1). E inmediatamente añade que la condena radical de la idolatría
no es en modo alguno una condena de la persona del idólatra. Nunca hemos de
confundir en nuestros juicios el pecado, que es inaceptable, y el pecador del
que no podemos juzgar su estado de conciencia y que, en todo caso, siempre tiene
la posibilidad de convertirse y ser perdonado. San Pablo apela a la razón de sus
lectores, la razón de todo ser humano, testimonio poderoso de la presencia del
Creador en la criatura: “Os hablo como a gente sensata, formaos vuestro juicio
sobre lo que digo” (1 Co 10, 15). Dios, del que el Apóstol es un testigo
autorizado, nunca pide al hombre que sacrifique su razón. La razón nunca está en
contradicción real con la fe. El único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ha
creado la razón y nos da la fe, proponiendo a nuestra libertad que la reciba
como un don precioso. Lo que desencamina al hombre de esta perspectiva es el
culto a los ídolos, y la razón misma puede fabricar ídolos. Pidamos a Dios, pues,
que nos ve y nos escucha, que nos ayude a purificarnos de todos nuestros ídolos
para acceder a la verdad de nuestro ser, para acceder a la verdad de su ser
infinito.
¿Cómo llegar a Dios? ¿Cómo lograr encontrar o reencontrar a Aquel que el hombre
busca en lo más profundo de sí mismo, hasta olvidarse frecuentemente de sí? San
Pablo nos invita a usar no solamente nuestra razón, sino sobre todo nuestra fe
para descubrirlo. Ahora bien, ¿qué nos dice la fe? El pan que partimos es
comunión con el Cuerpo de Cristo; el cáliz de acción de gracias que bendecimos
es comunión con la Sangre de Cristo. Extraordinaria revelación que proviene de
Cristo y que se nos ha transmitido por los Apóstoles y toda la Iglesia desde
hace casi dos mil años: Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la
noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma
incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagración del
pan y del vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla
más humilde como en las más grandiosas basílicas y catedrales, el Señor
resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, según la famosa
expresión de San Agustín, “más íntimo en nosotros que nuestra propia intimidad”
(cf. Confesiones, III, 6.11).
Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y la
Sangre del Señor, el Santísimo Sacramento de la presencia real del Señor en su
Iglesia y en toda la humanidad. Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro
respeto y amor. Démosle nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con nuestras
palabras, silencios o gestos, quede desvaída en nosotros y en nuestro entorno la
fe en Cristo resucitado presente en la Eucaristía. Como dijo magistralmente San
Juan Crisóstomo: “Consideremos los favores inefables de Dios y todos los
bienes de los que nos hace gozar cuando le ofrecemos la copa, cuando comulgamos,
dándole gracias por haber liberado al género humano del error, por haber
acercado a él a los que estaban alejados y haber convertido a los desesperados y
ateos de este mundo en un pueblo de hermanos, de coherederos del Hijo de Dios”
(Homilía 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 1). De hecho, sigue diciendo, “lo que está en la copa es
precisamente lo que ha brotado de su costado, y eso es lo que participamos”
(ibíd.). No se trata sólo de participar y compartir, sino que hay “unión”,
nos dice.
La Misa es el sacrificio de acción de gracias por excelencia, el que nos permite
unir nuestra propia acción de gracias a la del Salvador, el Hijo eterno del
Padre. Por sí misma, la Misa nos invita también a huir de los ídolos, porque,
como reitera San Pablo, “no podéis participar en dos mesas, la del Señor
y la de los malos espíritus” (1 Co 10,21). La Misa nos invita a
discernir lo que en nosotros obedece al Espíritu de Dios y lo que en nosotros
aún permanece a la escucha del espíritu del mal. En la Misa sólo queremos
pertenecer a Cristo, y repetimos con gratitud –con “acción de gracias”- el
clamor del salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”
(Sal 116,12). Sí, ¿cómo dar gracias al Señor por la vida que me ha
dado? La respuesta a la pregunta del salmista está en el mismo Salmo, pues la
Palabra de Dios responde con misericordia a las cuestiones que plantea. ¿Cómo
pagar al Señor todo el bien que nos hace sino retomando sus propias palabras:
“Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre” (Sal
116,13)?
Alzar la copa de la salvación e invocar el nombre del Señor, ¿no es precisamente
la mejor manera de “no tener que ver con la idolatría”, como nos
pide San Pablo? Cada vez que se celebra una Misa, cada vez que Cristo se hace
sacramentalmente presente en su Iglesia, se realiza la obra de nuestra salvación.
Celebrar la Eucaristía significa, por tanto, reconocer que sólo Dios puede
darnos la felicidad plena, enseñándonos los verdaderos valores, los valores
eternos que nunca declinarán. Dios está presente en el altar, pero también está
presente en el altar de nuestro corazón cuando en la comunión le recibimos en el
sacramento de la Eucaristía. Sólo Él nos enseña a huir de los ídolos, espejismos
del pensamiento.
Ahora bien, queridos hermanos y hermanas, ¿quién puede alzar la copa de la
salvación e invocar el nombre del Señor en nombre de todo el pueblo de Dios,
sino el sacerdote ordenado para ello por el Obispo? A este respecto, queridos
ciudadanos de París y de la región parisina, así como los venidos de toda
Francia y de otros países vecinos, permitidme hacer un llamamiento, esperanzado
en la fe y en la generosidad de los jóvenes que se plantean la cuestión de la
vocación religiosa o sacerdotal: ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de dar la
vida a Cristo! Nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en el
corazón de la Iglesia. Nada suplirá una Misa por la salvación del mundo.
Queridos jóvenes o no tan jóvenes que me escucháis, no dejéis sin respuesta la
llamada de Cristo. San Juan Crisóstomo, en su Tratado sobre el sacerdocio,
puso de manifiesto cómo la respuesta del hombre puede ser lenta en llegar, pero
es el ejemplo vivo de la acción de Dios en el corazón de una libertad humana que
se deja formar por la gracia.
Finalmente, si retomamos las palabras que Cristo nos ha dejado en su Evangelio,
nos damos cuenta de que Él mismo nos ha enseñado a huir de la idolatría y nos
invita a construir nuestra casa “sobre roca” (Lc 6,48).
¿Quién es esta roca sino Él mismo? Nuestros pensamientos, palabras y obras sólo
adquieren su verdadera dimensión si las referimos al mensaje del Evangelio. “Lo
que rebosa del corazón, lo habla la boca” (Lc 6, 45). Cuando
hablamos, ¿buscamos el bien de nuestro interlocutor? Cuando pensamos, ¿tratamos
de poner nuestro pensamiento en sintonía con el pensamiento de Dios? Cuando
actuamos, ¿intentamos difundir el Amor que nos hace vivir? Como dice una vez más
San Juan Crisóstomo: “Si ahora todos participamos del mismo pan, y nos
convertimos en la misma sustancia, ¿por qué no mostramos todos la misma caridad?
¿Por qué, por lo mismo, no nos convertimos en un todo único?... Oh hombre, ha
sido Cristo quien vino a tu encuentro, a ti que estabas tan lejos de Él, para
unirse a ti; y tú, ¿no quieres unirte a tu hermano?” (Homilía 24 sobre
la Primera Carta a los Corintios, 2).
La esperanza seguirá siempre la más fuerte. La Iglesia, construida sobre la roca
de Cristo, tiene las promesas de vida eterna, no porque sus miembros sean más
santos que los demás, sino porque Cristo hizo esta promesa a Pedro: “Tú
eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no
la derrotará” (Mt 16,18-19). Con la inquebrantable esperanza de la
presencia eterna de Dios en cada una de nuestras almas, con la alegría de saber
que Cristo está con nosotros hasta el final de los tiempos, con la fuerza que el
Espíritu ofrece a todos aquellos y aquellas que se dejan alcanzar por él,
queridos cristianos de París y de Francia, os encomiendo a la acción poderosa
del Dios de amor que ha muerto por nosotros en la Cruz y ha resucitado
victoriosamente la mañana de Pascua. A todos los hombres de buena voluntad que
me escuchan les repito las palabras de San Pablo: Huid del culto de los ídolos,
no dejéis de hacer el bien.
Que Dios nuestro Padre os acoja y haga brillar sobre vosotros el esplendor de su
gloria. Que el Hijo único de Dios, Maestro y Hermano nuestro, os revele la
belleza de su rostro resucitado. Que el Espíritu Santo os colme de sus dones y
os dé la alegría de conocer la paz y la luz de la Santísima Trinidad, ahora y
por siempre. Amén.
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