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SANTA MISA DE CANONIZACIÓN DE LOS BEATOS

Cayetano Errico (1791-1860)
María Bernada (Verena) Bütler (1848-1924)
Alfonsa de la Inmaculada Concepción
(Anna Muttathupadathu) (1910-1946)
Narcisa de Jesús Martillo Morán (1832-1869)

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Plaza de San Pedro
Domingo 12 de octubre de 2008

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, se propone a la veneración de la Iglesia universal cuatro nuevas figuras de santos: Cayetano Errico, María Bernarda Bütler, Alfonsa de la Inmaculada Concepción y Narcisa de Jesús Martillo Morán. La liturgia nos las presenta con la imagen evangélica de los invitados que participan en el banquete revestidos con el traje nupcial. La imagen del banquete se encuentra también en la primera lectura y en otras páginas de la Biblia: es una imagen jubilosa, porque el banquete acompaña la celebración de una boda, la Alianza de amor entre Dios y su pueblo. Hacia esta Alianza los profetas del Antiguo Testamento orientaron constantemente la espera de Israel.
En una época marcada por pruebas de todo tipo, cuando se corría el peligro de que las dificultades desalentaran al pueblo elegido, se elevó la voz tranquilizadora del profeta Isaías: "En este monte, el Señor de los ejércitos —afirma— preparará para todos los pueblos un convite de manjares frescos, (...) de buenos vinos: manjares suculentos, vinos generosos" (Is 25, 6). Dios pondrá fin a la tristeza y a la vergüenza de su pueblo, que finalmente podrá vivir feliz en comunión con él. Dios no abandona jamás a su pueblo: por esto el profeta invita al júbilo: "Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve (...); nos regocijamos y nos alegramos por su salvación" (v. 9).

Si la primera lectura exalta la fidelidad de Dios a su promesa, el Evangelio, con la parábola del banquete nupcial, nos hace reflexionar sobre la respuesta humana. Algunos invitados de la primera hora rechazaron la invitación, porque estaban ocupados en distintos asuntos; otros incluso despreciaron la invitación del rey, provocando un castigo que cayó no sólo sobre ellos, sino sobre toda la ciudad. Sin embargo, el rey no se desanima y envía a sus siervos a buscar a otros comensales para llenar la sala de su banquete. De esta forma, el rechazo de los primeros tiene como efecto que la invitación se extienda a todos, con una predilección especial por los pobres y los desheredados. Es lo que ocurrió en el Misterio pascual: la supremacía del mal ha sido derrotada por la omnipotencia del amor de Dios. El señor resucitado ya puede invitar a todos al banquete del gozo pascual, proporcionando él mismo a los comensales el vestido nupcial, símbolo del don gratuito de la gracia santificante.

Pero a la generosidad de Dios tiene que responder la libre adhesión del hombre. Este es precisamente el camino generoso que recorrieron también quienes hoy veneramos como santos. En el bautismo recibieron el traje nupcial de la gracia divina, lo conservaron puro o lo purificaron y lo volvieron espléndido durante su vida mediante los sacramentos. Ahora participan en el banquete nupcial del cielo. El banquete de la Eucaristía, al que el Señor nos invita cada día y en el que debemos participar con el traje nupcial de su gracia, es una anticipación de la fiesta final del cielo. Si este vestido alguna vez se mancha o se desgarra con el pecado, la bondad de Dios no nos rechaza ni nos abandona a nuestro destino, sino que con el sacramento de la Reconciliación nos ofrece la posibilidad de recuperar en su integridad el traje nupcial necesario para la fiesta.
El ministerio de la Reconciliación es, por tanto, un ministerio siempre actual. A él se dedicó con diligencia, asiduidad y paciencia, sin negarse jamás a ejercerlo y sin escatimar esfuerzos, el sacerdote Cayetano Errico, fundador de la congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. De esta forma se inscribe entre las figuras extraordinarias de presbíteros que, incansables, han hecho del confesonario el lugar para dispensar la misericordia de Dios, ayudando a los hombres a encontrarse a sí mismos, a luchar contra el pecado y a avanzar en el camino de la vida espiritual.

La calle y el confesonario fueron los lugares privilegiados de la acción pastoral de este nuevo santo. La calle le permitía encontrarse con personas a las que solía dirigir su habitual invitación: "Dios te quiere, ¿cuándo nos vemos?", y en el confesonario les hacía posible el encuentro con la misericordia del Padre celestial. ¡Cuántas heridas del alma sanó de esta forma! ¡A cuántas personas llevó a reconciliarse con Dios mediante el sacramento del perdón! De este modo, san Cayetano Errico se transformó en un especialista de la "ciencia" del perdón, y se preocupó de enseñarla a sus misioneros, a quienes aconsejaba: "Dios, que no quiere la muerte del pecador, siempre es más misericordioso que sus ministros; por eso, sed lo más misericordiosos que podáis, porque encontraréis misericordia en Dios".

María Bernarda Bütler, que nació en Auw, en el cantón suizo de Argovia, siendo aún muy joven, vivió la experiencia de un amor profundo al Señor. Como dijo, "es casi imposible de explicar a quienes aún no lo han experimentado personalmente". Este amor llevó a Verena Bütler, como se llamaba entonces, a entrar en el monasterio de las capuchinas de María Auxiliadora en Altstätten, donde a los 21 años hizo su profesión religiosa. A los 40 años recibió su vocación misionera y se fue a Ecuador y luego a Colombia. Por su vida y su compromiso en favor del prójimo, el 29 de octubre de 1995 mi venerado predecesor Juan Pablo ii la elevó a los altares como beata.

La Madre María Bernarda, una figura muy recordada y querida, sobre todo en Colombia, entendió a fondo que la fiesta que el Señor ha preparado para todos los pueblos está representada de modo muy particular por la Eucaristía. En ella el mismo Cristo nos recibe como amigos y se nos entrega en la mesa del pan y de la palabra, entrando en íntima comunión con cada uno. Esta es la fuente y el pilar de la espiritualidad de esta nueva santa, así como de su impulso misionero, que la llevó a dejar su patria natal, Suiza, para abrirse a otros horizontes evangelizadores en Ecuador y Colombia. En las serias adversidades que tuvo que afrontar, incluido el exilio, llevó impresa en su corazón la exclamación del salmo que hemos oído hoy: "Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo" (Sal 22, 4). De este modo, dócil a la Palabra de Dios, siguiendo el ejemplo de María, hizo como los criados de que nos habla el relato del Evangelio que hemos escuchado: fue por doquier proclamando que el Señor invita a todos a su fiesta. Así hacía partícipes a los demás del amor de Dios al que ella dedicó con fidelidad y gozo toda su vida.

"El Señor eliminará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros" (Is 25, 8). Estas palabras del profeta Isaías contienen la promesa que sostuvo a Alfonsa de la Inmaculada Concepción en una vida de extremo sufrimiento físico y espiritual. Esta mujer excepcional, que hoy se ofrece al pueblo de India como su primera santa canonizada, estaba convencida de que su cruz era el verdadero medio para llegar al banquete que el Padre había preparado para ella. Aceptando la invitación a la fiesta de boda y adornándose con el vestido de la gracia de Dios por medio de la oración y el sufrimiento, conformó su vida a la de Cristo y ahora goza del "banquete de manjares suculentos y vinos generosos" del reino de los cielos (cf. Is 25, 6). Escribió: "Yo considero que un día sin sufrimientos es un día perdido". Imitémosla llevando nuestras propias cruces para poder gozar juntamente con ella en el paraíso.

La joven laica ecuatoriana Narcisa de Jesús Martillo Morán nos ofrece un ejemplo acabado de respuesta pronta y generosa a la invitación que el Señor nos hace a participar de su amor. Ya desde una edad muy temprana, al recibir el sacramento de la Confirmación, sintió clara en su corazón la llamada a vivir una vida de santidad y de entrega a Dios. Para secundar con docilidad la acción del Espíritu Santo en su alma, buscó siempre el consejo y la guía de buenos y expertos sacerdotes, considerando la dirección espiritual como uno de los medios más eficaces para llegar a la santificación. Santa Narcisa de Jesús nos muestra un camino de perfección cristiana asequible a todos los fieles. A pesar de las abundantes y extraordinarias gracias recibidas, su existencia transcurrió con gran sencillez, dedicada a su trabajo como costurera y a su apostolado como catequista. En su amor apasionado a Jesús, que la llevó a emprender un camino de intensa oración y mortificación, y a identificarse cada vez más con el misterio de la cruz, nos ofrece un testimonio atrayente y un ejemplo acabado de una vida totalmente dedicada a Dios y a los hermanos.

Queridos hermanos y hermanas, agradezcamos al Señor el don de la santidad, que hoy resplandece en la Iglesia con especial belleza. Jesús nos invita a cada uno a seguirlo, como estos santos, por el camino de la cruz, para recibir luego como herencia la vida eterna que él nos regaló muriendo por nosotros. Que su ejemplo nos aliente; sus enseñanzas nos orienten y animen; y su intercesión nos sostenga en las fatigas cotidianas, para que también nosotros lleguemos un día a compartir con ellos y con todos los santos la alegría del banquete eterno en la Jerusalén celestial.

Que nos obtenga esta gracia sobre todo María, Reina de todos los santos, a la que en este mes de octubre veneramos con particular devoción. Amén.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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