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PEREGRINACIÓN
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A TIERRA SANTA
(8-15 DE MAYO DE 2009)

CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS
CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS,
SEMINARISTAS Y MOVIMIENTOS ECLESIALES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Catedral greco-melquita de San Jorge - Ammán
Sábado 9 de mayo de 2009

 

Queridos hermanos y hermanas:

Para mí es una gran alegría celebrar las Vísperas con vosotros esta tarde en la catedral greco-melquita de San Jorge. Saludo cordialmente a Su Beatitud Gregorios III Laham, patriarca greco-melquita, que se ha unido a nosotros desde Damasco; al arzobispo emérito Georges El-Murr; y a su excelencia Yaser Ayyach, arzobispo de Petra y Filadelfia, a quien agradezco sus amables palabras de bienvenida, a las que con gusto correspondo con sentimientos de respeto.

Saludo también a los jefes de las demás Iglesias católicas presentes en Oriente: maronita, siria, armenia, caldea y latina. A todos vosotros, así como a los sacerdotes, a las religiosas y a los religiosos, a los seminaristas y a los fieles laicos aquí reunidos esta tarde les expreso mi sincero agradecimiento por haberme brindado esta oportunidad de rezar con vosotros y de experimentar algo de la riqueza de nuestras tradiciones litúrgicas.

La Iglesia misma es un pueblo peregrino y como tal, a través de los siglos, ha estado marcado por acontecimientos históricos determinantes y por vicisitudes culturales decisivas. Por desgracia, algunas de ellas han incluido períodos de disputas teológicas o de represión. Sin embargo, ha habido momentos de reconciliación, que han fortificado admirablemente la comunión de la Iglesia, y tiempos de fecundo renacimiento cultural, al que han contribuido en gran medida los cristianos orientales. Las Iglesias particulares dentro de la Iglesia universal testimonian el dinamismo de su camino terreno y manifiestan a todos los fieles el tesoro de tradiciones espirituales, litúrgicas y eclesiásticas que indican la bondad universal de Dios y su voluntad, manifestada a lo largo de la historia, de atraer a todos hacia su vida divina.

El tesoro vivo de las antiguas tradiciones de las Iglesias orientales enriquece a la Iglesia universal y nunca se han de entender simplemente como objetos que hay que conservar pasivamente. Todos los cristianos están llamados a responder activamente al mandato del Señor —como lo hizo dramáticamente san Jorge, según la narración popular— de llevar a los demás a conocerlo y amarlo. En realidad, las vicisitudes de la historia han fortalecido a los miembros de las Iglesias particulares para afrontar esta tarea con energía y comprometerse decididamente en las realidades pastorales actuales.

La mayor parte de vosotros tiene vínculos antiguos con el Patriarcado de Antioquía, y de este modo vuestras comunidades están arraigadas aquí, en Oriente Próximo. Y, así como hace dos mil años en Antioquía los discípulos fueron llamados por primera vez cristianos, del mismo modo también hoy, como pequeñas minorías en comunidades esparcidas por estas tierras, también vosotros sois reconocidos como seguidores del Señor. Ciertamente, la manifestación pública de vuestra fe cristiana no se reduce a la solicitud espiritual que tenéis los unos por los otros y por vuestra gente, por más esencial que sea. Por el contrario, vuestras numerosas obras de caridad universal se extienden a todos los jordanos —musulmanes y de otras religiones— y también al gran número de refugiados que este reino acoge tan generosamente.

Queridos hermanos y hermanas, el primer Salmo (Sal 103) que hemos rezado esta tarde nos presenta imágenes gloriosas de Dios, Creador generoso, activamente presente en su creación, que sostiene la vida con gran bondad y orden sabio, siempre dispuesto a renovar la faz de la tierra. Sin embargo, el pasaje de la epístola que acabamos de escuchar presenta un panorama diferente. Nos recuerda, no de manera amenazadora sino realista, la necesidad de vigilar, conscientes de las fuerzas del mal que actúan para crear oscuridad en nuestro mundo (cf. Ef 6, 10-20). Algunos quizá sentirán la tentación de pensar que se da una contradicción; pero, reflexionando sobre nuestra experiencia humana ordinaria, reconocemos la lucha espiritual, advertimos la necesidad diaria de entrar en la luz de Cristo, de escoger la vida, de buscar la verdad.

De hecho, este ritmo —alejarnos del mal y ceñirnos con la fuerza del Señor— es lo que celebramos en cada bautismo: la entrada en la vida cristiana, el primer paso en la senda de los discípulos del Señor. Al recordar el bautismo que Cristo recibió de Juan en las aguas del Jordán, la comunidad reza para que quien va a ser bautizado sea rescatado del reino de la oscuridad y llevado al esplendor del reino de luz de Dios, y de este modo reciba el don de una vida nueva.

Este movimiento dinámico de la muerte a una vida nueva, de las tinieblas a la luz, de la desesperación a la esperanza, que experimentamos de manera tan dramática durante el Triduo sacro, y que se celebra con gran alegría en el tiempo de Pascua, nos asegura que la Iglesia misma sigue siendo joven. Está viva porque Cristo está vivo, porque de verdad ha resucitado. Vivificada por la presencia del Espíritu, avanza cada día llevando a los hombres y las mujeres al Señor de la vida.

Queridos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, queridos fieles laicos, nuestros respectivos papeles de servicio y misión dentro de la Iglesia son la respuesta incansable de un pueblo peregrino. Vuestras liturgias, vuestra disciplina eclesiástica y vuestro patrimonio espiritual son un testimonio vivo de vuestra tradición que se desarrolla. Amplificáis el eco de la primera proclamación del Evangelio, reaviváis los antiguos recuerdos de las obras de Dios, hacéis presentes sus gracias de salvación y difundís de nuevo los primeros resplandores de la luz pascual y las llamas crepitantes de Pentecostés.

De este modo, imitando a Cristo y a los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, partimos para conducir al pueblo desde el desierto hacia el lugar de la vida, hacia el Señor que nos da la vida en abundancia. Esto caracteriza a todas vuestras obras apostólicas, cuya variedad y calidad son muy apreciadas. Desde los jardines de infancia hasta los centros de educación superior, desde los orfanatos hasta las casas de ancianos, desde el trabajo con los refugiados hasta la academia de música, las clínicas y los hospitales, el diálogo interreligioso y las iniciativas culturales, vuestra presencia en esta sociedad es un signo maravilloso de la esperanza que nos califica como cristianos.

Esta esperanza rebasa ampliamente los confines de nuestras comunidades cristianas. Con frecuencia descubrís que las familias de otras religiones, con las que trabajáis y a las que prestáis vuestro servicio de caridad universal, tienen preocupaciones y dificultades que superan los confines culturales y religiosos. Esto se nota especialmente en lo que se refiere a las esperanzas y aspiraciones de los padres para sus niños. ¿Qué padre o persona de buena voluntad no se sentiría turbado ante los influjos negativos tan penetrantes de nuestro mundo globalizado, incluidos los elementos destructivos de la industria de la diversión que con tanta insensibilidad explotan la inocencia y la fragilidad de las personas vulnerables y de los jóvenes? Sin embargo, con vuestros ojos fijos firmemente en Cristo, la luz que disipa todo mal, devuelve la inocencia perdida, y humilla el orgullo terreno, ofreceréis una magnífica visión de esperanza a todos los que encontréis y sirváis.

Deseo concluir con una palabra especial de aliento a los presentes que se están formando para el sacerdocio y la vida religiosa. Guiados por la luz del Señor resucitado, inflamados con su esperanza y revestidos de su verdad y amor, vuestro testimonio traerá abundantes bendiciones a quienes encontréis en vuestro camino. Esto mismo se aplica a todos los jóvenes cristianos jordanos: no tengáis miedo de dar vuestra contribución sabia, mesurada y respetuosa a la vida pública del reino. La auténtica voz de la fe siempre traerá integridad, justicia, compasión y paz.

Queridos amigos, con sentimientos de gran respeto por todos vosotros aquí reunidos conmigo en esta tarde en oración, os doy de nuevo las gracias por vuestras oraciones por mi ministerio de Sucesor de Pedro y os aseguro a vosotros y a cuantos están encomendados a vuestra solicitud pastoral un recuerdo en mi oración diaria.

Muchas gracias.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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