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PEREGRINACIÓN
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A TIERRA SANTA
(8-15 DE MAYO DE 2009)

SANTA MISA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Estadio internacional de Ammán
Domingo 10 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Me alegra poder celebrar esta Eucaristía junto con vosotros al inicio de mi peregrinación a Tierra Santa. Ayer, desde las alturas del monte Nebo, me detuve a contemplar esta gran tierra, la tierra de Moisés, Elías y Juan Bautista, la tierra en la que las antiguas promesas de Dios se cumplieron con la llegada del Mesías, Jesús nuestro Señor. Esta tierra es testigo de su predicación y sus milagros, de su muerte y resurrección, y de la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia, el sacramento de una humanidad reconciliada y renovada. Meditando en el misterio de la fidelidad de Dios, oré para que la Iglesia en estas tierras sea confirmada en la esperanza y fortalecida en su testimonio de Cristo Resucitado, el Salvador de la humanidad. Verdaderamente, como san Pedro nos dice hoy en la primera lectura, "no hay, bajo el cielo, otro nombre dado a los hombres, por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 12).

La alegre celebración del sacrificio eucarístico de hoy expresa la rica diversidad de la Iglesia católica en Tierra Santa. Os saludo a todos con afecto en el Señor. Agradezco a Su Beatitud Fouad Twal, patriarca latino de Jerusalén, sus amables palabras de bienvenida. Mi saludo se dirige también a los numerosos jóvenes de las escuelas católicas que hoy traen su entusiasmo a esta celebración eucarística.

En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar Jesús proclama: "Yo soy el buen pastor..., que da su vida por las ovejas" (Jn 10, 11). Como Sucesor de san Pedro, al que el Señor confió el cuidado de su rebaño (cf. Jn 21, 15-17), esperaba desde hace mucho tiempo esta oportunidad de estar ante vosotros como testigo del Salvador resucitado y animaros a perseverar en la fe, la esperanza y la caridad, en fidelidad a las antiguas tradiciones y a la singular historia de testimonio cristiano que os une con la época de los Apóstoles. La comunidad católica aquí está profundamente afectada por las dificultades e incertidumbres que viven todos los habitantes de Oriente Medio. No olvidéis nunca la gran dignidad que deriva de vuestra herencia cristiana; y no dejéis de sentir la amorosa solidaridad de todos vuestros hermanos y hermanas en la Iglesia en todo el mundo.

"Yo soy el buen Pastor", nos dice el Señor, "conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí" (Jn 10, 14). Hoy en Jordania celebramos la Jornada mundial de oración por las vocaciones. Al meditar en el Evangelio del buen Pastor, pidamos al Señor que abra cada vez más nuestro corazón y nuestra mente para escuchar su llamada. En verdad, Jesús "nos conoce" más profundamente de lo que nos conocemos a nosotros mismos, y tiene un plan para cada uno de nosotros. También sabemos que donde él nos llama encontraremos felicidad y realización personal, pues nos encontraremos a nosotros mismos (cf. Mt 10, 39). Hoy invito a los numerosos jóvenes aquí presentes a considerar cómo el Señor los está llamando a seguirlo para construir su Iglesia. Sea en el ministerio sacerdotal, en la vida consagrada o en el sacramento del matrimonio, Jesús tiene necesidad de vosotros para hacer que se escuche su voz y para trabajar por el crecimiento de su reino.

En la segunda lectura de hoy, san Juan nos invita a "pensar en el gran amor con el cual el Padre nos ha amado" (cf. 1 Jn 3, 1), haciéndonos sus hijos adoptivos en Cristo. Al escuchar estas palabras debemos agradecer la experiencia del amor del Padre que hemos tenido en nuestras familias, desde el amor de nuestros padres y madres, abuelos, hermanos y hermanas. Durante la celebración de este Año de la familia, la Iglesia en toda Tierra Santa ha reflexionado sobre la familia como misterio de amor que da la vida, misterio incluido en el plan de Dios con una vocación y misión propia: irradiar el Amor divino que es el manantial y el cumplimiento último de todos los demás amores de nuestra vida.

Que cada familia cristiana crezca en la fidelidad a esta noble vocación de ser una verdadera escuela de oración, en la que los niños aprendan el amor sincero de Dios, maduren en la autodisciplina y en la atención a las necesidades de los demás, y en la que, modelados por la sabiduría que proviene de la fe, contribuyan a construir una sociedad cada vez más justa y fraterna. Las sólidas familias cristianas de estas tierras son una gran herencia recibida de las generaciones precedentes. Que las familias de hoy sean fieles a esta gran herencia y que nunca falte el apoyo material y moral que necesitan para desempeñar su papel insustituible al servicio de la sociedad.

Un aspecto importante de vuestra reflexión en este Año de la familia ha sido la particular dignidad, vocación y misión de las mujeres en el plan de Dios. ¡Cuánto debe la Iglesia en estas tierras al paciente testimonio de fe y amor de innumerables madres cristianas, religiosas, maestras, doctoras y enfermeras! ¡Cuánto debe vuestra sociedad a todas las mujeres que de diferentes maneras, a veces valientes, han dedicado su vida a construir la paz y a promover el amor! Desde las primeras páginas de la Biblia, vemos cómo el hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, están llamados a complementarse mutuamente como administradores de los dones de Dios y colaboradores suyos en comunicar su don de la vida, tanto física como espiritual, a nuestro mundo. Por desgracia, esta dignidad y misión dadas por Dios a las mujeres no siempre han sido suficientemente comprendidas y estimadas.

La Iglesia y la sociedad entera han caído en la cuenta de la urgencia con la que necesitamos lo que mi predecesor el Papa Juan Pablo II llamaba "el carisma profético" de las mujeres (cf. Mulieris dignitatem, 29) como portadoras de amor, maestras de misericordia y constructoras de paz, que comunican calor y humanidad a un mundo que con frecuencia juzga el valor de la persona con criterios fríos de explotación y provecho. Con su testimonio público de respeto por las mujeres, y su defensa de la dignidad innata de toda persona humana, la Iglesia en Tierra Santa puede dar una importante contribución al desarrollo de una cultura de verdadera humanidad y a la construcción de la civilización del amor.

Queridos amigos, volvamos a las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy. Creo que contienen un mensaje especial para vosotros, su rebaño fiel, en estas tierras donde vivió. "El buen Pastor", nos dice, "da la vida por sus ovejas". Al inicio de la misa hemos pedido al Padre que nos "dé la fuerza para tener el valor de Cristo nuestro Pastor", el cual permaneció siempre fiel a la voluntad del Padre (cf. Colecta de la misa del cuarto domingo de Pascua). Que el valor de Cristo, nuestro pastor, os impulse y sostenga diariamente en vuestros esfuerzos por dar testimonio de la fe cristiana y por mantener la presencia de la Iglesia al cambiar el entramado social de estas antiguas tierras.

La fidelidad a vuestras raíces cristianas, la fidelidad a la misión de la Iglesia en Tierra Santa, exigen a cada uno de vosotros una valentía particular: la valentía de la convicción que nace de una fe personal, y no simplemente de una convención social o de una tradición familiar; la valentía de comprometerse en el diálogo y trabajar juntamente con los demás cristianos al servicio del Evangelio y en solidaridad con los pobres, los desplazados y las víctimas de profundas tragedias humanas; la valentía de construir nuevos puentes para hacer posible un fructuoso encuentro de personas de diferentes religiones y culturas y así enriquecer el entramado de la sociedad. Esto significa también dar testimonio del amor que nos impulsa a "dar" nuestra vida al servicio de los demás y así contrastar maneras de pensar que justifican la "supresión" de vidas inocentes.

"Yo soy el buen pastor; conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí" (Jn 10, 14). Alegraos porque el Señor os ha hecho miembros de su rebaño y os conoce a cada uno por vuestro nombre. Seguidlo con alegría y dejaos guiar por él en todos vuestros caminos. Jesús sabe cuántos desafíos debéis afrontar, cuáles pruebas debéis soportar, y conoce el bien que hacéis en su nombre. Confiad en él, en su amor constante a todos los miembros de su rebaño, y perseverad en vuestro testimonio del triunfo de su amor. Que san Juan Bautista, patrono de Jordania, y María, Virgen y Madre, os sostengan con su ejemplo y su oración, y os conduzcan a la plenitud de la alegría en los eternos pastos, donde gozaremos para siempre de la presencia del buen Pastor y conoceremos para siempre la profundidad de su amor. Amén.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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