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CELEBRACIÓN DE VÍSPERAS EN LA CATEDRAL DE AOSTA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Viernes 24 de julio de 2009

Excelencia,
queridos hermanos y hermanas:

Ante todo deseo decirle "gracias" a usted, excelencia, por sus buenas palabras, con las que me ha introducido en la gran historia de esta iglesia catedral y así me ha permitido sentir que oramos aquí, no sólo en este momento, sino que podemos orar con los siglos en esta bella iglesia.

Y gracias a todos vosotros, que habéis venido a rezar conmigo y a hacer visible así esta red de oración que nos une a todos y siempre.

En esta breve homilía deseo decir algunas palabras sobre la oración con la que se concluyen estas Vísperas, porque me parece que en esta oración se interpreta y se transforma en plegaria el pasaje leído de la carta a los Romanos.

La oración se compone de dos partes: un mensaje —un encabezamiento, por así decirlo— y después la plegaria formada por dos súplicas.

Comenzamos con el mensaje, que también tiene dos partes: aquí hay que concretar un poco el "tú" a quien hablamos para poder llamar con mayor fuerza al corazón de Dios.

En el texto italiano leemos sencillamente: "Padre misericordioso". El texto original en latín es algo más amplio; dice: "Dios omnipotente, misericordioso". En mi reciente encíclica he intentado mostrar la prioridad de Dios tanto en la vida personal como en la vida de la historia, de la sociedad, del mundo.

Ciertamente la relación con Dios es algo profundamente personal, y la persona es un ser en relación, y si la relación fundamental —la relación con Dios— no está viva, si no se vive, tampoco las demás relaciones pueden encontrar su justa forma. Pero esto vale también para la sociedad, para la humanidad como tal. También aquí, si falta Dios, si se prescinde de Dios, si Dios está ausente, falta la brújula para mostrar el conjunto de todas las relaciones a fin de hallar el camino, la orientación que conviene seguir.

¡Dios! Debemos llevar de nuevo a este mundo nuestro la realidad de Dios, darlo a conocer y hacerlo presente. Pero, ¿cómo conocer a Dios? En las visitas "ad limina" hablo siempre con los obispos, sobre todo africanos, pero también los de Asia y América Latina, donde existen todavía religiones tradicionales, precisamente de estas religiones. Hay muchos detalles, naturalmente bastante distintos, pero existen también elementos comunes. Todos saben que existe Dios, un solo Dios, que Dios es una palabra en singular, que los dioses no son Dios, que hay Dios, un solo Dios. Sin embargo, al mismo tiempo, este Dios parece ausente, muy lejano; no parece entrar en nuestra vida cotidiana, se esconde, no conocemos su rostro. Y así la religión en gran parte se ocupa de las cosas, de los poderes más próximos, los espíritus, los antepasados, etcétera, dado que Dios mismo está demasiado lejos y entonces se debe tratar con estos poderes cercanos. Y el acto de la evangelización consiste precisamente en el hecho de que el Dios lejano se acerca, que Dios ya no está lejos, sino que está cerca; que este "conocido-desconocido" ahora se da a conocer realmente, muestra su rostro, se revela: cae el velo de su rostro y lo muestra de verdad. Por ello, dado que Dios mismo ahora está cerca, lo conocemos, nos muestra su rostro, entra en nuestro mundo. Ya no hay necesidad de arreglárselas con estos otros poderes, porque él es el poder verdadero, el Omnipotente.

Desconozco por qué se ha omitido en el texto italiano la palabra "omnipotente", pero es cierto que casi nos sentimos un poco amenazados por la omnipotencia: parece limitar nuestra libertad, parece un peso demasiado fuerte. Pero debemos aprender que la omnipotencia de Dios no es un poder arbitrario, porque Dios es el Bien, es la Verdad, y por ello Dios lo puede todo; sin embargo, no puede actuar contra el bien, no puede actuar contra la verdad, no puede actuar contra el amor ni contra la libertad, porque él mismo es el bien, es el amor, es la verdadera libertad. Por ello, todo cuanto hace jamás puede estar en contradicción con la verdad, el amor y la libertad. Es cierto lo contrario. Él, Dios, es el custodio de nuestra libertad, del amor, de la verdad. Este ojo que nos mira no es un ojo malvado que nos vigila, sino que es la presencia de un amor que jamás nos abandona y que nos da la certeza de que el bien es ser, el bien es vivir: es la mirada del amor que nos da el aire para vivir.

Dios omnipotente y misericordioso. Una oración romana, vinculada al texto del libro de la Sabiduría, dice: "Tú, Dios, muestras tu omnipotencia en el perdón y en la misericordia". La cumbre del poder de Dios es la misericordia, es el perdón. Hoy, en nuestro concepto mundial de poder pensamos en alguien con grandes propiedades, que tiene algo que decir en economía, que dispone de capitales para influir en el mundo del mercado. Pensamos en quien dispone de poder militar, en quien puede amenazar. La pregunta de Stalin: "¿Cuántos ejércitos tiene el Papa?" todavía caracteriza la idea común del poder. Tiene poder quien puede ser peligroso, quien puede amenazar, quien puede destruir, quien tiene en su mano muchas cosas del mundo. Pero la Revelación nos dice: "No es así"; el verdadero poder es el poder de gracia y de misericordia. En la misericordia Dios demuestra el verdadero poder.

Así, la segunda parte de este encabezamiento dice: "Has redimido al mundo con la pasión, con el sufrimiento de tu Hijo". Dios ha sufrido y en su Hijo sufre con nosotros. Esta es la cumbre suprema de su poder, que es capaz de sufrir con nosotros. Así demuestra el verdadero poder divino: quería sufrir con nosotros y por nosotros. En nuestros sufrimientos jamás hemos estado solos. Dios, en su Hijo, ha sufrido antes y está cerca de nosotros en nuestros padecimientos.

Con todo, persiste la difícil cuestión que ahora no puedo interpretar ampliamente: ¿por qué era necesario sufrir para salvar al mundo? Era necesario porque en el mundo existe un océano de mal, de injusticia, de odio, de violencia, y las numerosas víctimas del odio y de la injusticia tienen derecho a que se haga justicia. Dios no puede ignorar este grito de los que sufren, oprimidos por la injusticia. Perdonar no es ignorar, sino transformar; es decir, Dios debe entrar en este mundo y oponer al océano de la injusticia el océano más vasto del bien y del amor. Y este es el acontecimiento de la cruz: desde ese momento, contra el océano del mal existe un río infinito y por eso siempre más grande que todas las injusticias del mundo, un río de bondad, de verdad, de amor. Así Dios perdona transformando el mundo y entrando en nuestro mundo a fin de que haya realmente una fuerza, un río de bien más grande que todo el mal que pueda existir.

Así, nuestra súplica a Dios se convierte en un mensaje para nosotros; o sea, este Dios nos invita a ponernos de su parte, a salir del océano del mal, del odio, de la violencia, del egoísmo, y a identificarnos, a entrar en el río de su amor.

Precisamente este es el contenido de la primera parte de la plegaria que sigue: "Haz que tu Iglesia se ofrezca a ti como sacrificio vivo y santo". Esta súplica, dirigida a Dios, también se dirige a nosotros mismos. Es una alusión a dos textos de la carta a los Romanos. Nosotros mismos, con todo nuestro ser, debemos ser adoración, sacrificio, restituir nuestro mundo a Dios y transformar así el mundo. La función del sacerdocio es consagrar el mundo para que se transforme en hostia viva, para que el mundo se convierta en liturgia: que la liturgia no sea algo paralelo a la realidad del mundo, sino que el mundo mismo se transforme en hostia viva, que se convierta en liturgia. Es la gran visión que después tuvo también Teilhard de Chardin: al final tendremos una auténtica liturgia cósmica, en la que el cosmos se convierta en hostia viva.

Roguemos al Señor que nos ayude a ser sacerdotes en este sentido, para contribuir a la transformación del mundo, a la adoración de Dios, empezando por nosotros mismos. Que nuestra vida hable de Dios; que nuestra vida sea realmente liturgia, anuncio de Dios, puerta por la que el Dios lejano se convierta en Dios cercano, y realmente don de nosotros mismos a Dios.

Después, la segunda plegaria. Suplicamos: "Haz que tu pueblo experimente siempre la plenitud de tu amor". En el texto en latín se dice: "Sácianos con tu amor". Así el texto alude al Salmo que hemos cantado, donde se dice: "Abres tu mano y sacias el hambre de todos los vivientes". ¡Cuánta hambre hay en la tierra, hambre de pan en muchas partes del mundo! Su excelencia ha hablado también de los sufrimientos de las familias aquí: hambre de justicia, hambre de amor. Y con esta plegaria, rogamos a Dios: "Abre tu mano y sacia realmente el hambre de todos los vivientes. Sacia nuestra hambre de la verdad, de tu amor".

Así sea. Amén.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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