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CONSISTORIO ORDINARIO PÚBLICO PARA LA
CREACIÓN DE NUEVOS CARDENALES
Y PARA EL VOTO SOBRE ALGUNAS CAUSAS DE CANONIZACIÓN
ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Basílica Vaticana Sábado 18
de febrero de 2012
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fotográfica
«Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam
meam»
Venerados Hermanos,
Queridos hermanos y hermanas
Estas palabras del canto de entrada nos introducen en el solemne y sugestivo
rito del Consistorio ordinario público para la creación de nuevos cardenales, la
imposición de la birreta, la entrega del anillo y la asignación del título. Son
las palabras eficaces con las que Jesús constituyó a Pedro como fundamento firme
de la Iglesia. La fe es el elemento característico de ese fundamento: en efecto,
Simón pasa a convertirse en Pedro —roca— al profesar su fe en Jesús, Mesías e
Hijo de Dios. En el anuncio de Cristo, la Iglesia aparece unida a Pedro, y Pedro
es puesto en la Iglesia como roca; pero el que edifica la Iglesia es el mismo
Cristo, Pedro es un elemento particular de la construcción. Ha de serlo mediante
la fidelidad a la confesión que hizo en Cesarea de Filipo, en virtud de la
afirmación: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».
Las palabras que Jesús dirige a Pedro ponen de relieve claramente el carácter
eclesial del acontecimiento de hoy. Los nuevos cardenales, en efecto, mediante
la asignación del título de una iglesia de esta Ciudad o de una diócesis
suburbicaria, son insertados con todo derecho en la Iglesia de Roma, guiada por
el Sucesor de Pedro, para cooperar estrechamente con él en el gobierno de la
Iglesia universal. Estos queridos hermanos, que dentro de poco entrarán a formar
parte del Colegio cardenalicio, se unirán con un nuevo y más fuerte vínculo no
sólo al Romano Pontífice, sino también a toda la comunidad de fieles extendida
por todo el mundo. En el cumplimiento de su peculiar servicio de ayuda al
ministerio petrino, los nuevos purpurados estarán llamados a considerar y
valorar los acontecimientos, los problemas y criterios pastorales que atañen a
la misión de toda la Iglesia. En esta delicada tarea, les servirá de ejemplo y
ayuda el testimonio de fe que el Príncipe de los Apóstoles dio con su vida y su
muerte y que, por amor a Cristo, se dio por entero hasta el sacrificio extremo.
La imposición de la birreta roja ha de ser entendida también con este mismo
significado. A los nuevos cardenales se les confía el servicio del amor: amor
por Dios, amor por su Iglesia, amor por los hermanos con una entrega absoluta e
incondicionada, hasta derramar su sangre si fuera preciso, como reza la fórmula
de la imposición de la birreta e indica el color rojo de las vestiduras. Además,
se les pide que sirvan a la Iglesia con amor y vigor, con la transparencia y
sabiduría de los maestros, con la energía y fortaleza de los pastores, con la
fidelidad y el valor de los mártires. Se trata de ser servidores eminentes de la
Iglesia que tiene en Pedro el fundamento visible de la unidad.
En el pasaje evangélico que antes se ha proclamado, Jesús se presenta como
siervo, ofreciéndose como modelo a imitar y seguir. Del trasfondo del tercer
anuncio de la pasión, muerte y resurrección del Hijo del hombre, se aparta con
llamativo contraste la escena de los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que
persiguen todavía sueños de gloria junto a Jesús. Le pidieron: «Concédenos
sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mc 10,37). La
respuesta de Jesús fue fulminante, y su interpelación inesperada: «No sabéis lo
que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? (v. 38). La
alusión es muy clara: el cáliz es el de la pasión, que Jesús acepta para cumplir
la voluntad del Padre. El servicio a Dios y a los hermanos, el don de sí: esta
es la lógica que la fe auténtica imprime y desarrolla en nuestra vida cotidiana
y que no es en cambio el estilo mundano del poder y la gloria.
Con su petición, Santiago y Juan ponen de manifiesto que no comprenden la lógica
de vida de la que Jesús da testimonio, la lógica que, según el Maestro, ha de
caracterizar al discípulo, en su espíritu y en sus acciones. La lógica errónea
no se encuentra sólo en los dos hijos de Zebedeo ya que, según el evangelista,
contagia también «a los otros diez» apóstoles que «se indignaron contra Santiago
y Juan» (v. 41). Se indignaron porque no es fácil entrar en la lógica del
Evangelio y abandonar la del poder y la gloria. San Juan Crisóstomo dice que
todos los apóstoles eran todavía imperfectos, tanto los dos que quieren ponerse
por encima de los diez, como los otros que tienen envidia de ellos (cf.
Comentario a Mateo, 65, 4: PG 58, 622). San Cirilo de Alejandría, comentando los
textos paralelos del Evangelio de san Lucas, añade: «Los discípulos habían caído
en la debilidad humana y estaban discutiendo entre sí sobre quién era el jefe y
superior a los demás… Esto sucedió y ha sido narrado para nuestro provecho… Lo
que les pasó a los santos apóstoles se puede revelar para nosotros un incentivo
para la humildad» (Comentario a Lucas, 12,5,15: PG 72,912). Este episodio ofrece
a Jesús la ocasión de dirigirse a todos los discípulos y «llamarlos hacia sí»,
casi para estrecharlos consigo, para formar como un cuerpo único e indivisible
con él y señalar cuál es el camino para llegar a la gloria verdadera, la de Dios:
«Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y
que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser
grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero,
sea esclavo de todos» (Mc 10,42-44).
Dominio y servicio, egoísmo y altruismo, posesión y don, interés y gratuidad:
estas lógicas profundamente contrarias se enfrentan en todo tiempo y lugar. No
hay ninguna duda sobre el camino escogido por Jesús: Él no se limita a señalarlo
con palabras a los discípulos de entonces y de hoy, sino que lo vive en su misma
carne. En efecto, explica: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido,
sino a servir y dar su vida en rescate por la multitud» (v.45). Estas palabras
iluminan con singular intensidad el Consistorio público de hoy. Resuenan en lo
más profundo del alma y representan una invitación y un llamamiento, un encargo
y un impulso especialmente para vosotros, queridos y venerados Hermanos que
estáis a punto de ser incorporados al Colegio cardenalicio.
Según la tradición bíblica, el Hijo del hombre es el que recibe el poder y el
dominio de parte de Dios (cf. Dn 7,13s). Jesús interpreta su misión en la tierra
sobreponiendo a la figura del Hijo del hombre la del Siervo sufriente, descrito
por Isaías (cf. Is 53,1-12). Él recibe el poder y la gloria sólo en cuanto «siervo»;
pero es siervo en cuanto que acoge en sí el destino de dolor y pecado de toda la
humanidad. Su servicio se cumple en la fidelidad total y en la responsabilidad
plena por los hombres. Por eso la aceptación libre de su muerte violenta es el
precio de la liberación para muchos, es el inicio y el fundamento de la
redención de cada hombre y de todo el género humano.
Queridos Hermanos que vais a ser incluidos en el Colegio cardenalicio. Que el
don total de sí ofrecido por Cristo sobre la cruz sea para vosotros principio,
estímulo y fuerza, gracias a una fe que actúa en la caridad. Que vuestra misión
en la Iglesia y en el mundo sea siempre y sólo «en Cristo», que responda a su
lógica y no a la del mundo, que esté iluminada por la fe y animada por la
caridad que llegan hasta nosotros por la Cruz gloriosa del Señor. En el anillo
que en unos instantes os entregaré, están representados los santos Pedro y
Pablo, con una estrella en el centro que evoca a la Virgen. Llevando este anillo,
estáis llamados cada día a recordar el testimonio de Cristo hasta la muerte que
los dos Apóstoles han dado con su martirio aquí en Roma, fecundando con su
sangre la Iglesia. Al mismo tiempo, el reclamo a la Virgen María será siempre
para vosotros una invitación a seguir a aquella que fue firme en la fe y humilde
sierva del Señor.
Al concluir esta breve reflexión, quisiera dirigir un cordial saludo, junto con
mi gratitud, a todos los presentes, en particular a las Delegaciones oficiales
de diversos países y a las representaciones de numerosas diócesis. Los nuevos
cardenales están llamados en su servicio a permanecer siempre fieles a Cristo,
dejándose guiar únicamente por su Evangelio. Queridos hermanos y hermanas, rezad
para que en ellos se refleje de modo vivo nuestro único Pastor y Maestro, el
Señor Jesús, fuente de toda sabiduría, que indica a todos el camino. Y pedid
también por mí, para que pueda ofrecer siempre al Pueblo de Dios el testimonio
de la doctrina segura y regir con humilde firmeza el timón de la santa Iglesia.
¡Amén!
© Copyright 2012 - Libreria
Editrice Vaticana
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