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CONSISTORIO ORDINARIO PÚBLICO PARA LA
CREACIÓN DE NUEVOS CARDENALES
Y PARA EL VOTO SOBRE ALGUNAS CAUSAS DE CANONIZACIÓN
SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD
DE LA CÁTEDRA
DEL APÓSTOL SAN PEDRO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Basílica Vaticana
Domingo 19
de febrero de 2012
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Galería
fotográfica
Señores Cardenales,
Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio
Queridos hermanos y hermanas
En la solemnidad de la Cátedra del apóstol san Pedro, tenemos la alegría de
reunirnos alrededor del Altar del Señor junto con los nuevos Cardenales, que
ayer he agregado al colegio cardenalicio. Les saludo ante todo a ellos muy
cordialmente, y agradezco al Cardenal Fernando Filoni las amables palabras me ha
dirigido en su nombre. Extiendo mi saludo a los demás purpurados y a todos los
obispos presentes, así como a las distinguidas autoridades, a los señores
embajadores, a los sacerdotes, a los religiosos y a todos los fieles, venidos de
varias partes del mundo para esta feliz circunstancia que reviste una carácter
especial de universalidad.
En la segunda lectura que se acaba de proclamar, el apóstol Pedro exhorta a los
«presbíteros» de la Iglesia a ser pastores diligentes y solícitos del rebaño de
Cristo (cf. 1 Pe 5,1-2). Estas palabras están dirigidas sobre todo a
vosotros, queridos y venerados hermanos, que ya tenéis muchos meritos ante el
Pueblo de Dios por vuestra generosa y sapiente labor desarrollada en el
ministerio pastoral en diócesis exigentes, en la dirección de los Dicasterios de
la Curia Romana o en el servicio eclesial del estudio y de la enseñanza. La
nueva dignidad que se os ha conferido quiere manifestar el aprecio por vuestro
trabajo fiel en la viña del Señor, honrar a las comunidades y naciones de las
cuales procedéis y de las que sois dignos representantes de la Iglesia,
confiaros nuevas y más importantes responsabilidades eclesiales y, finalmente,
pediros mayor disponibilidad para Cristo y para toda la comunidad cristiana.
Esta disponibilidad al servicio del Evangelio está solidamente fundada en la
certeza de la fe. En efecto, sabemos que Dios es fiel a sus promesas y
permanecemos en la esperanza de que se cumplan las palabras del apóstol Pedro:
«Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se
marchita» (1 Pe 5,4).
El pasaje del Evangelio de hoy presenta a Pedro que, movido por una inspiración
divina, expresa la propia fe fundada en Jesús, el Hijo de Dios y el Mesías
prometido. En respuesta a esta límpida profesión de fe, que Pedro confiesa
también en nombre de los otros apóstoles, Cristo les revela la misión que
pretende confiarles, la de ser la «piedra», la «roca», el fundamento visible
sobre el que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia (cf.
Mt 16,16-19). Esta expresión de «roca-piedra» no se refiere al carácter de
la persona, sino que sólo puede comprenderse partiendo de un aspecto más
profundo, del misterio: mediante el cargo que Jesús les confía, Simón Pedro se
convierte en algo que no es por «la carne y la sangre». El exegeta Joaquín
Jeremías ha hecho ver cómo en el trasfondo late el lenguaje simbólico de la
«roca santa». A este respecto, puede ayudarnos un texto rabínico que reza así: «El
Señor dijo: “¿Cómo puedo crear el mundo cuando surgirán estos sin-Dios y se
volverán contra mi?”. Pero cuando Dios vio que debía nacer Abraham, dijo: “Mira,
he encontrado una roca, sobre la cual puedo construir y fundar el mundo”. Por
eso él llamó Abrahán una roca». El profeta Isaías se refiere a eso cuando
recuerda al pueblo: «Mirad la roca de donde os tallaron,… mirad a Abrahán
vuestro padre» (51,1-2). Se ve a Abrahán, el padre de los creyentes, que por su
fe es la roca que sostiene la creación. Simón, que es el primero en confesar a
Jesús como el Cristo, y es el primer testigo de la resurrección, se convierte
ahora, con su fe renovada, en la roca que se opone a la fuerza destructiva del
mal.
Queridos hermanos y hermanas. Este pasaje evangélico que hemos escuchado
encuentra una más reciente y elocuente explicación en un elemento artístico muy
notorio que embellece esta Basílica Vaticana: el altar de la Cátedra. Cuando se
recorre la grandiosa nave central, una vez pasado el crucero, se llega al ábside
y nos encontramos ante un grandioso trono de bronce que parece suelto, pero que
en realidad está sostenido por cuatro estatuas de grandes Padres de la Iglesia
de Oriente y Occidente. Y, sobre el trono, circundado por una corona de ángeles
suspendidos en el aire, resplandece en la ventana ovalada la gloria del Espíritu
Santo. ¿Qué nos dice este complejo escultórico, fruto del genio de Bernini?
Representa una visión de la esencia de la Iglesia y, dentro de ella, del
magisterio petrino.
La ventana del ábside abre la Iglesia hacia el externo, hacia la creación entera,
mientras la imagen de la paloma del Espíritu Santo muestra a Dios como la fuente
de la luz. Pero se puede subrayar otro aspecto: en efecto, la Iglesia misma es
como una ventana, el lugar en el que Dios se acerca, se encuentra con el mundo.
La Iglesia no existe por sí misma, no es el punto de llegada, sino que debe
remitir más allá, hacia lo alto, por encima de nosotros. La Iglesia es
verdaderamente ella misma en la medida en que deja trasparentar al Otro –con la
«O» mayúscula– del cual proviene y al cual conduce. La Iglesia es el lugar
donde Dios «llega» a nosotros, y desde donde nosotros «partimos» hacia él; ella
tiene la misión de abrir más allá de sí mismo ese mundo que tiende a creerse un
todo cerrado y llevarle la luz que viene de lo alto, sin la cual sería
inhabitable.
La gran cátedra de bronce contiene un sitial de madera del siglo IX, que por
mucho tiempo se consideró la cátedra del apóstol Pedro, y que fue colocada
precisamente en ese altar monumental por su alto valor simbólico. Ésta, en
efecto, expresa la presencia permanente del Apóstol en el magisterio de sus
sucesores. El sillón de san Pedro, podemos decir, es el trono de la verdad, que
tiene su origen en el mandato de Cristo después de la confesión en Cesarea de
Filipo. La silla magisterial nos trae a la memoria de nuevo las palabras del
Señor dirigidas a Pedro en el Cenáculo: «Yo he pedido por ti, para que tu fe no
se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos» (Lc
22,32).
La Cátedra de Pedro evoca otro recuerdo: la celebra expresión de san Ignacio de
Antioquia, que en su carta a los Romanos llama a la Iglesia de Roma «aquella que
preside en la caridad» (Inscr.: PG 5, 801). En efecto, el
presidir en la fe está inseparablemente unido al presidir en el amor. Una fe sin
amor nunca será una fe cristiana autentica. Pero las palabras de san Ignacio
tienen también otra connotación mucho más concreta. El término «caridad», en
efecto, se utilizaba en la Iglesia de los orígenes para indicar también la
Eucaristía. La Eucaristía es precisamente Sacramentum caritatis Christi,
mediante el cual él continua a atraer a todos hacia sí, como lo hizo desde lo
alto de la cruz (cf. Jn 12,32). Por tanto, «presidir en la caridad»
significa atraer a los hombres en un abrazo eucarístico, el abrazo de Cristo,
que supera toda barrera y toda exclusión, creando comunión entre las múltiples
diferencias. El ministerio petrino, pues, es primado de amor en sentido
eucarístico, es decir, solicitud por la comunión universal de la Iglesia en
Cristo. Y la Eucaristía es forma y medida de esta comunión, y garantía de que
ella se mantenga fiel al criterio de la tradición de la fe.
La gran Cátedra está apoyada sobre los Padres de la Iglesia. Los dos maestros de
oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio, junto con los latinos, san Ambrosio
y san Agustín, representando la totalidad de la tradición y, por tanto, la
riqueza de las expresiones de la verdadera fe en la santa y única Iglesia. Este elemento
del altar nos dice que el amor se asienta sobre la fe. Y se resquebraja si el
hombre ya no confía en Dios ni le obedece. Todo en la Iglesia se apoya sobre la
fe: los sacramentos, la liturgia, la evangelización, la caridad. También el
derecho, también la autoridad en la Iglesia se apoya sobre la fe. La Iglesia no
se da a sí misma las reglas, el propio orden, sino que lo recibe de la Palabra
de Dios, que escucha en la fe y trata de comprender y vivir. Los Padres de la
Iglesia tienen en la comunidad eclesial la función de garantes de la fidelidad a
la Sagrada Escritura. Ellos aseguran una exegesis fidedigna, sólida, capaz de
formar con la Cátedra de Pedro un complejo estable y unitario. Las Sagradas
Escrituras, interpretadas autorizadamente por el Magisterio a la luz de los
Padres, iluminan el camino de la Iglesia en el tiempo, asegurándole un
fundamento estable en medio a los cambios históricos.
Tras haber considerado los diversos elementos del altar de la Cátedra, dirijamos
una mirada al conjunto. Y veamos cómo está atravesado por un doble movimiento:
de ascensión y de descenso. Es la reciprocidad entre la fe y el amor. La Cátedra
está puesta con gran realce en este lugar, porque aquí está la tumba del apóstol
Pedro, pero también tiende hacia el amor de Dios. En efecto, la fe se orienta al
amor. Una fe egoísta no es una fe verdadera. Quien cree en Jesucristo y entra en
el dinamismo del amor que tiene su fuente en la Eucaristía, descubre la
verdadera alegría y, a su vez, es capaz de vivir según la lógica de este don. La verdadera fe es iluminada por el amor y conduce al amor, hacia lo alto, del
mismo modo que el altar de la Cátedra apunta hacia la ventana luminosa, la
gloria del Espíritu Santo, que constituye el verdadero punto focal para la
mirada del peregrino que atraviesa el umbral de la Basílica Vaticana. En esa
ventana, la corona de los ángeles y los grandes rayos dorados dan una espléndido
realce, con un sentido de plenitud desbordante, que expresa la riqueza de la
comunión con Dios. Dios no es soledad, sino amor glorioso y gozoso, difusivo y
luminoso.
Queridos hermanos y hermanas, a cada cristiano y a nosotros, se nos confía el
don de este amor: un don que ha de ofrecer con el testimonio de nuestra vida.
Esto es, en particular, vuestra tarea, venerados Hermanos Cardenales: dar
testimonio de la alegría del amor de Cristo. Confiemos ahora vuestro nuevo
servicio eclesial a la Virgen María, presente en la comunidad apostólica reunida
en oración en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). Que Ella, Madre
del Verbo encarnado, proteja el camino de la Iglesia, sostenga con su
intercesión la obra de los Pastores y acoja bajo su manto a todo el colegio
cardenalicio. Amén.
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Editrice Vaticana
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