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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE, EN TORRINO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Domingo 4 de marzo de 2012

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Queridos hermanos y hermanas de la parroquia de San Juan Bautista de la Salle:

En primer lugar, quiero decir, con todo mi corazón, gracias por esta acogida tan cordial, calurosa. Gracias al buen párroco por sus hermosas palabras; gracias por este espíritu de familiaridad que encuentro. Somos realmente familia de Dios, y el hecho de que veis en el Papa también al papá, es para mí algo muy hermoso, que me anima. Pero ahora debemos pensar que tampoco el Papa es la última instancia: la última instancia es el Señor y miramos al Señor para percibir, para captar —en la medida de lo posible— algo del mensaje de este segundo domingo de Cuaresma.

La liturgia de este día nos prepara sea para el misterio de la Pasión —como escuchamos en la primera lectura— sea para la alegría de la Resurrección.

La primera lectura nos refiere el episodio en el que Dios pone a prueba a Abrahán (cf. Gn 22, 1-18). Abrahán tenía un hijo único, Isaac, que le nació en la vejez. Era el hijo de la promesa, el hijo que debería llevar luego la salvación también a los pueblos. Pero un día Abrahán recibe de Dios la orden de ofrecerlo en sacrificio. El anciano patriarca se encuentra ante la perspectiva de un sacrificio que para él, padre, es ciertamente el mayor que se pueda imaginar. Sin embargo, no duda ni siquiera un instante y, después de preparar lo necesario, parte junto con Isaac hacia el lugar establecido. Y podemos imaginar esta caminata hacia la cima del monte, lo que sucedió en su corazón y en el corazón de su hijo. Construye un altar, coloca la leña y, después de atar al muchacho, aferra el cuchillo para inmolarlo. Abrahán se fía de Dios hasta tal punto que está dispuesto incluso a sacrificar a su propio hijo y, juntamente con el hijo, su futuro, porque sin ese hijo la promesa de la tierra no servía para nada, acabaría en la nada. Y sacrificando a su hijo se sacrifica a sí mismo, todo su futuro, toda la promesa. Es realmente un acto de fe radicalísimo. En ese momento lo detiene una orden de lo alto: Dios no quiere la muerte, sino la vida; el verdadero sacrificio no da muerte, sino que es la vida, y la obediencia de Abrahán se convierte en fuente de una inmensa bendición hasta hoy. Dejemos esto, pero podemos meditar este misterio.

En la segunda lectura, san Pablo afirma que Dios mismo realizó un sacrificio: nos dio a su propio Hijo, lo donó en la cruz para vencer el pecado y la muerte, para vencer al maligno y para superar toda la malicia que existe en el mundo. Y esta extraordinaria misericordia de Dios suscita la admiración del Apóstol y una profunda confianza en la fuerza del amor de Dios a nosotros; de hecho, san Pablo afirma: «[Dios], que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?» (Rm 8, 32). Si Dios se da a sí mismo en el Hijo, nos da todo. Y san Pablo insiste en la potencia del sacrificio redentor de Cristo contra cualquier otro poder que pueda amenazar nuestra vida. Se pregunta: «¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió; más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?» (vv. 33-34). Nosotros estamos en el corazón de Dios; esta es nuestra gran confianza. Esto crea amor y en el amor vamos hacia Dios. Si Dios ha entregado a su propio Hijo por todos nosotros, nadie podrá acusarnos, nadie podrá condenarnos, nadie podrá separarnos de su inmenso amor. Precisamente el sacrificio supremo de amor en la cruz, que el Hijo de Dios aceptó y eligió voluntariamente, se convierte en fuente de nuestra justificación, de nuestra salvación. Y pensemos que en la Sagrada Eucaristía siempre está presente este acto del Señor, que en su corazón permanece por toda la eternidad, y este acto de su corazón nos atrae, nos une a él.

Por último, el Evangelio nos habla del episodio de la Transfiguración (cf. Mc 9, 2-10): Jesús se manifiesta en su gloria antes del sacrificio de la cruz y Dios Padre lo proclama su Hijo predilecto, el amado, e invita a los discípulos a escucharlo. Jesús sube a un monte alto y toma consigo a tres apóstoles —Pedro, Santiago y Juan—, que estarán especialmente cercanos a él en la agonía extrema, en otro monte, el de los Olivos. Poco tiempo antes el Señor había anunciado su pasión y Pedro no había logrado comprender por qué el Señor, el Hijo de Dios, hablaba de sufrimiento, de rechazo, de muerte, de cruz; más aún, se había opuesto decididamente a esta perspectiva. Ahora Jesús toma consigo a los tres discípulos para ayudarlos a comprender que el camino para llegar a la gloria, el camino del amor luminoso que vence las tinieblas, pasa por la entrega total de sí mismo, pasa por el escándalo de la cruz. Y el Señor debe tomar consigo, siempre de nuevo, también a nosotros, al menos para comenzar a comprender que este es el camino necesario. La transfiguración es un momento anticipado de luz que nos ayuda también a nosotros a contemplar la pasión de Jesús con una mirada de fe. La pasión de Jesús es un misterio de sufrimiento, pero también es la «bienaventurada pasión» porque en su núcleo es un misterio de amor extraordinario de Dios; es el éxodo definitivo que nos abre la puerta hacia la libertad y la novedad de la Resurrección, de la salvación del mal. Tenemos necesidad de ella en nuestro camino diario, a menudo marcado también por la oscuridad del mal.

Queridos hermanos y hermanas, como ya he dicho, me alegra mucho estar en medio de vosotros, hoy, para celebrar el Día del Señor. Saludo cordialmente al cardenal vicario, al obispo auxiliar del sector, a vuestro párroco, don Giampaolo Perugini, a quien agradezco, una vez más, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros y también los gratos regalos que me habéis ofrecido. Saludo a los vicarios parroquiales. Y saludo a las Hermanas Franciscanas Misioneras del Corazón Inmaculado de María, presentes aquí desde hace muchos años, particularmente beneméritas para la vida de esta parroquia, que encontró una pronta y generosa hospitalidad en su casa durante los primeros tres años de vida. Extiendo luego mi saludo a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que naturalmente sienten afecto por esta iglesia parroquial que lleva el nombre de su fundador. Saludo, asimismo, a todos los que colaboran en el ámbito de la parroquia: me refiero a los catequistas, a los miembros de las asociaciones y de los movimientos, así como de los distintos grupos parroquiales. Por último, quiero extender mi saludo a todos los habitantes del barrio, especialmente a los ancianos, a los enfermos, a las personas solas y a las que atraviesan dificultades.

Al venir hoy entre vosotros, he notado la posición particular de esta iglesia, situada en el punto más alto del barrio, y dotada de un campanario enhiesto, casi como un dedo o una flecha hacia el cielo. Me parece que esta es una indicación importante: como los tres Apóstoles del Evangelio, también nosotros necesitamos subir al monte de la Transfiguración para recibir la luz de Dios, para que su rostro ilumine nuestro rostro. Y es en la oración personal y comunitaria donde encontramos al Señor, no como una idea, o como una propuesta moral, sino como una Persona que quiere entrar en relación con nosotros, que quiere ser amigo y renovar nuestra vida para hacerla como la suya. Y este encuentro no es sólo un hecho personal; esta iglesia vuestra, situada en el punto más alto del barrio, os recuerda que el Evangelio debe ser comunicado, anunciado a todos. No esperemos que otros vengan a traer mensajes diversos, que no llevan a la verdadera vida; convertíos vosotros mismos en misioneros de Cristo para los hermanos en los lugares donde viven, trabajan, estudian o sólo pasan el tiempo libre. Conozco las numerosas y significativas obras de evangelización que estáis llevando a cabo, especialmente a través del oratorio llamado «Estrella polar» —me alegra llevar también esta camiseta [la camiseta del oratorio]— donde, gracias al voluntariado de personas competentes y generosas, y con la participación de las familias, se fomenta el encuentro de muchachos en actividades deportivas, pero sin descuidar la formación cultural, a través del arte y la música, y sobre todo se educa en la relación con Dios, en los valores cristianos y en una participación cada vez más consciente en la celebración eucarística dominical.

Me alegra que el sentido de pertenencia a la comunidad parroquial haya ido madurando y consolidándose cada vez más a lo largo de los años. La fe se debe vivir juntamente y la parroquia es un lugar donde se aprende a vivir la propia fe en el «nosotros» de la Iglesia. Y deseo animaros a que crezca también la corresponsabilidad pastoral, en una perspectiva de auténtica comunión entre todas las realidades presentes, que están llamadas a caminar juntas, a vivir la complementariedad en la diversidad, a testimoniar el «nosotros» de la Iglesia, de la familia de Dios. Conozco el empeño que ponéis en la preparación de los muchachos y los jóvenes para los sacramentos de la vida cristiana. El próximo «Año de la fe» debe ser para esta parroquia una ocasión propicia también para aumentar y consolidar la experiencia de la catequesis sobre las grandes verdades de la fe cristiana, de modo que permita a todo el barrio conocer y profundizar el Credo de la Iglesia, y superar el «analfabetismo religioso», que es uno de los mayores problemas de nuestro tiempo.

Queridos amigos, vuestra comunidad es joven —se ve—; está formada por familias jóvenes, y gracias a Dios son muchos los niños y muchachos que la pueblan. A este respecto, quiero recordar la misión de la familia, y de toda la comunidad cristiana, de educar en la fe, con la ayuda del tema de este año pastoral, de las orientaciones pastorales propuestas por la Conferencia episcopal italiana, y sin olvidar la profunda y siempre actual enseñanza de san Juan Bautista de la Salle. En especial, queridas familias, vosotras sois el ambiente de vida en donde se dan los primeros pasos en la fe; sed comunidades donde se aprenda a conocer y amar cada vez más al Señor, comunidades donde se dé un enriquecimiento mutuo para vivir una fe verdaderamente adulta.

Por último, quiero recordaros a todos la importancia y la centralidad de la Eucaristía en la vida personal y comunitaria. La santa misa debe estar en el centro de vuestro Domingo, que es preciso redescubrir y vivir como día de Dios y de la comunidad, día en el cual alabar y celebrar a Aquel que murió y resucitó por nuestra salvación, día en el cual vivir juntos en la alegría de una comunidad abierta y dispuesta a acoger a toda persona sola o en dificultades. Reunidos en torno a la Eucaristía, de hecho, percibimos más fácilmente que la misión de toda comunidad cristiana consiste en llevar el mensaje del amor de Dios a todos los hombres. Precisamente por eso es importante que la Eucaristía esté siempre en el corazón de la vida de los fieles, como lo está hoy.

Queridos hermanos y hermanas, desde el Tabor, el monte de la Transfiguración, el itinerario cuaresmal nos conduce hasta el Gólgota, monte del supremo sacrificio de amor del único Sacerdote de la alianza nueva y eterna. En ese sacrificio se encierra la mayor fuerza de transformación del hombre y de la historia. Asumiendo sobre sí todas las consecuencias del mal y del pecado, Jesús resucitó al tercer día como vencedor de la muerte y del Maligno. La Cuaresma nos prepara para participar personalmente en este gran misterio de la fe, que celebraremos en el Triduo de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Encomendemos a la Virgen María nuestro camino cuaresmal, así como el de toda la Iglesia. Ella, que siguió a su Hijo Jesús hasta la cruz, nos ayude a ser discípulos fieles de Cristo, cristianos maduros, para poder participar juntamente con ella en la plenitud de la alegría pascual. Amén.

 

© Copyright 2012 - Libreria Editrice Vaticana

   

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