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MISA DE NOCHEBUENA
SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Basílica Vaticana
Lunes
24 de diciembre de 2012
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Queridos hermanos y hermanas
Una vez más, como siempre, la belleza de este Evangelio nos llega al
corazón: una belleza que es esplendor de la verdad. Nuevamente nos conmueve que
Dios se haya hecho niño, para que podamos amarlo, para que nos atrevamos a
amarlo, y, como niño, se pone confiadamente en nuestras manos. Dice algo así: Sé
que mi esplendor te asusta, que ante mi grandeza tratas de afianzarte tú mismo.
Pues bien, vengo por tanto a ti como niño, para que puedas acogerme y amarme.
Nuevamente me llega al corazón esa palabra del evangelista, dicha
casi de pasada, de que no había lugar para ellos en la posada. Surge
inevitablemente la pregunta sobre qué pasaría si María y José llamaran a mi
puerta. ¿Habría lugar para ellos? Y después nos percatamos de que esta noticia
aparentemente casual de la falta de sitio en la posada, que lleva a la Sagrada
Familia al establo, es profundizada en su esencia por el evangelista Juan cuando
escribe: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron» (Jn 1,11).
Así que la gran cuestión moral de lo que sucede entre nosotros
a propósito de los prófugos, los refugiados, los emigrantes, alcanza un sentido
más fundamental aún: ¿Tenemos un puesto para Dios cuando él trata de entrar en
nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para él? ¿No es precisamente a Dios mismo al
que rechazamos? Y así se comienza porque no tenemos tiempo para Dios. Cuanto más
rápidamente nos movemos, cuanto más eficaces son los medios que nos permiten
ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible. ¿Y Dios? Lo que se refiere a
él, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya está completamente ocupado. Pero la
cuestión va todavía más a fondo. ¿Tiene Dios realmente un lugar en nuestro
pensamiento? La metodología de nuestro pensar está planteada de tal manera que,
en el fondo, él no debe existir. Aunque parece llamar a la puerta de nuestro
pensamiento, debe ser rechazado con algún razonamiento. Para que se sea
considerado serio, el pensamiento debe estar configurado de manera que la
«hipótesis Dios» sea superflua. No hay sitio para él. Tampoco hay lugar para él
en nuestros sentimientos y deseos. Nosotros nos queremos a nosotros mismos,
queremos las cosas tangibles, la felicidad que se pueda experimentar, el éxito
de nuestros proyectos personales y de nuestras intenciones. Estamos
completamente «llenos» de nosotros mismos, de modo que ya no queda espacio
alguno para Dios. Y, por eso, tampoco queda espacio para los otros, para los
niños, los pobres, los extranjeros. A partir de la sencilla palabra sobre la
falta de sitio en la posada, podemos darnos cuenta de lo necesaria que es la
exhortación de san Pablo: «Transformaos por la renovación de la mente» (Rm 12,2).
Pablo habla de renovación, de abrir nuestro intelecto (nous);
habla, en general, del modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos.
La conversión que necesitamos debe llegar verdaderamente hasta las profundidades
de nuestra relación con la realidad. Roguemos al Señor para que estemos
vigilantes ante su presencia, para que oigamos cómo él llama, de manera callada
pero insistente, a la puerta de nuestro ser y de nuestro querer. Oremos para que
se cree en nuestro interior un espacio para él. Y para que, de este modo,
podamos reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a
nosotros: en los niños, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y
los pobres de este mundo.
En el relato de la Navidad hay también una segunda palabra sobre la
que quisiera reflexionar con vosotros: el himno de alabanza que los ángeles
entonan después del mensaje sobre el Salvador recién nacido: «Gloria a Dios en el
cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes él se
complace». Dios es glorioso. Dios es luz pura, esplendor de la verdad y del amor. Él es
bueno. Es el verdadero bien, el bien por excelencia. Los ángeles que lo rodean
transmiten en primer lugar simplemente la alegría de percibir la gloria de Dios.
Su canto es una irradiación de la alegría que los inunda. En sus palabras oímos,
por decirlo así, algo de los sonidos melodiosos del cielo. En ellas no se supone
ninguna pregunta sobre el porqué, aparece simplemente el hecho de estar llenos
de la felicidad que proviene de advertir el puro esplendor de la verdad y del
amor de Dios. Queremos dejarnos embargar de esta alegría: existe la verdad.
Existe la pura bondad. Existe la luz pura. Dios es bueno y él es el poder
supremo por encima de todos los poderes. En esta noche, deberíamos simplemente
alegrarnos de este hecho, junto con los ángeles y los pastores.
Con la gloria de Dios en las alturas, se relaciona la paz en la
tierra a los hombres. Donde no se da gloria a Dios, donde se le olvida o incluso
se le niega, tampoco hay paz. Hoy, sin embargo, corrientes de pensamiento muy
difundidas sostienen lo contrario: la religión, en particular el monoteísmo,
sería la causa de la violencia y de las guerras en el mundo; sería preciso
liberar antes a la humanidad de la religión para que se estableciera después la
paz; el monoteísmo, la fe en el único Dios, sería prepotencia, motivo de
intolerancia, puesto que por su naturaleza quisiera imponerse a todos con la
pretensión de la única verdad. Es cierto que el monoteísmo ha servido en la
historia como pretexto para la intolerancia y la violencia. Es verdad que una
religión puede enfermar y llegar así a oponerse a su naturaleza más profunda,
cuando el hombre piensa que debe tomar en sus manos la causa de Dios, haciendo
así de Dios su propiedad privada. Debemos estar atentos contra esta distorsión
de lo sagrado. Si es incontestable un cierto uso indebido de la religión en la
historia, no es verdad, sin embargo, que el «no» a Dios restablecería la paz. Si
la luz de Dios se apaga, se extingue también la dignidad divina del hombre.
Entonces, ya no es la imagen de Dios, que debemos honrar en cada uno, en el
débil, el extranjero, el pobre. Entonces ya no somos todos hermanos y hermanas,
hijos del único Padre que, a partir del Padre, están relacionados mutuamente.
Qué géneros de violencia arrogante aparecen entonces, y cómo el hombre desprecia
y aplasta al hombre, lo hemos visto en toda su crueldad el siglo pasado. Sólo
cuando la luz de Dios brilla sobre el hombre y en el hombre, sólo cuando cada
hombre es querido, conocido y amado por Dios, sólo entonces, por miserable que
sea su situación, su dignidad es inviolable. En la Noche Santa, Dios mismo se ha
hecho hombre, como había anunciado el profeta Isaías: el niño nacido aquí es
«Emmanuel», Dios con nosotros (cf. Is 7,14). Y, en el transcurso de todos
estos siglos, no se han dado ciertamente sólo casos de uso indebido de la
religión, sino que la fe en ese Dios que se ha hecho hombre ha provocado siempre
de nuevo fuerzas de reconciliación y de bondad. En la oscuridad del pecado y de
la violencia, esta fe ha insertado un rayo luminoso de paz y de bondad que sigue
brillando.
Así pues, Cristo es nuestra paz, y ha anunciado la paz a los de
lejos y a los de cerca (cf. Ef 2,14.17). Cómo dejar de implorarlo en esta
hora: Sí, Señor, anúncianos también hoy la paz, a los de cerca y a los de lejos.
Haz que, también hoy, de las espadas se forjen arados (cf. Is 2,4), que
en lugar de armamento para la guerra lleguen ayudas para los que sufren. Ilumina
la personas que se creen en el deber aplicar la violencia en tu nombre, para que
aprendan a comprender lo absurdo de la violencia y a reconocer tu verdadero
rostro. Ayúdanos a ser hombres «en los que te complaces», hombres conformes a tu
imagen y, así, hombres de paz.
Apenas se alejaron los ángeles, los pastores se decían unos a otros:
Vamos, pasemos allá, a Belén, y veamos esta palabra que se ha cumplido por
nosotros (cf. Lc 2,15). Los pastores se apresuraron en su camino hacia
Belén, nos dice el evangelista (cf. 2,16). Una santa curiosidad los impulsaba a
ver en un pesebre a este niño, que el ángel había dicho que era el Salvador, el
Cristo, el Señor. La gran alegría, a la que el ángel se había referido,
había entrado en su corazón y les daba alas.
Vayamos allá, a Belén, dice hoy la liturgia de la Iglesia.
Trans-eamus traduce la Biblia latina: «atravesar», ir al otro lado,
atreverse a dar el paso que va más allá, la «travesía» con la que salimos de
nuestros hábitos de pensamiento y de vida, y sobrepasamos el mundo puramente
material para llegar a lo esencial, al más allá, hacia el Dios que, por su
parte, ha venido acá, hacia nosotros. Pidamos al Señor que nos dé la capacidad
de superar nuestros límites, nuestro mundo; que nos ayude a encontrarlo,
especialmente en el momento en el que él mismo, en la Sagrada Eucaristía, se
pone en nuestras manos y en nuestro corazón.
Vayamos allá, a Belén. Con estas palabras que nos decimos unos a
otros, al igual que los pastores, no debemos pensar sólo en la gran travesía
hacia el Dios vivo, sino también en la ciudad concreta de Belén, en todos los
lugares donde el Señor vivió, trabajó y sufrió. Pidamos en esta hora por quienes
hoy viven y sufren allí. Oremos para que allí reine la paz. Oremos para que
israelíes y palestinos puedan llevar una vida en la paz del único Dios y en
libertad. Pidamos también por los países circunstantes, por el Líbano, Siria,
Irak, y así sucesivamente, de modo que en ellos se asiente la paz. Que los
cristianos en aquellos países donde ha tenido origen nuestra fe puedan conservar
su morada; que cristianos y musulmanes construyan juntos sus países en la paz de
Dios.
Los pastores se apresuraron. Les movía una santa curiosidad y una
santa alegría. Tal vez es muy raro entre nosotros que nos apresuremos por las
cosas de Dios. Hoy, Dios no forma parte de las realidades urgentes. Las cosas de
Dios, así decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, él es la realidad
más importante, el Único que, en definitiva, importa realmente. ¿Por qué no
deberíamos también nosotros dejarnos llevar por la curiosidad de ver más de
cerca y conocer lo que Dios nos ha dicho? Pidámosle que la santa curiosidad y la
santa alegría de los pastores nos inciten también hoy a nosotros, y vayamos pues
con alegría allá, a Belén; hacia el Señor que también hoy viene de nuevo entre
nosotros. Amén.
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