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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL PRESIDENTE DE COREA LEE MYUNG-BAK
CON OCASIÓN DEL G20 REUNIDO EN SEÚL
Al excelentísimo señor Lee Myung-bak
Presidente de la República de Corea
Señor presidente:
El inminente encuentro en Seúl de los jefes de Estado y de
Gobierno de las veintidós principales economías mundiales junto con el
secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, la presidencia de
la Unión Europea y algunas organizaciones regionales, así como con los
responsables de varias agencias especializadas, no sólo tiene un alcance global,
sino que también es un signo claro de la relevancia y la responsabilidad que
Asia ha adquirido en el concierto internacional a comienzos del siglo XXI. La
presidencia coreana de la cumbre es un reconocimiento del significativo nivel de
desarrollo económico que ha alcanzado su país, que es el primero, entre los que
no pertenecen al g8, que acoge el G20 y guía sus decisiones en el mundo después
de la crisis. La cumbre trata de encontrar soluciones a cuestiones bastante
complejas, de las que depende el futuro de las próximas generaciones y que, por
tanto, requieren la cooperación de toda la comunidad internacional, basada en el
reconocimiento —común y concorde de todos los pueblos— del valor primario y
central de la dignidad humana, que es el objetivo último de esas mismas
decisiones.
La Iglesia católica, de acuerdo con su naturaleza específica,
comparte el interés y las preocupaciones de los líderes que tomarán parte en la
cumbre de Seúl. Por lo tanto, aliento a que se afronten los numerosos y serios
problemas que se plantean —y a los que en cierto sentido se enfrenta toda
persona humana hoy— teniendo presentes las razones profundas de la crisis
económica y financiera y considerando adecuadamente las consecuencias de las
medidas adoptadas para superar la crisis, buscando soluciones duraderas,
sostenibles y justas. Al actuar así, confío en que sean profundamente
conscientes de que las soluciones adoptadas, como tales, sólo funcionarán si, en
definitiva, se proponen alcanzar el mismo objetivo: el desarrollo auténtico e
integral del hombre.
El mundo los mira con atención y espera que se adopten
soluciones apropiadas para salir de la crisis, con acuerdos comunes que no
favorezcan a algunos países a costa de otros. La historia nos recuerda,
asimismo, que aunque sea difícil conciliar las diferentes identidades
socioculturales, económicas y políticas coexistentes hoy, dichas soluciones,
para ser eficaces, deben aplicarse actuando sinérgicamente y, sobre todo,
respetando la naturaleza del hombre. Para el futuro mismo de la humanidad es
decisivo demostrar al mundo y a la historia que hoy, también gracias a esta
crisis, el hombre ha madurado hasta el punto de reconocer que las civilizaciones
y las culturas, al igual que los sistemas económicos, sociales y políticos,
pueden y deben converger en una visión compartida de la dignidad humana, que
respete las leyes y las exigencias que Dios creador le ha dado. El G20
responderá a las expectativas puestas en él y representará un verdadero éxito
para las generaciones futuras si, tomando en consideración los distintos
problemas, a veces contrastantes, que afligen a los pueblos de la tierra,
delinea las características del bien común universal y demuestra la voluntad de
cooperar para alcanzarlo.
Con estos sentimientos invoco la bendición de Dios sobre
todos los participantes en la cumbre de Seúl y aprovecho la ocasión para
renovarle, señor presidente, la seguridad de mi atenta y distinguida
consideración.
Vaticano, 8 de noviembre de 2010
BENEDICTO XVI
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