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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON OCASIÓN DEL FUNERAL DE LA MEMOR DOMINI
MANUELA CAMAGNI,
DE LA FAMILIA PONTIFICIA
Queridos hermanos y hermanas:
Habría deseado presidir las exequias de la querida Manuela
Camagni, pero —como podéis imaginar— no me ha sido posible. Sin embargo, la
comunión en Cristo nos permite a los cristianos una real cercanía espiritual, en
la que compartimos la oración y el afecto del alma. En este vínculo profundo os
saludo a todos, en particular a los familiares de Manuela, a los obispos
presentes, a los sacerdotes, a los Memores Domini y a los amigos.
Quiero ofrecer aquí muy brevemente mi testimonio sobre esta
hermana nuestra, que se ha ido al cielo. Muchos de vosotros conocen a Manuela
desde hace tiempo. Yo pude beneficiarme de su presencia y de su servicio en el
apartamento pontificio en los últimos cinco años, en una dimensión familiar. Por
esto, deseo dar gracias al Señor por el don de la vida de Manuela, por su fe,
por su generosa respuesta a la vocación. La divina Providencia la llevó a un
servicio discreto pero muy valioso en la casa del Papa. Ella estaba contenta de
esto, y participaba con alegría en los momentos de familia: en la santa misa de
la mañana, en las vísperas, en las comidas en común y en las varias y
significativas celebraciones de la casa.
El separarnos de ella de un modo tan repentino y la manera
como nos ha sido arrebatada nos han provocado un gran dolor, que sólo la fe
puede consolar. Encuentro un gran sostén al pensar en las palabras que son el
nombre de su comunidad: Memores Domini. Meditando sobre estas palabras,
sobre su significado, encuentro un sentido de paz, porque remiten a una relación
profunda que es más fuerte que la muerte. Memores Domini quiere decir:
«que recuerdan al Señor», es decir, personas que viven en la memoria de Dios y
de Jesús, y en esta memoria cotidiana, llena de fe y de amor, encuentran el
sentido de cada cosa, tanto de las pequeñas acciones como de las grandes
decisiones, del trabajo, del estudio, de la fraternidad. La memoria del Señor
llena el corazón de una alegría profunda, como dice un antiguo himno de la
Iglesia: «Jesu dulcis memoria, dans vera cordis gaudia» (Jesús dulce
memoria, que da la verdadera alegría del corazón).
Por esto me da paz pensar que Manuela es una Memor Domini,
una persona que vive en la memoria del Señor. Esta relación con él es más
profunda que el abismo de la muerte. Es un vínculo que nada ni nadie puede
romper, como dice san Pablo: «(Nada) podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 8, 39). Sí, si recordamos
al Señor es porque él, antes aún, se acuerda de nosotros. Somos memores
Domini porque él es Memor nostri, se acuerda de nosotros con el amor
de un Padre, de un Hermano, de un Amigo, incluso en el momento de la muerte.
Aunque a veces pueda parecer que en ese momento él está ausente, que se olvida
de nosotros, en realidad él nos tiene siempre presentes, estamos en su corazón.
Dondequiera que podamos caer, caemos en sus manos. Precisamente allí, donde
nadie puede acompañarnos, nos espera Dios: nuestra Vida.
Queridos hermanos y hermanas, en esta fe llena de esperanza,
que es la fe de María al pie de la cruz de Jesús, celebré la santa misa en
sufragio de Manuela la misma mañana de su muerte. Y mientras acompaño con la
oración el rito cristiano de su sepultura, imparto con afecto a los familiares,
a sus hermanas en la fe y a todos vosotros mi bendición.
BENEDICTO XVI
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