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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
POR EL DÍA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN 2012

 

Al señor José Graziano da Silva
Director general de la FAO.

1. Este año el Día mundial de la alimentación se celebra mientras los efectos de la crisis económica golpean cada vez más las necesidades primarias, incluido el derecho fundamental de toda persona a una nutrición suficiente y sana, agravando especialmente la situación de cuantos viven en condiciones de pobreza y subdesarrollo. Se trata de un contexto análogo al que inspiró la institución de la FAO y que exhorta a las instituciones nacionales e internacionales al compromiso de liberar a la humanidad del hambre a través del desarrollo agrícola y el crecimiento de las comunidades rurales. En efecto, sobre la desnutrición pesan un gradual desinterés y una excesiva competitividad que amenazan con hacer olvidar que sólo las soluciones comunes y compartidas pueden dar respuesta adecuada a las expectativas de personas y pueblos.

Por tanto, me congratulo de manera particular por la elección de dedicar esta Jornada a la reflexión sobre el tema: «Las cooperativas agrícolas alimentan al mundo». No sólo se trata de apoyar a las cooperativas como expresión de una diversa forma de organización económica y social, sino también de considerarlas un verdadero instrumento de la acción internacional. En efecto, la experiencia realizada en numerosos países muestra que las cooperativas, además de impulsar el trabajo agrícola, son un modo de consentir que los agricultores y las poblaciones rurales intervengan en los momentos decisorios y al mismo tiempo un instrumento eficaz para realizar el desarrollo integral cuyo fundamento y fin es la persona.

En efecto, garantizar la liberación del hambre significa ser conscientes de que la actividad de las instituciones y la aportación de hombres y mujeres comprometidos pueden alcanzar resultados adecuados sólo mediante acciones y estructuras inspiradas en la solidaridad y orientadas a la participación. En este sentido, las cooperativas agrícolas son un ejemplo concreto, puesto que están llamadas a realizar no sólo adecuados niveles productivos y de distribución, sino también un crecimiento más general de las áreas rurales y de las comunidades que viven en ellas.

2. La cooperación, en su significado más profundo, indica la exigencia de la persona de asociarse para conquistar, junto con los demás, nuevas metas en el ámbito social, económico, cultural y religioso. Se trata de una realidad dinámica y variopinta, llamada no sólo a dar respuestas a exigencias inmediatas y materiales, sino también a contribuir a la prospectiva de cada comunidad.

Dando la debida prioridad a la dimensión humana, las cooperativas pueden superar el perfil exclusivamente técnico del trabajo agrícola, revalorizan su centralidad en la actividad económica y así favorecen respuestas adecuadas a las reales necesidades locales. Se trata de una visión alternativa a la determinada por medidas internas e internacionales, que parecen tener como único objetivo el provecho, la defensa de los mercados, el uso no alimentario de los productos agrícolas y la introducción de nuevas técnicas de producción sin la precaución necesaria.

Ante una demanda de alimentos cada vez más amplia, que necesariamente conjuga calidad y cantidad de los alimentos, el trabajo de las cooperativas agrícolas puede representar algo más que una simple aspiración, mostrando en concreto un modo posible de satisfacer la demanda de una población mundial también en crecimiento. Asimismo, su presencia cada vez más consolidada puede poner fin a las tendencias especulativas que ya abarcan incluso los géneros de primera necesidad destinados a la alimentación humana, y frenar el acaparamiento de las áreas cultivables que en diversas regiones obligan a los campesinos a abandonar sus tierras, puesto que individualmente no tienen ninguna posibilidad de hacer valer sus derechos.

3. La Iglesia católica, como es sabido, considera también el trabajo y la empresa cooperativa como modos de vivir la experiencia de unidad y solidaridad capaz de superar las diferencias e incluso los conflictos sociales entre las personas y entre los diversos grupos. Por eso, con su enseñanza y su acción, ha sostenido siempre el modelo de las cooperativas porque está convencida de que su actividad no se limita a la sola dimensión económica, sino que contribuye al crecimiento humano, social, cultural y moral de cuantos forman parte de ella y de la comunidad en las que están insertadas.

Las cooperativas son una expresión concreta no de una complementariedad estéril, sino de una verdadera subsidiariedad; un principio que la doctrina social de la Iglesia pone como fundamento de una correcta relación entre la persona, la sociedad y las instituciones. En efecto, la subsidiariedad garantiza la capacidad y la aportación original de la persona, preservando sus aspiraciones en la dimensión espiritual y material y teniendo en justa consideración la promoción del bien común y la tutela de los derechos de la persona.

Observando las situaciones donde conflictos o desastres naturales limitan el trabajo agrícola, hay que dirigir un pensamiento particular al papel insustituible de la mujer, a menudo llamada a guiar la actividad de las cooperativas, a mantener los vínculos familiares y a custodiar los valiosos elementos de conocimiento y técnica propios del mundo rural.

En un mundo en búsqueda de intervenciones apropiadas para superar las dificultades derivadas de la crisis económica y dar a la globalización un significado auténticamente humano, la experiencia de las cooperativas representa bien el nuevo tipo de economía al servicio de la persona, es decir, capaz de favorecer formas de participación y gratuidad que son el fruto, respectivamente, de la solidaridad y de la fraternidad (cf. Caritas in veritate, 39). Para ello es indispensable que los poderes públicos operantes a nivel nacional e internacional predispongan los medios legislativos necesarios a fin de que en las zonas rurales las cooperativas puedan ser instrumentos eficaces para la producción agrícola, la seguridad alimentaria, el cambio social y una mejora más amplia de las condiciones de vida. En tal contexto nuevo es de desear que las jóvenes generaciones puedan mirar con renovada confianza al futuro, manteniendo los vínculos con el trabajo del campo, el mundo rural y sus valores tradicionales.

Al renovar la atención de la Iglesia y el compromiso de sus instituciones para que la humanidad verdaderamente pueda liberarse del hambre, sobre usted, señor director general, sobre los representantes de las naciones acreditados ante la fao y sobre cuantos trabajan en la Organización y contribuyen a la consecución de sus finalidades, invoco abundantes bendiciones de Dios omnipotente.

Vaticano, 16 de octubre de 2012

BENEDICTO XVI

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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