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MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI PARA LA XCII JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y EL REFUGIADO
(15 DE ENERO DE 2006)
"Migraciones: signo de los
tiempos"
Queridos hermanos y hermanas:
Hace cuarenta años se concluía el concilio ecuménico Vaticano II, cuya rica
enseñanza abarca numerosos campos de la vida eclesial. En particular, la
constitución pastoral
Gaudium et spes realizó un atento análisis de la compleja realidad del
mundo contemporáneo, buscando los modos más adecuados para llevar a los hombres
de hoy el mensaje evangélico. Con ese fin, acogiendo la invitación del beato
Juan XXIII, los padres conciliares se esforzaron por escrutar los signos de los
tiempos, interpretándolos a la luz del Evangelio, para brindar a las nuevas
generaciones la posibilidad de responder adecuadamente a los interrogantes
perennes sobre el sentido de la vida presente y futura, y sobre el planteamiento
correcto de las relaciones sociales (cf.
Gaudium et spes, 4). Entre los signos de los tiempos reconocibles hoy se
pueden incluir ciertamente las migraciones, un fenómeno que a lo largo del siglo
recién concluido asumió una configuración, por decirlo así, estructural,
transformándose en una característica importante del mercado del trabajo a nivel
mundial, como consecuencia, entre otras cosas, del fuerte impulso ejercido por
la globalización. Naturalmente, en este "signo de los tiempos" confluyen
diversos componentes. En efecto, comprende las migraciones internas y las
internacionales, las forzadas y las voluntarias, las legales y las irregulares,
también sujetas a la plaga del tráfico de seres humanos. Y no se puede olvidar
la categoría de los estudiantes extranjeros, cuyo número aumenta cada año en el
mundo.
Con respecto a los que emigran por motivos económicos, cabe destacar el reciente
hecho de la "feminización" del fenómeno, es decir, la creciente presencia en él
de la mujer. En efecto, en el pasado, quienes emigraban eran sobre todo los
hombres, aunque no faltaban nunca las mujeres; sin embargo, entonces ellas
emigraban sobre todo para acompañar a sus respectivos maridos o padres, o para
reunirse con ellos donde se encontraban ya. Hoy, aun siendo todavía numerosas
esas situaciones, la emigración femenina tiende a ser cada vez más autónoma: la
mujer cruza por sí misma los confines de su patria en busca de un empleo en el
país de destino. Más aún, en ocasiones, la mujer emigrante se ha convertido en
la principal fuente de ingresos para su familia. De hecho, la presencia femenina
se da sobre todo en los sectores que ofrecen salarios bajos. Por eso, si los
trabajadores emigrantes son particularmente vulnerables, entre ellos las mujeres
lo son más aún. Los ámbitos de empleo más frecuentes para las mujeres son,
además de los quehaceres domésticos, la asistencia a los ancianos, la atención a
las personas enfermas y los servicios relacionados con el hospedaje en hoteles.
En estos campos los cristianos están llamados a manifestar su compromiso en
favor del trato justo a la mujer emigrante, del respeto a su feminidad y del
reconocimiento de sus derechos iguales.
No se puede por menos de mencionar, en este contexto, el tráfico de seres
humanos, sobre todo de mujeres, que prospera donde son escasas las oportunidades
de mejorar la propia condición de vida, o simplemente de sobrevivir. Al
traficante le resulta fácil ofrecer sus "servicios" a las víctimas, que con
frecuencia no albergan ni la más mínima sospecha de lo que deberán afrontar
luego. En algunos casos, hay mujeres y muchachas que son destinadas a ser
explotadas, en el trabajo, casi como esclavas, y a veces incluso en la industria
del sexo. Al no poder profundizar aquí el análisis de las consecuencias de esa
migración, hago mía la condena que expresó Juan Pablo II contra "la difundida
cultura hedonista y comercial que promueve la explotación sistemática de la
sexualidad" (Carta
a las mujeres, 29 de junio de 1995, n. 5). Aquí se halla todo un
programa de redención y liberación, del que los cristianos no pueden
desentenderse.
Por lo que atañe a la otra categoría de emigrantes, la de los que piden asilo y
de los refugiados, quisiera destacar que en general se suele afrontar el
problema constituido por su ingreso, sin interrogarse también acerca de las
razones que los han impulsado a huir de su país de origen. La Iglesia contempla
este mundo de sufrimiento y de violencia con los ojos de Jesús, que se conmovía
ante el espectáculo de las muchedumbres que andaban errantes como ovejas sin
pastor (cf. Mt 9, 36). Esperanza, valentía, amor y también "creatividad
de la caridad" (Novo
millennio ineunte, 50) deben impulsar el necesario compromiso, humano y
cristiano, para socorrer a estos hermanos y hermanas en sus sufrimientos. Sus
Iglesias de origen deben manifestarles su solicitud con el envío de asistentes
de su misma lengua y cultura, en diálogo de caridad con las Iglesias
particulares de acogida.
Por último, a la luz de los actuales "signos de los tiempos", merece
particular atención el fenómeno de los estudiantes extranjeros. Su número,
también gracias a los "intercambios" entre las diversas universidades,
especialmente en Europa, registra un aumento constante, con los consiguientes
problemas, también pastorales, que la Iglesia no puede descuidar. Esto vale de
modo especial para los estudiantes procedentes de los países en vías de
desarrollo, para los cuales la experiencia universitaria puede constituir una
ocasión extraordinaria de enriquecimiento espiritual.
A la vez que invoco la asistencia divina para quienes, impulsados por el deseo
de contribuir a la promoción de un futuro de justicia y paz en el mundo,
trabajan con empeño en el campo de la pastoral al servicio de la movilidad
humana, envío a todos, como prenda de afecto, una especial bendición apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2005
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