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MENSAJE DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA
CON MOTIVO DEL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN
Señores cardenales,
señor Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia,
queridos hermanos en el Episcopado:
Con entrañable afecto les saludo fraternamente con las
mismas palabras de San Pablo: “Gracia y paz de parte de Dios nuestro
Padre y de Jesucristo, el Señor” (Flp 1,2). Con él les digo también que
“siempre que me acuerdo de ustedes, doy gracias a mi Dios. Cuando ruego por
ustedes, lo hago siempre con alegría, porque han colaborado en el anuncio del
Evangelio” (Flp 1, 3-5).
Están ustedes congregados en la octogésima quinta Asamblea
Plenaria de esa Conferencia Episcopal y celebrando con gratitud al Señor los
cien años de esa venerable institución, que fomenta el afecto colegial y les
ayuda a ejercer de manera concorde y bien coordinada algunas funciones
pastorales, alentando así armónicamente la vida cristiana en todo el país.
Me uno de corazón a esta significativa conmemoración,
sabiendo que la Conferencia Episcopal de Colombia, nacida en 1908 por
disposición del Primer Concilio Plenario de América Latina, ha impulsado con
constantemente la misión evangelizadora de la Iglesia en esa querida nación,
buscando vías y métodos adecuados para fortalecer la vida eclesial en esas
tierras y animar a los bautizados a responder con generosidad a la vocación a la
santidad que les es propia.
Es justo recordar y dar gracias a Dios en estos momentos
por los insignes Pastores que han formado parte de esa Conferencia en este siglo
de andadura. Ellos son para todos un testimonio elocuente de celo apostólico y
preclaras virtudes, que invitan a continuar respondiendo con solícita entrega,
fe firme y renovado ardor a los retos que hoy se presentan a la Iglesia en su
patria.
Queridos hermanos en el Episcopado, la hora presente es
una ocasión providencial para tomar el testigo de los que nos precedieron y
ayudar a nuestros .hermanos para que afiancen la amistad con Jesucristo, acojan
su Palabra con limpieza de corazón, celebren con gozo los sacramentos y sirvan
con entusiasmo a todos, en particular a los más desfavorecidos, llevándoles un
mensaje de paz, justicia y reconciliación. Nosotros, como Pastores de la
Iglesia, hemos de ir por delante guiando por el recto camino al Pueblo de Dios,
que necesita vernos como auténticos hombres de Dios y saber que cada día rezamos
por sus preocupaciones, sufrimientos, desvelos e inquietudes. Como discípulos,
escuchamos, aprendemos y seguimos al Maestro y, como apóstoles y misioneros,
ayudamos a los que nos rodean, y también a los alejados, a encontrar en Cristo
la plenitud de vida que tanto ansían.
Quiero decirles que en este quehacer no se encuentran
solos. Los acompaño con mi plegaria y cercanía espiritual en los esfuerzos que
están realizando para que el Evangelio resuene en todos los lugares de esa
tierra colombiana a través de las iniciativas emprendidas en el campo de la
pastoral educativa y universitaria, en el cuidado que otorgan a los presos, a
los enfermos, a los ancianos, a los indígenas, a los trabajadores, a los
desplazados, a los jóvenes y a las familias.
Con la certeza de que están poniendo bases sólidas para un
futuro prometedor, y para el bien de toda la Iglesia, los animo igualmente a
redoblar la atención que prestan a los sacerdotes, seminaristas, misioneros,
religiosos y religiosas, y a dar nuevo impulso a los diversos programas de
formación de catequistas, seglares y agentes de pastoral.
No puedo olvidar tampoco el esmero que ponen en ser
hombres de concordia, ni sus continuas exhortaciones para que cese la violencia,
el secuestro y la extorsión que padecen muchos de los hijos de esa amada tierra.
Pido ardientemente a Dios que acaben cuanto antes estas situaciones, que tanto
dolor han causado, y que en Colombia reine una paz estable y justa, en un clima
de esperanza y prosperidad.
Déjenme tener un especial recuerdo para los Obispos
eméritos, a los que ruego les lleven mi estima y reconocimiento,
sentimientos que también extiendo complacido a los sacerdotes, religioso a y
laicos que colaboran con ustedes de diversas maneras en los trabajos de esa
Conferencia.
Pongo bajo el amparo maternal de Nuestra Señora de
Chiquinquirá las diversas actividades que han preparado este año para dar realce
a esta efeméride, sobre todo el IV Congreso Nacional de Reconciliación y la
Expocatólica, que tendrán lugar en el próximo mes de agosto. A su Inmaculado
Corazón encomiendo también las intenciones de todos ustedes, así como las de sus
comunidades diocesanas y las de todo el amado pueblo colombiano. Con estos
sentimientos y deseos, y como prenda de abundantes favores celestiales, imparto
a todos una especial bendición apostólica.
Vaticano, 30 de junio de 2008
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