 |
MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
AL III CONGRESO AMERICANO MISIONERO
Al señor cardenal
Antonio José GONZÁLEZ ZUMÁRRAGA
Arzobispo emérito de Quito
Presidente de la Comisión central
del III Congreso americano misionero
El III Congreso americano misionero, que se celebra en Quito, es
una oportunidad incomparable que el Espíritu Santo brinda para profundizar en la
experiencia importante que supuso la celebración de la V Conferencia general
del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, así como en el programa
evangelizador que de allí emanó, dando de este modo un paso más en el impulso
del ardor misionero en América.
En estas jornadas, bajo el lema "América con Cristo: escucha,
aprende y anuncia", el Señor ocupará el centro de sus plegarias y de sus
sesiones de estudio, reflexión y diálogo. Él, como el verdadero Maestro, los
iluminará para que, dando cabida en sus corazones a su mensaje de amor y
redención, vayan y den frutos de santidad copiosos y duraderos (cf. Jn
15, 16).
Deseo saludar con entrañable afecto y estima a vuestra
eminencia, así como al arzobispo de Quito, mons. Raúl Eduardo Vela Chiriboga, a
los que han preparado con esmero este encuentro continental y a los señores
cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que participan
en él. "A ustedes que, consagrados por Cristo Jesús, han sido llamados a ser
pueblo de Dios en unión con todos los que invocan en cualquier lugar el nombre
de Jesucristo, que es Señor de ellos y de nosotros, gracia y paz de parte de
Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor" (1 Co 1, 2-3).
Mi enviado especial, el cardenal Nicolás de Jesús López
Rodríguez, arzobispo de Santo Domingo, les hará presente en estos intensos días
mi cercanía espiritual y mi gozo al saberles unidos en un mismo sentir y en un
mismo pensar con miras a que las comunidades eclesiales de América se renueven
mediante la conversión al Señor Jesús, que tuvo siempre como alimento hacer la
voluntad de Dios, su Padre (cf. Jn 4, 32-34; Hb 10, 5-10).
A ese Congreso, como a un cenáculo continental, llega la fuerza
potente del Espíritu Santo, que con sus dones y carismas continúa impulsando a
la Iglesia a pregonar la buena noticia de la salvación a cada persona, en
particular a las que desconocen a Cristo o, tal vez, lo han olvidado, llegando
hasta los extremos confines de la tierra.
El Congreso será también el marco en el que se dará un solemne
inicio a una "Misión continental", en la que, armonizando esfuerzos pastorales e
iniciativas evangelizadoras, las distintas Iglesias particulares en América
Latina y el Caribe van a intensificar su quehacer, para que el Señor sea cada
día más conocido, amado, seguido y alabado en esas benditas tierras. Él ha
vencido el pecado y la muerte, nos otorga cotidianamente su perdón, nos enseña a
perdonar y nos llama a vivir una vida alejada del egoísmo que nos esclaviza y
colmada del amor que nos engrandece y dignifica.
La hora presente es una ocasión providencial para que, con
sencillez, limpieza de corazón y fidelidad, volvamos a escuchar cómo Cristo nos
recuerda que no somos siervos, sino sus amigos. Él nos instruye para que
permanezcamos en su amor sin amoldarnos a los dictados de este mundo. No seamos
sordos a su Palabra. Aprendamos de él. Imitemos su estilo de vida. Seamos
sembradores de su Palabra (cf. Mc 3, 15; Jn 8, 33-36; 15, 1-8; 17,
14-17). De este modo, con toda nuestra vida, con el gozo de sabernos amados por
Jesús, a quien podemos llamar hermano, seremos instrumentos válidos para que él
siga atrayendo a todos con la misericordia que brota de su cruz.
Queridos hermanos y hermanas, con mansedumbre y fortaleza, con
la caridad que el Espíritu Santo ha derramado en nuestro interior, les animo a
compartir con otros este tesoro, pues no hay riqueza mayor que gozar de la
amistad de Cristo y caminar a su lado. Merece la pena consagrar a esta hermosa
labor nuestras mejores energías, sabiendo que la gracia divina nos precede,
sostiene y acompaña en su realización. Encuentren, pues, en la oración
perseverante, en la meditación ferviente de la palabra de Dios, en la obediencia
al Magisterio de la Iglesia, en la digna celebración de los sacramentos y en el
testimonio de la caridad fraterna la fuerza necesaria para identificarse con los
sentimientos de Cristo y así ser discípulos suyos con coherencia y generosidad,
proclamando con el propio ejemplo que Cristo es el Hijo de Dios, el Redentor del
hombre y la roca firme donde cimentar nuestra existencia. Beban el agua
vivificante que mana del costado del Salvador y sacien de su frescura cristalina
a todos los que están sedientos de justicia, paz y verdad; a los que están
sumidos en la cerrazón del pecado, en el ofuscamiento del relativismo, en la
dureza del corazón o en la oscuridad de la violencia. Sientan el consuelo de
Cristo y ofrezcan el bálsamo de su amor a los atribulados, a los que andan
apesadumbrados por el dolor o han quedado heridos por la frialdad del
indiferentismo o el flagelo de la corrupción. Estos retos exigen superar el
individualismo y el aislamiento y reclaman robustecer el sentido de pertenencia
eclesial y la colaboración leal con los pastores, con el fin de formar
comunidades cristianas orantes, concordes, fraternas y misioneras.
El servicio más importante que podemos brindar a nuestros
hermanos es el anuncio claro y humilde de Jesucristo, que vino a este mundo para
que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10, 10). De
nosotros, por tanto, que sin mérito alguno de nuestra parte somos discípulos
suyos, se espera "un testimonio muy creíble de santidad y compromiso. Deseando y
procurando esta santidad no vivimos menos, sino mejor, porque cuando Dios pide
más es porque está ofreciendo mucho más" (Documento conclusivo de la V
Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, n. 352).
Ante las dificultades de un ambiente a veces hostil, de la
escasez de resultados inmediatos y espectaculares o frente a la insuficiencia de
medios humanos, los invito a no dejarse vencer por el miedo, abatir por el
desánimo o arrastrar por la inercia. Recuerden las palabras de Jesús, el buen
Pastor: "Ustedes encontrarán la persecución en el mundo. Pero, ánimo, yo he
vencido al mundo" (Jn 16, 33).
En esta circunstancia, he querido ofrecer a cada uno de los
presidentes de las Conferencias episcopales de Latinoamérica y el Caribe un
tríptico en el que aparece Cristo glorioso que, con sus brazos abiertos, acoge a
todos. Él nos precede en el camino de la vida y nos ayudará a aspirar a la
santidad, de modo que se despierte en cada bautizado el misionero que lleva
dentro de sí y se venza la vacilación o la mediocridad que a menudo nos asalta.
En la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe,
podremos siempre encontrar el modelo de perfecta entrega a su divino Hijo. Como
hizo en Caná de Galilea, ella nos sigue exhortando a hacer lo que Jesús nos diga
(cf. Jn 2, 5). A su lado, y confiando en que su tierno amor no nos
abandona, queremos asistir cada día a la escuela de Jesús, donde volvemos a
escuchar de sus labios: "Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt
28, 19). A Ella suplico su maternal protección, a la vez que imparto a los
participantes en ese Congreso la implorada bendición apostólica, que complacido
extiendo a todos los hijos e hijas de América.
Vaticano, 12 de agosto de 2008
BENEDICTVS PP. XVI
© Copyright 2008 - Libreria
Editrice Vaticana
|