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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON OCASIÓN DEL FUNERAL DE LAS VÍCTIMAS
DEL TERREMOTO EN LOS ABRUZOS

 

Al amadísimo arzobispo
Giuseppe Molinari
y a todos vosotros
amadísimos hermanos y hermanas
en el Señor

En estas horas dramáticas, en las que una terrible tragedia ha asolado esa tierra, me siento espiritualmente presente en medio de vosotros para compartir vuestra angustia, implorar a Dios el descanso eterno para las víctimas, la pronta recuperación para los heridos, y para todos la valentía de seguir esperando sin caer en el desconsuelo. He pedido a mi secretario de Estado que fuera a presidir esta celebración litúrgica extraordinaria, en la que la comunidad cristiana se congregará en torno a sus difuntos para darles su última despedida. Le encomiendo a él, y a mi secretario particular, la tarea de transmitiros personalmente la expresión de mi conmovida participación en el luto de cuantos lloran a sus seres queridos muertos en el terremoto.

En momentos como estos, es fuente de luz y de esperanza la fe que, precisamente en estos días, nos habla del sufrimiento del Hijo de Dios que se hizo hombre  por nosotros: que su pasión, su muerte y su resurrección sean para todos  manantial de consuelo y abran el corazón de cada uno a la contemplación  de la vida en la que "no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4).

Estoy seguro de que con el compromiso de todos se pueden afrontar las necesidades más urgentes. La violencia del seísmo ha creado situaciones de notable dificultad. He seguido el desarrollo del devastador fenómeno telúrico de la primera sacudida del terremoto, que se sintió también en el Vaticano, y he constatado con agrado que se ha manifestado una creciente ola de solidaridad, gracias a la cual se han organizado las primeras ayudas, con vistas a una acción cada vez más eficaz tanto del Estado como de las instituciones eclesiales, así como de particulares.

La Santa Sede quiere colaborar, juntamente con las parroquias, los institutos religiosos y las asociaciones laicales. Este es el momento del compromiso, en sintonía con los organismos del Estado, que ya están trabajando de forma laudable. Sólo la solidaridad puede permitir superar pruebas tan dolorosas.

Encomiendo a la santísima Virgen a las personas y las familias implicadas en esta tragedia y, por su intercesión materna, pido al Señor que enjugue todas las lágrimas y alivie todas las heridas, a la vez que envío a cada uno una especial y consoladora bendición apostólica.

Vaticano, 9 de abril de 2009

 

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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