 |
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON MOTIVO DEL IV
CENTENARIO DE LA MUERTE
DEL PADRE MATTEO RICCI
Al venerado hermano
Claudio Giuliodori
Obispo de Macerata, Tolentino,
Recanati, Cingoli y Treia
Me ha alegrado saber que en esa diócesis se han programado varias iniciativas
para conmemorar, en ámbito eclesial y civil, el IV centenario de la muerte del
padre Matteo Ricci, de la Compañía de Jesús, que tuvo lugar en Pekín el 11 de
mayo de 1610. Con ocasión de la apertura de este año jubilar especial, me
complace enviarle a usted y a toda la comunidad diocesana mi cordial saludo.
El jesuita Matteo Ricci, que nació en Macerata el 6 de octubre de 1552, dotado
de profunda fe y de extraordinario ingenio cultural y científico, dedicó muchos
años de su vida a tejer un provechoso diálogo entre Occidente y Oriente,
realizando al mismo tiempo una acción eficaz de arraigo del Evangelio en la
cultura del gran pueblo de China. Su ejemplo sigue siendo también
hoy un modelo de encuentro beneficioso entre la civilización europea y la china.
Por tanto, me uno de buen grado a cuantos recuerdan a este generoso hijo de
vuestra tierra, ministro obediente de la Iglesia e intrépido e inteligente
mensajero del Evangelio de Cristo. Considerando su intensa actividad científica
y espiritual, no se puede menos de quedar favorablemente impresionados por la
innovadora y peculiar capacidad que tuvo de acercarse, con pleno respeto, a las
tradiciones culturales y espirituales chinas en su conjunto.
Efectivamente, esa actitud caracterizó su misión, orientada a buscar la posible
armonía entre la noble y milenaria civilización china y la novedad cristiana,
que es fermento de liberación y de auténtica renovación dentro de toda sociedad,
dado que el Evangelio, mensaje universal de salvación, está destinado a todos
los hombres, cualquiera que sea el contexto cultural y religioso al que
pertenezcan.
Además, lo que ha hecho original y —podríamos decir— profético su apostolado,
fue seguramente la profunda simpatía que sentía por los chinos, por su historia,
por sus culturas y tradiciones religiosas. Baste recordar su Tratado sobre la
amistad (De amicitia Jiaoyoulun), que obtuvo gran éxito desde su
primera edición en Nankín en 1595. Este paisano vuestro, modelo de diálogo y de
respeto por las creencias de los demás, hizo de la amistad el estilo de su
apostolado durante los veintiocho años que permaneció en China. La amistad que
ofrecía era correspondida por las poblaciones locales precisamente gracias al
clima de respeto y estima que trataba de cultivar, preocupándose por conocer
cada vez mejor las tradiciones de la China de ese tiempo.
A pesar de las dificultades y las incomprensiones que afrontó, el padre Ricci
quiso mantenerse fiel hasta la muerte a ese estilo de evangelización, aplicando
—se podría decir— una metodología científica y una estrategia pastoral basadas,
por una parte, en el respeto de las sanas costumbres del lugar, que los neófitos
chinos no debían abandonar cuando abrazaban la fe cristiana; y, por otra, en la
convicción de que la Revelación podía valorarlas y completarlas aún más. Y
precisamente de acuerdo con estas convicciones, el padre Ricci, como habían
hecho los Padres de la Iglesia en el encuentro del Evangelio con la cultura
grecorromana, planteó su clarividente labor de inculturación del cristianismo en
China, buscando un entendimiento constante con los doctos de ese país.
Deseo vivamente que las manifestaciones jubilares en su honor —encuentros,
publicaciones, exposiciones, congresos y otros eventos culturales en Italia y en
China— brinden la oportunidad de profundizar en el conocimiento de su
personalidad y de su actividad. Ojalá que, siguiendo su ejemplo, nuestras
comunidades, dentro de las cuales conviven personas de diversas culturas y
religiones, crezcan en el espíritu de acogida y de respeto recíproco. Que el
recuerdo de este noble hijo de Macerata sea también para los fieles de esa
comunidad diocesana motivo para fortalecer, siguiendo su ejemplo, el celo
misionero que debe animar la vida de todo auténtico discípulo de Cristo.
Venerado hermano, expreso mis mejores deseos de pleno éxito de las celebraciones
jubilares previstas a partir del próximo día 11 de mayo, asegurando mi recuerdo
en la oración, y, a la vez que invoco la intercesión materna de María, Reina de
China, envío de corazón mi bendición a usted y a todos los que han sido
confiados a sus cuidados pastorales.
Vaticano, 6 de mayo de 2009
BENEDICTO PP. XVI
© Copyright 2009 - Libreria
Editrice Vaticana
|